martes, 22 de diciembre de 2009

EL DUELO COMO REPARACIÓN DEL HONOR


Les presento aquí unos fragmentos de un artículo de Inmaculada Barriuso, del Museo Arqueológico, con fecha de Noviembre de 2004

El honor:..esa enigmática mezcla de conciencia y egoísmo...compatible con mucho egocentrismo y grandes vicios y ...asombrosas ilusiones...se ha convertido, en un sentido mucho más amplio de lo que normalmente se cree, en una prueba decisiva de conducta en la mente de los europeos cultivados de nuestra propia época»

Burckhardt, La civilización del Renacimiento, 1860

El concepto del duelo moderno cobra forma en la Europa de los siglos XVI y XVII. Al parecer, fue formulado y elaborado por primera vez en Italia, y rápidamente adoptado en Francia, cuyos soldados habían librado tantas campañas en suelo italiano; más tarde se extendería por toda Europa. Su nombre, duello, procede del término latino duellum -guerra- empleado en época medieval para los juicios por combate; en la Edad Moderna pasaría a designar el enfrentamiento entre dos hombres.

En su acepción hoy más conocida, el duelo se revistió de un carácter íntimamente ligado al concepto de honor. El Conde Enrique Coudenhoue, en su obra Le Minotauro de l'honneur (El Minotauro del Honor) lo definía como el combate con armas homicidas entre dos personas, celebrado delante de testigos para ofrecer o recibir una satisfacción de una injuria hecha al honor; otros autores precisaban su carácter de combate emprendido entre dos o más personas con autoridad privada y precedido de reto o desafío.

La práctica del duelo estuvo ligada a los estamentos sociales privilegiados. Condenado por las autoridades civiles y eclesiásticas, al margen de la ley, el duelo era admitido entre aristócratas, militares, políticos, periodistas..., como un medio para solventar cuestiones de honor privadas o colectivas, que las leyes, en su opinión, no podían resolver. En su concepción del mundo y de la existencia, el honor, la honra, el pundonor y la propia estima eran valores que se situaban por encima de las leyes humanas y divinas. Kieman ha señalado que si la aristocracia quería sobrevivir y conservar unos privilegios cada vez menos justificables, debía distinguirse por una conducta apropiada, que el hombre común reconociera como prueba de superioridad. El caballero pertenecía a un orden social superior que en cuestiones de honor redactaba sus propias normas.

En el siglo XIX el duelo se convirtió en un acto recurrente con el que responder a las ofensas contra el honor, tales como la insidia -palabras o acciones malintencionadas-, la calumnia, la injuria, el libelo -escrito en que se difamaba o denigraba a alguien-, o la broma mal interpretada. Llegó a ser preceptivo que quien recibiera una ofensa de tal calibre, exigiera satisfacción a la misma, y retara al ofensor en duelo, única salida honorable en estas situaciones. Enfrentarse a un lance, correr el riesgo de perder la vida por salvaguardar el honor, y afrontarlo con dignidad suponía acreditarse ante la opinión pública como persona sin miedo y sin tacha. Los escrúpulos morales, la ética, los principios religiosos no eran excusa suficiente para rehusar un desafío. El duelo era en realidad una forma extrema de coacción social sobre el individuo: rechazar un desafío equivalía a enfrentarse al estigma de la «deshonra» social.

Europa conoce en el siglo XIX el arrollador influjo del Romanticismo, con su rechazo a la moral de la época y su exaltación de la individualidad, de las pasiones exacerbadas; esta corriente emocional valorará los gestos sublimes ante la muerte; morir por la defensa de una pasión, o de una cuestión de honor era un gesto que debía revestirse de suprema dignidad. En España, conmovida en este siglo por revoluciones, guerras civiles y pronunciamientos, la muerte se hizo un suceso cotidiano. En una centuria tan convulsa y caído en descrédito el valor de la vida humana, el duelo pasó a ser el último arbitraje para cuestiones en las que el honor estuviera en entredicho. A partir de la tercera década del siglo, los lances de honor conocerán su «edad de oro».

lunes, 9 de noviembre de 2009

DUELO POR LOLA MONTES


Gracias a Diana de Méridos podemos contar con este relato magnífico y en este caso, de un hecho real.


La famosa aventurera Lola Montes había recibido severas críticas como bailarina en París. Más de una pluma se puso en su contra, entre ellas la de Teófilo Gautier. Este era crítico de uno de los principales periódicos de París, La Presse. Lola llega entonces a la conclusión de que necesita procurarse la amistad de un periodista. En las tertulias de los Hermanos Provenzales se hace la encontradiza con Dujarier, que es el jefe de la sección literaria de La Presse, y, por tanto, el jefe de Gautier. Pronto se hacen amantes y participarán en una tertulia literaria famosa en París, llamada la Tertulia de los treinta y cinco porque era norma que ninguno de sus miembros superase dicha edad.

Formaba parte también de ella un personaje, Jean de Beauvallon, que se encargaba de la crítica teatral de El Globo, otro periódico parisino. De Beauvallon era un pendenciero con la lengua muy suelta. Una noche hizo un comentario sobre Lola en términos tan soeces que Dujarier se levantó y le abofeteó. El duelo estaba servido: al día siguiente, a su llegada a la redacción, Dujarier se encuentra con dos visitantes, el vizconde de Ecquevillez y el conde de Fleurs. Eran los padrinos del ofendido, y venían a pactar las condiciones del duelo.

Dujarier designó a sus amigos Arturo Bertrand y Jean de Boigne como padrinos. Lola y sus allegados trataron de hacerle desistir, pero por mucho que le rogaron hubo de seguir adelante, pues su rival no aceptó sus disculpas.


El duelo, a pistola, se celebró a las once de la mañana de un frío 11 de marzo en el Bois de Boulogne, que aparecía nevado. Dujarier no tenía la experiencia de su rival, considerado el mejor tirador de Francia. Disparó primero, y falló. Luego le llegó el turno a De Beauvallon, quien, con mucha mejor puntería, le alcanzó en el rostro, justo encima de la nariz, causándole la muerte.

Según se pudo probar en el juicio que acabó celebrándose, De Beauvallon había pasado un par de horas antes del duelo probando su pistola, algo que estaba radicalmente prohibido por las reglas. Debido a ello, fue condenado por asesinato y enviado ocho años a prisión.

lunes, 26 de octubre de 2009

DUELO EN MONTMARTRE

Fue la cuarta una semana de duelos: Antoine de Hautemort e Ignace-Guillaume de la Rue tenían una cuenta de honor pendiente de resolver, y así lo hicieron en un lugar apartado del cementerio de Montmartre. A la voz ritual de "En garde!" que dieron los padrinos, ambos contendientes se batieron durante un breve tiempo; a poco, la sangre empezó a manchar las blusas de ambos; el combate fue igualado, pero la pérdida de sangre afectó en mayor medida a Ignace-Guillaume de la Rue quien cayó inconsciente. Antoine de Hautemort dio inmediatamente por saldado el asunto e incluso ayudó a trasladar al desmayado Ignace-Guillaume de la Rue a recibir los cuidados de un físico.
Pero había más animación en Montmartre ese día: en el otro extremo del cementerio, sentado bajo un árbol, Villiers Daugé de Chevreuse esperaba a sus rivales. El primero en presentarse fue Cristophe Cassave, quien llegó acompañado de uno de los padrinos (Martin du Heyn) además de Charles de Condillac y Joseph de Le Bestier. Esperaron durante un cuarto de hora al otro padrino y, en vista de que no llegaba, se decidió empezar con el duelo oficiando el Coronel de segundo padrino. Monsieur Cassave opuso algún reparo puesto que, según habían decidido la semana anterior mediante su amistoso desafío en la Semana de Esgrima, el que consiguiese más puntos de los dos sería el primero en enfrentarse con Villiers Daugé de Chevreuse, pero al ver que el sol ya asomaba casi totalmente por el horizonte decidió aceptar ser el primero en batirse.
El duelo acabó con un golpe de Villiers, que vio que su oponente se acercaba para entrar en segunda y respondió con un tajo certero que dejó a Cassave con una herida que le impidió continuar.
Mientras luchaban hizo acto de presencia Jean-Luc d'Armand, a toda prisa y musitando una increíble serie de excusas que iban desde un carro que rompió una rueda en la calle por la que él estaba yendo en ese momento, pasando por una mujer cargada de niños que se arrojó (con niños y todo) sobre el caballero gritando "¡Por fin te he encontrado! ¡Nuestros hijos tienen hambre! ¡Vuelve a nuestro hogar!" y cosas así hasta que la dama admitió que se había confundido de caballero, y llegando a la constante irrupción, durante todo el camino, de un lunático que insistía en explicarle al pobre Jean-Luc la forma de construir una máquina para navegar por debajo del mar. Al acabar el primer duelo, Villiers aceptó las excusas con una mueca y un "bah, sumaremos el asuntillo del retraso a la deuda de honor que tenemos pendiente" y el duelo comenzó. No duró mucho, sin embargo, porque una enérgica patada del ágil Villiers tuvo un efecto inesperado hasta para quien la había dado: Jean-Luc d'Armand trastabilló hacia atrás y cayó al suelo, golpeándose la cabeza y quedando inconsciente. Sus padrinos lo retiraron rápidamente y lo llevaron a que fuese debidamente atendido.
Más trágico fue el final del duelo del mismo Villiers con Charles de Condillac. Éste manifestó antes de empezar que el duelo sería a muerte y que no pensaba rendirse ni aceptar rendición, a lo que Villiers, embutido en su negro traje, no respondió, sumido aparentemente en su propia y sombría concentración. Cuando los padrinos dieron la voz de "En Garde!", el ágil Villiers, sin dar apenas muestra de fatiga por los dos duelos que acababa de sostener y vencer, empezó con un asalto a tajo que fue respondido por otro tajo de su contrario. Después de un intercambio de tajos, el maltrecho Condillac, que resistía bravamente a pesar de las heridas sufridas, tuvo la desgracia de cruzarse en un ataque a corta distancia que le supuso encontrarse con un palmo de acero en el abdomen. Cayó muerto Charles de Condillac y Villiers Daugé de Chevreuse, pálido tanto por la pérdida de sangre como por haber matado inesperadamente a su enemigo, tuvo que ser recogido por los dos saltimbanquis que le hacían de padrinos, y apoyado en ellos emprendió el camino de los primeros auxilios. La imagen de los tres hombres alejándose se recortó colina abajo en la mañana, y quedó grabada en la memoria de todos los que asistieron al duelo, más incluso que la del rostro horrorizado de Condillac al ver a la muerte de frente.

jueves, 24 de septiembre de 2009

ARAMIS SE DESCOMPONE (anécdota graciosa)

En el libro de Sandras, que utilizó Dumas en su inspiración para escribir Los Tres Mosqueteros, aparece este gracioso duelo, en el que D'Artagnan llevó a Aramis como padrino.


La reina me recibió magníficamente. Me preguntó si había visto al rey, su esposo y a los príncipes, sus hijos; luego me interrogó sobre lo que pensaba de ese país. Aunque estuviesen con ella dos o tres hidalgos ingleses y cinco o seis inglesas, cuya belleza merecía más consideración de mi parte, contesté sin la menor vacilación, que Inglaterra me parecía el más hermoso país del mundo, pero abitado por gente tan malvada, que siempre preferiría cualquier otra morada, aunque fuera entre los osos; que en efecto, debía ser un pueblo de gente más feroz que esos animales, para atreverse a hacer la guerra a su rey y pedirle que alejase a una princesa tan llena de encantos, que sólo podría hacer sus delicias.

No sé si mi discurso fue de su agrado, pero con seguridad no lo fue de uno de los ingleses que estaba presente. Éste se llamaba Cox, y al día siguiente me envió a otro inglés, con la misión de decirme que tenía deseos de verme espada en mano detrás de los Chartreux.[1] Le pedí una hora de tiempo para buscar a algún amigo que me sirviera de segundo. Cuando salía en busca del mismo, me encontré con otro inglés, el que me entregó una nota, que contenía mensaje muy diferente. He aquí lo que decía ese billete:

"Estaba junto a la reina cuando dijisteis cosas tan descomedidas sobre mi país. Después de mucho cavilar sobre la mejor manera de vengarme, no he encontrado mejor manera de lograrlo, que rogaros vengáis a verme. El portador os dirá dónde encontrarme. Veremos allí si es cierto que preferiríais mejor vivir entre los osos que con personas de mi nación."

Jamás hombre alguno quedó más sorprendido que yo. En verdad, entendía perfectamente cuanto quería significar ese billete, pero como eran varias las inglesas que estaban presentes cuando profiriera el discurso que ésta me reprochaba, no atinaba a discernir a cuál de ellas debía esa invitación. Sin embargo, como todas me habían parecido hermosas, de cualquier modo caería parado. El inglés, a mi requerimiento respondió que podría verla en el mismo hotel donde estaba alojada la reina de Inglaterra, y que no tenía más que preguntar por Milady.

De muy buena gana me hubiera dispensado del duelo con el inglés, para poder atender este otro asunto que tanto comenzaba interesarme; pero como por desgracia, no podía hacerlo sin mengua para mi reputación, me encaminé hacia el Hotel de los Mosqueteros, dispuesto a llevar conmigo al primero de los tres hermanos que encontrara. Solamente hallé a Aramis, que había tomado una medicina. Athos y Porthos habían salido temprano, sin decide dónde habían ido. Esto no dejó de contrariarme, pues la falta de tiempo me apremiaba. Adivinando lo que pretendía de sus hermanos, Aramis, tomando sus ropas me dijo, que por un remedio de más o de menos en el cuerpo, no me dejaría en situación desairada y que supliría su ausencia.

Sin embargo, sabiendo lo perjudicial que resultaría para su salud si llegaba a tomar frío, yo no quería permitir que se expusiera a ese peligro. No hizo el menor caso de mi objeción y nos encaminamos hacia el lugar donde nos había citado el inglés, quien aún no había llegado, como tampoco su amigo, haciéndose esperar más de media hora. Por fin aparecieron a lo largo de los muros del Luxemburgo, que están fuera de la ciudad.

Yendo hacia ellos, Aramis sintió algunos cólicos. Hubiera deseado detenerse unos instantes, si ello hubiera sido posible sin desmedro de su honor, pero temía que interpretasen mal una necesidad, cuya causa no conocían. Le dije que obedecía a escrúpulos excesivos y muy inoportunos, ya que su valor era conocido en demasía, y que además yo podía certificar en qué estado le había encontrado, cuando a pesar de todo había insistido en prestarme su ayuda.

Cuando nos encontramos, nos revisamos mutuamente para evitar toda superchería. En efecto, unos falsos valientes hacía poco que, habiéndose provisto de cotas de malla, impunemente se habían abalanzado sobre sus desprevenidos adversarios, logrando una artera ventaja. Nada encontramos que no fuera correcto. Sin embargo, el que debía batirse con Aramis, tanteando minuciosamente a Aramis, cuyos cólicos lo apremiaban al extremo de hacerle cambiar de color, le observó el rostro con irónica curiosidad. Vano como casi todos los de su país, sospechó que lo que tenía Aramis era miedo. No dudó más de lo que sus ojos le sugerían, cuando se expandió un olor bastante desagradable, que le obligó a taparse la nariz. Dijo a Aramis que temblaba demasiado pronto y que si por el hecho de tantearlo solamente con la mano, se ponía en la forma que se veía y olía, qué le ocurriría cuando lo tantease con la punta de la espada.

Aramis, apremiado cada vez más por su malestar, resolvió dar alivio a sus desdichadas entrañas. El inglés que tenía buen olfato, retrocedió velozmente con el temor de quedar envenenado, pero inmediatamente se vio obligado a abandonar toda precaución debida a esa causa: Aramis se le fue encima espada en mano dispuesto a no darle tregua, por lo que el inglés sólo pensó en defenderse, pero lo hacía tan mal, y retrocediendo tan rápidamente que Aramis tenía dificultad para alcanzado. A modo de desquite, Aramis le preguntó entonces, cuál de los dos era el que más temor tenía. Diciendo esto, lo apremió de cerca ya, y le suministró una buena estocada.

En lo que se refería a su camarada, cumplía mejor su deber para conmigo. Ya le había aplicado dos estocadas, una en un brazo y otra en un muslo y habiendo logrado desarmarle mediante un pase ligado, le coloqué la punta de mi espada sobre el abdomen y le obligue a pedir cuartel. El otro rindió su espada a Aramis, presentándole sus excusas por cualquier expresión descomedida que hubiera tenido. Aramis lo excusó de buen grado. Ambos ingleses se retiraron sin reclamar sus armas, que de buena gana les hubiéramos devuelto; Aramis penetró en la primera casa que encontró al llegar al arrabal Saint-Jacques, donde hizo encender un buen fuego a fin de cambiar de ropa interior, después que hube adquirido una camisa y un calzoncillo en la primer lencería que encontré.

Lo conduje a su alojamiento, dejándole de inmediato para encaminarme al hotel de la reina de Inglaterra y tratar de ver a Milady.


[1] Los Chartreux estaban detrás del Luxemburgo, es decir fuera de París en esa época, próximo a la actual clínica Tarnier. Sitio elegido por muchos caballeros para batirse a duelo.

martes, 1 de septiembre de 2009

EL GUANTE DE Mme DU LACROIXE


La reunión en el salón principal de la mansión de la condesa Chevreuse se desarrollaba con gran pomposidad por parte de los invitados, quienes se encontraban a la altura de su anfitriona.

Por grupos, - en algunos casos de damas, en otros, de caballeros y en otros, mixtos -, hombres y mujeres hablaban, reían y se comunicaban las novedades de los últimos días en París, en toda Francia y en Europa.

Junto a un amplio ventanal que de día ofrecía una bellísima vista de un majestuoso jardín, el caballero Bernard Montgomery mantenía una entretenida conversación con dos caballeros y una dama. Uno de los caballeros había regresado recientemente de Inglaterra y comentaba los sucesos acaecidos en ese reino el mes anterior, cuando los campesinos del sur de Dervy, liderados por un grupo de nobles, se habían revelado contra un impuesto que el rey había dictaminado para solventar su flota militar.

A escasos dos metros de allí, junto a un arreglo floral, Mme. Du Lacroixe y Mme Moulleron también tenían una interesante conversación, aunque en este caso versaban sobre las virtudes de los caballeros presentes en el lugar. Todos sabían que Mme. Du Lacroixe y M. Montgomery eran amantes, incluso solían mostrarse en público, pero en reuniones de esta naturaleza solían presentarse por separado y hasta se permitían cada uno tener contactos con otras personas sin por eso llevarse algún reproche.

Recientemente llegado de Lorena, un joven caballero conversaba con dos jóvenes y elegantes damas. El objetivo de este caballero, llamado M. d’Alaux, al dialogar con estas bellas damas, no era otro que causar los celos de su amante, Mme Bouquez, quien se encontraba presente en otra parte del salón y con quien había discutido fuertemente el día anterior, negándose esta última a recibirlo durante la tarde de ese día, como habían acordado.

Pero volvamos nuestra atención a Mme Du Lacroixe y Mme Moulleron. Mme Du Lacroixe, de 23 años, era una de las damas más bellas en esas reuniones y había sido causa de una decena de desafíos entre varios caballeros, aunque en al menos cuatro de ellos, uno de los duelistas había sido M. Montgomery, su actual amante. Era esta una forma de ganar prestigio una mujer: cuantos caballeros estaban dispuestos a desenvainar su espada por ella. Lo que prácticamente nadie sabía de esta dama era su gran afición a los duelos, algo que era mas fuerte que ella y que le provocaba una gran excitación. Las circunstancias se fueron dando de tal forma que pronto se le cruzó una idea por su mente, tal vez con el afán de divertirse, o simplemente por el morbo que le causaba: provocar un duelo a su voluntad.

Montgomery seguía tan afanado en su conversación, sin prestarle atención a ella que se propuso hacerle desenvainar su estoque por ella esa misma noche. Sabiendo que M. d’Alaux era un gran espadachín, esperó a que este se acerque un poco más hacia donde ella se encontraba y con ademán de que hacía un poco de calor esa noche, le dijo a Mme. Moullerón que se quitaría uno de sus largos guantes para no sufrir tanto la temperatura. Permaneció por espacio de un cuarto de hora jugando con su guante, como acariciándolo desde su extremo hasta los dedos.

Casi sin pensarlo la situación se puso totalmente a su favor, ya que Montgomery quedó mirando en dirección de ella, pero siguiendo su charla con los dos caballeros y la dama, y d’Alaux se acercó conversando con una dama casi hasta donde ella se encontraba. Mme. Du Lacroixe se encontró en medio de los dos caballeros, quienes seguían en su mundo, pero sin dudarlo, dejó deslizar su guante por entre los pliegos de su vestido de noche. El resultado no pude ser mejor: ambos se precipitaron para recogerlo y entregarlo a la dama, y ambos lo hicieron al mismo tiempo, levantándose lentamente, asiendo el largo guante cada uno por un extremo y estoqueándose en silencio con sus miradas, hasta que Mme. Du Lacroixe lo recogió.

- Son muy corteses, caballeros, gracias por preocuparse de esta forma por mi – dijo al tomar nuevamente el guante entre sus manos y alejarse con Mme. Moulleron, observando de reojo la actitud de ambos.

La situación fue tensa y no hubo un desafío ahí mismo debido al gran respeto que sentían por la condesa Chevreuse, la anfitriona, enemiga acérrima de los duelos.

Una mirada hacia la puerta del jardín por parte de Montgomery fue muy bien interpretada por d’Alaux, y ambos con gran cautela dejaron pasar un tiempo prudencial, como si nada hubiere ocurrido, para que nadie esté pendiente y se olviden del incidente. Eso fue lo que ocurrió, a excepción de Mme. Du Lacroixe, quien mantenía vigilados los movimientos de ambos caballeros.

En un momento, Montgomery, pasando desapercibido, abrió la puerta del jardín y se alejó por el corredor lateral. Mme. Du Lacroixe vio como unos minutos mas tarde hizo lo propio d’Alaux. Sabía que no habría duelo ahí mismo, pero si un desafío, con lo que llamó a su criada Catalina.

- Con sigilo cuéntame que hablan los dos caballeros que están en el jardín – le dijo a la joven muchacha – pero ve por aquella puerta lateral y recuerda, que no te vean.

La joven criada se aproximó lo más que pudo para oír la breve conversación.

- Dejarme en ridículo frente a Mme. Du Lacroixe es intolerable – dijo Montgomery

- Depende de cómo lo vea usted, desde mi punto de vista, quien quedó en ridículo he sido yo – replicó d’Alaux.

- Sólo dígame a que hora y en qué lugar, esto no hay otra manera de resolverlo – con vehemencia expresó Montgomery.

- Al amanecer, en la puerta lateral del monasterio de las clarisas, si le parece cómodo – propuso d’Alaux.

- Me parece bien, pero encuentro difícil encontrar padrinos a estas horas – comentó Montgomery.

- Usted es un caballero de prestigio, no tengo problema en que nos batamos sin ellos.

- Es usted un caballero muy cortes, será un honor batirme, mas tratándose de Mme. Du Lacroixe.

La criada regresó junto a Mme. Du Lacroixe y le dijo:

- Señora, esos caballeros se batirán por usted.

Y sin omitir ni puntos ni comas, le relató palabra por palabra el diálogo entre ambos, con lo cual Mme. Du Lacroixe supo a que hora y en que lugar se batirían y le dijo a su criada.

- Catalina, prepara ropa para ir a la puerta lateral del convento de las clarisas bien temprano.

Terminada la reunión, Mme. Du Lacroixe se retiró a sus aposentos y esperó la segura llegada de su amante. Cuando éste llegó, ella fingió no saber nada de lo que había ocurrido luego de haber tomado su guante, con lo que puso cara de gran sorpresa cuando Montgomery le dijo que en pocas horas se batiría en duelo por ella. Mme. Du Lacroixe abrió grandes los ojos y no pudo evitar sentir un cosquilleo en todo el cuero, y comenzó a interrogar el por qué de ese asunto, y volvió a fingir estar consternada y sentirse culpable. Abrazó a su amante con fuerza y comenzó a besarlo.

- Voy a compensar el sacrificio que hacéis por mi – le dijo mientras comenzaba a desvestirlo.

Hicieron apasionadamente el amor y cuando llegó la hora, Montgomery comenzó a vestirse.

- Es hora de partir – le dijo – deséame suerte.

- Tomad esto como amuleto de la suerte, ya que fue lo que os ha puesto en este trance – le dijo Mme. Du Lacroixe, atando el largo guante de la discordia en su brazo derecho.

Él se despidió con un beso apasionado y se alejó por la estrecha calle que daba a un lateral de la catedral.

Aun no amanecía, sólo se notaba algo de claridad en el cielo, pero al alejarse cien metros la mujer ya no notaba con nitidez la figura de su amante alejándose, con lo que ella también salió a la calle, pero llegando al lugar del encuentro por otro camino. Llegó a tiempo para ver la llegada de d’Alaux, quien de inmediato se aproximó a Montgomery para saludarlo estrechando su mano con cortesía. Acto seguido, se alejaron unos metros hacia un corredor para dejar allí sus capas y luego se internaron en un jardín, donde había espacio suficiente para moverse. Todo era observado por las dos mujeres detrás de unos arbustos contra una columna, aunque no podían distinguir que cosas se decían.

Ambos tenían camisas blancas y pantalones oscuros, además de botas y guantes, empuñaron sus espadas, se saludaron nuevamente y se pusieron en posición de guardia. Se observaban a los ojos fijamente pero apenas si se movían, hasta que de a poco comenzaron unos esbozos de ataques. Así trascurrieron dos o tres minutos, observándose, analizando por donde atacar y poco a poco comenzaron a embestirse, cuidando muy bien sus defensas y buscando un blanco vulnerable de su enemigo. Luego de una serie de ataques y contra ataques se oyó un grito y ambos dieron unos pasos hacia atrás. La espada de d’Alaux había tocado el muslo de su rival y de ahí el grito. Mme. Du Lacroixe vio a su amante cojear un poco y revisar su herida, mientras d’Alaux lo esperaba, y al ver que no era nada grave se volvió a poner en guardia, atacando de inmediato, como si quisiera vengar esa herida propiciándole una a su rival. La lucha se volvió más vigorosa, con mas cantidad de ataques y menos cautela en la defensa y en breve se oyó otro grito, esta vez de d’Alaux. Montgomery lo había herido en el hombro. Como la herida no era grave, reanudaron la lucha con mas ímpetu que antes y en los minutos que siguieron ambos se tocaron con sus estoque en varias ocasiones, haciendo que sus blancas camisas comiencen a estar marcadas con varias manchas rojizas.

Ambos duelistas comenzaron a mostrarse cansados. La fiesta de la noche anterior, y la noche con sus respectivas amantes habían hecho que ambos lleguen al combate sin haber dormido ni un minuto siquiera, pero aun así continuaron luchando, cada vez con menos reflejos, y en una embestida que se hicieron mutuamente volvió a sentirse un grito mas fuerte que los anteriores y d’Alaux cayó de rodillas, arrojando a un lado su espada, con lo que indicaba que se rendía.

Montgomery lo había herido en el vientre y parecía que podía ser grave la herida, por lo que dejó su espada en el suelo y fue a auxiliar a su rival, a quien ayudó a recostarse en la hierba. Examinó el tajo y vio que no era una herida profunda, pero si dolorosa y emanaba mucha sangre, de manera que tomó su pañuelo y presionó sobre la herida para al menos disminuir la hemorragia.

- Muchos caballeros se baten en este lugar, por lo que las monjas están acostumbradas a atender estas heridas – le dijo Montgomery a su rival. – Lo llevaré hasta la puerta y golpearé para que lo atiendan, yo me iré antes que me vean, ya que si nos ven a los dos, nos denunciarán ante las autoridades por duelistas, en cambio así, usted podrá decir que fue atacado por forajidos.

- ¡Muchas gracias!, pero… ¿creerán que fui atacado?- inquirió d’Alaux.

- No, de inmediato sabrán que fue un duelo, pero al no saber quien lo hirió, no podrán hacer nada y deberán creerle – le contestó Montgomery.

Como a Montgomery también le pesaban sus heridas, le costó trabajo ayudar a ponerse de pie a su rival y acompañarlo hasta la puerta, donde lo recostó con mucho cuidado, para luego ir a buscar su capa y taparlo, ya que el frío se hacía notar. Golpeó luego la puerta, se despidió de d’Alaux y se retiró con prisa, recogiendo primero su capa y envolviéndose en ella, para que los transeúntes no vieran su camisa manchada en sangre con lo que se delataría.

- En adelante espero tenerlo como amigo – le dijo d’Alaux antes de que parta su contrincante de esa aventura.

- Considérelo así – le respondió Montgomery. – Ha sido un honor cruzar mi espada con la suya.

Y se fue.

Las mujeres se habían ido unos momentos antes, ya que Mme. Du Lacroixe sabía perfectamente que Montgomery iría a verla después del duelo, con lo que se apresuraron a llegar antes que él. Apenas había terminado de ponerse su ropa de cama y fingir haber estado durmiendo, - o al menos acostada pero sin poder dormir preocupada por la suerte que su amante podría correr – cuando Montgomery llegó, cansado, herido, pero feliz.

- Mme., su guante me ha salvado, hacía tiempo que no tenía un rival tan hábil, el duelo fue duro, como podrá ver el estado en el que llego, pero he triunfado.

- Que alivio para mi corazón, no pude pegar un ojo pensando en su suerte, pero ¿Cómo está M. d’Alaux? ¿está herido?

- Si, pero lo dejé a cuidado de las monjas clarisas, frente al convento de ellas fue nuestro duelo, no está grave por suerte.

- ¡Pero mire usted como esta! Quítese la ropa, así puedo curar esas heridas.

Tuvo Mme. Du Lacroixe un deseo grande de volver a hacer el amor con ese hombre, todas esas heridas habían sido por su causa, pero el cansancio pudo más y Montgomery cayó en un profundo sueño.

Durante la mañana, Mme. Du Lacroixe había enviado a Catalina a averiguar por el estado de d’Alaux, y supo que se reponía favorablemente, con lo que decidió enviarle un pequeño billetito que decía lo siguiente: "Supe que sus heridas fueron por mi culpa y me enorgullezco de ello, desearía que me venga a visitar. Mme. d. L.."

sábado, 8 de agosto de 2009

UN CHOQUE DE CARROZA COMO EXCUSA


Gracias a Diana de Meridor podemos disfrutar de este curioso duelo. Es bueno recordar que los duelos estaban prohibidos por lo que se solía recurrir con frecuencia a los "encuentros", esto es, una lucha producto de un encuentro casual por un motivo del momento, lo cual no estaba penado de la misma forma que un duelo, el cual tenía un grado de premeditación.

Para evitar el castigo de la ley, se solía pasar una "duelo" como si hubiera sido un "encuentro", aunque el enfrentamiento estaba pautado de antemano, como ocurre en esta historia.

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René du Bec-Crépin, marqués de Vardes, ingenioso cortesano, era aún muy joven por la época de su duelo con Claude de Saint-Simon. Éste, en cambio, ya contaba 39. El motivo de la riña fue una discusión por la concesión de ciertos beneficios eclesiásticos. En enero de 1647 ambos acordaron batirse un mediodía en la Puerta de Saint-Honoré, en el extremo occidental de la Rue de Saint-Honoré, cerca del convento de las Hijas de la Concepción. Era un lugar muy solitario por entonces. Para que no pareciera un duelo premeditado, pues estaban prohibidos, idearon el modo de que todo pareciera surgido de un incidente fortuito. El carruaje de Vardes le cortaría el paso al de Saint-Simon, los cocheros reñirían por ver cuál tenía preferencia, y sus amos, haciendo suya la causa, echarían pie a tierra, cada uno con su segundo, y se batirían allí mismo de inmediato.

Por la mañana Saint-Simon había estado en el Palais-Royal, cumplimentando a la reina. Luego fingió que salía en compañía del mariscal de Gramont, al que acompañaría a hacer algunas visitas en el Marais. Cuando bajaban juntos por las escaleras, Saint-Simon disimuló pretextando haber olvidado algo arriba, se excusó, subió, y luego volvió a bajar cuando Gramont ya se había ido. Se encontró entonces con La Roque Saint-Chamarant, un hombre de su confianza y que comandaba su regimiento de caballería. Era él quien le habría de servir de segundo en el duelo. Así pues, ambos entraron en el carruaje y se dirigieron a la Puerta de Saint-Honoré.

Vardes, que esperaba en una esquina de la calle, vio aproximarse a la carroza y se procedió del modo acordado. Hubo latigazos de uno y otro cochero, las cabezas de sus amos se asomaron por la ventanilla; salen del coche furiosos y se baten espada en mano. La fortuna favoreció a Saint-Simon: Vardes cayó herido en un brazo y fue desarmado. Como se confesó vencido, su rival fue lo bastante generoso para renunciar a causarle cualquier otra herida que proclamara su victoria. Juntos fueron a separar a sus segundos.

La carroza de Saint-Simon era la que se encontraba más próxima, de modo que se decidió trasladar en ella a Vardes hasta su domicilio. Sus rivales montaron con él, se separaron después civilizadamente y el vencedor se dirigió a su casa.

Madame de Châtillon se alojaba entonces en una de las últimas mansiones de la calle, cerca de la Puerta de Saint-Honoré. Al ruido que hicieron cocheros y carruajes se asomó a la ventana, y así pudo presenciar todo el combate. Por tanto, la historia no tardó en conocerse, y los duelistas debieron rendir cuentas ante la reina. Saint-Simon ensayó bien las respuestas que debía dar, por lo que se libró de todo castigo, mientras que Vardes, considerado el agresor, fue conducido a la Bastilla. De todos modos sólo permaneció allí por espacio de diez o doce días.

jueves, 9 de julio de 2009

EL GOLPE DE JARNAC


Esta vez no va una novela, pero si la historia de un golpe famoso.

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Golpe de Jarnac en francés moderno denota un golpe violento, imprevisto y decisivo, considerado erróneamente como un golpe artero o desleal.
La expresión en idioma francés, debe su origen a la estocada con la que Guy de Chabot, futuro barón de Jarnac venció en un duelo el 10 de julio de 1547 a François de Vivonne, señor de la Chataigneraie.
E
n su acepción primigenia, es una estocada infligida a la parte trasera de la rodilla o del muslo. Poco después, se convirtió en sinónimo de golpe hábil. Pero a partir del diccionario de Trévoux (fines del siglo XVIII), adquiere un sentido peyorativo que aún hoy en día conserva. Fue Émile Littré quien restableció la acepción de origen, en el sentido de un golpe decisivo, hábil, pero leal.
El duelo
Guy Chabot, oriundo de Saint-Gelais, y futuro séptimo barón de Jarnac a la muerte de su padre, se había casado en marzo de 1540 con Louise de Pisseleu, hermana de la futura duquesa de Etampes, Anne de Pisseleu, quien además era amante del rey Francisco I de Francia. El delfín - el futuro Enrique II de Francia-, había hecho correr el rumor, muy probablemente instigado por su amante Diana de Poitiers, que Guy Chabot le debía a su cuñada toda suerte de favores.
La Duquesa de Etampes, ultrajada, exigió a su real amante justicia. El culpable, el delfín, temía la cólera de su padre y le encargó a su amigo François de Vivonne, señor de La Châtaigneraie que dijera que era él el autor de los rumores, y que no había hecho sino supuestamente repetir lo que Guy Chabot le habría dicho.
Por su parte, Chabot no pudo sino pedir al rey permiso para lavar su honor, pero Francisco I rehusó concederle en vida el derecho al duelo. El rey era consciente de que no se trataba sino de "disputas entre mujeres celosas".
A la muerte de Francisco I, Enrique II ascendió al trono. Guy Chabot renovó su pedido, que esta vez fue recibido favorablemente. Pero la reputación de buen tirador de François de Vivonne era tal que, entretanto, Guy Chabot tomó clases con un espadachín italiano quien le enseñó un mandoble desconocido hasta entonces. Este maestro de armas también había previsto explotar una debilidad del rival de Guy Chabot: una vieja herida en la rodilla. Le recomendó que eligiera un arma pesada, la espada a dos manos, para cansarlo y volver sus desplazamientos más lentos.
El duelo tuvo lugar el 10 de julio de 1547, frente al castillo de Saint-Germain-en-Laye. Al principio, el combate favorecía a François de Vivonne, hasta que Guy Chabot le asestó la estocada que ahora lleva su nombre. El golpe se hundió en el jarrete de su adversario. El golpe fue declarado por los árbitros "de buena ley", y ante la sorpresa general, Guy Chabot fue declarado vencedor.
Una crónica que ha llegado hasta nuestros días y que se conserva en la Biblioteca Nacional de Francia en París, relata que François de Vivonne, quien esperaba ganar fácilmente el duelo, había previsto dar un banquete la noche misma del duelo. Pero fue tan humillado por esta derrota, que se arrancó las vendas de su herida, y murió durante la noche. Un tumulto se produjo con una represión despiadada.
Reconstitución histórica
El 30 de junio de 2007, figurantes y actores recrearon la historia del castillo de Saint-Germain-en-Laye, y uno de los cuadros dedicados al rey Enrique II de Francia consistió en la reconstitución del famoso duelo.

sábado, 13 de junio de 2009

TERCER DUELO ENTRE FERAUD Y D'HUBERT


Este es el tercer duelo que se da entre los tenientes Feraud y D'Hubert, en el libro de Joseph Conrad, El Duelo. Luego de una campaña militar, ambos militares se encuentran y vuelven a desafiarse, en el duelo más cruento entre ambos, con final inconcluso.

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No obtuvo su promoción hasta una semana después de Austerlitz. Durante algún tiempo, la caballería ligera del gran ejército estuvo ocupa­dísima en interesantes labores.; Apenas disminuyó la atención de las tareas profesionales, el capitán Feraud se preocupó de organizar un encuentro sin pérdida de tiempo.

"Conozco bien a mi pájaro —observaba som­bríamente—. Si no ando muy vivo, se las arre­glará para que lo asciendan por sobre una docena de compañeros más meritorios que él. Tiene un verdadero talento para esta clase de maniobras." Este duelo se llevó a cabo en Silesia. Y si no terminó con una derrota, fue por lo menos pro­seguido hasta el total agotamiento de ambos con­trincantes. El arma era el sable de caballería, y la pericia, la, ciencia, el vigor y la determinación de ambos adversarios provocaron la admiración de los testigos. Este encuentro se convirtió en el tópico de mayor interés en ambas orillas del Da­nubio y su rumor alcanzó hasta las guarniciones de Gratz y Laybach. Siete veces cruzaron los sa­bles. Ambos tenían heridas de las que manaba sangre en abundancia. Ambos rehusaron inte­rrumpir el combate, rechazando toda insistencia, manifestando un mortal rencor. Por parte del capitán D'Hubert, esta impresión era causada por su deseo racional de terminar de una vez por todas con el asunto; por parte del capitán Fe­raud, por una tremenda exaltación de sus instin­tos belicosos y el formidable estímulo de la vanidad herida. Finalmente, desgreñados, con las camisas hechas jirones, ensangrentados y manteniéndose difícilmente en pie, fueron separados a la fuerza por sus atónitos y horrorizados padrinos. Más tarde, asediados por sus compañeros ansiosos de conocer los detalles, estos caballeros declararon que no habrían podido permitir que continuaran indefinidamente en esa carnicería. Cuando se les preguntó que si esta vez los adversarios conside­raban saldada su diferencia, expresaron su convencimiento de que era ésta de tal naturaleza, que sólo podría liquidarse con la vida de una de las partes. La sensacional noticia se extendió de un cuerpo de ejército a otro, penetrando hasta los más pequeños destacamentos de tropas acanto­nados entre el Rin y el Save. En los cafés vieneses se estimaba, por datos fidedignos, que los adver­sarios estarían en condiciones de enfrentarse nuevamente en el campo del honor, al cabo de tres semanas. Se esperaba algo realmente extra­ordinario en materia de duelos.

Estas esperanzas fueron frustradas por las exigencias del servicio, que separaron a los dos capitanes. Las autoridades oficiales no se habían dado por enteradas de su desafío. Era ésta una cuestión de honor que ya pertenecía al ejército y no se le podía comentar ligeramente. Pero la historia del duelo, o más bien la afición duelís­tica de nuestros héroes, debe haberse interpuesto en el progreso de sus respectivas carreras, pues aun eran capitanes cuando volvieron a reunirse durante la guerra con Prusia. Destacados hacia el Norte después de Jena, junto con el ejército dirigido por el mariscal Bernadotte, príncipe de Ponte Corvo, entraron juntos en Lülbeck.

lunes, 1 de junio de 2009

LOS DUELOS EN LA FRANCIAS DEL SIGLO XVII




Nuevamente gracias al aporte de Diana de Méridor.

Fragmento de la obra Descartes, de Richard Watson:


“El duelo era un juego peligroso. Los reyes y generales lo detestaban porque así perdían a muchos de sus mejores hombres. En Francia, Luis XIII proscribió los duelos definitivamente en 1627, después de que el gran espadachín François de Montmorency, conde de Bouteville, y su primo Rosmaduc, conde de Chapelles, desobedecieron su orden inicial. El 21 de junio de 1627, en París, lucharon contra el marqués de Beauvon y el marqués de Bussy, tres contra tres …, al mediodía en la Place Royale, hoy llamada Place des Vosges. Rosmaduc mató a su oponente.


“¡Un duelo a mediodía! ¡Y con la presencia de todos los cortesanos! Debía de ser emocionante: los combatientes vestidos a la última moda con sus capas, botas y sombreros emplumados, mofándose e insultándose mientras hacían gala de su noble orgullo francés. Y qué manera de desafiar al rey, que a fin de cuentas era sólo otro noble más. Y no tan buen espadachín, llegado el caso.


“En fin, uno no ejecuta a nobles de tan rancia estirpe, pero Luis XIII mandó ajusticiar a Bouteville y Rosmaduc, a pesar de las súplicas de toda la nobleza. Aunque, eso sí, permitió que las familias se llevaran los cuerpos para sepultarlos. Beauvon escapó y recibió el indulto dos años después. Pero las ejecuciones demostraron que Luis XIII se había propuesto abolir esta costumbre tradicional. El rey tenía buenos motivos, en definitiva. Estaba perdiendo demasiados hombres capaces. Cientos de sus mejores lugartenientes morían en duelos todos los años. Bouteville tenía 28 años cuando se le condenó a la pena de muerte. Se inició en los duelos a los 15 años, y había participado en 22. Billy el Niño no superaba a Bouteville, ni en su sangre fría de duelista ni en su gran notoriedad.”


Notas sobre la Place des Vosges
:

Desde su conclusión, en 1612, la Place Royal se convirtió en el centro de la vida elegante, desfiles y fiestas. El nombre actual de Place des Vosges se le otorgó en 1800 en honor del primer departamento que pagó sus impuestos.


Está compuesta por 36 pabellones que han conservado su disposición original con soportales y dos pisos, en los que alternan el ladrillo rojo y la piedra blanca, rematados por un tejado de pizarra de fuerte pendiente y buhardillas, patio trasero y jardines ocultos. En resumen, un conjunto comparable a las grandes "plazas mayores" de las ciudades castellanas.


El pabellón del Rey, responde simétricamente al pabellón de la Reina, con decoración muy sobria.


En el centro de la plaza, un simpático jardín público permite aprovechar, en los días de buen tiempo, los rayos del sol... A menos que se prefiera la sombra de los soportales donde de vez en cuando un concierto clásico improvisado atrae a los curiosos, mientras que los escaparates de las galerías de arte o de antigüedades, encantan, chocan o sorprenden a los transeúntes... Algunos de ellos buscan las sombras del pasado que poblaban esta plaza: Madame de Sévigné nació en el nº 1 bis, Théophile Gautier y Alphonse Daudet vivieron en el nº 8, Marion Delorme en el nº 11, Bossuet en el nº 17, Richelieu en el nº 21 ( los dos duelistas pagaron con su vida la insolencia de enfrentarse bajo sus ventanas cuando el cardenal acababa de prohibir los duelos). Y además, Victor Hugo.

En los soportales cercanos están documentados varios duelos de mosqueteros.

Duelo de los Mignons en el mercado de caballos (Actual Place des Vosges)

El 27 de abril de 1578, en el mercado de caballos, actual Plaza de Vosges, tuvo lugar el llamado Duelo de los Mignons, que enfrentó a tres favoritos del rey Enrique III con tres del duque de Guisa. Por parte del rey eran Jacques de Caylus, Louis de Maugiron y Jean d’Arcès. Representando a los Guisa participaron Charles de Balzac, Ribérac y Georges de Schomberg.

Maugiron y Schomberg resultaron muertos en el enfrentamiento. Ribérac murió al mediodía siguiente a consecuencia de las heridas. D’Arcès fue herido en la cabeza y hubo de permanecer en el hospital durante seis semanas. En cuanto a Caylus, recibió nada menos que 19 heridas y falleció tras 33 horas de agonía. Sólo Balzac se libró con sólo un rasguño en el brazo.

Esta absurda pérdida de vidas humanas impresionó fuertemente la imaginación de las gentes. Jean Passerat escribió una elegía sobre el tema, Plaintes de Cléophon. En el tratado político El Teatro de Francia, de 1580 el duelo era recordado como “el día de los cerdos”. Montaigne describió el episodio como “una imagen de cobardía”, y Brantôme lo relacionaba con la deplorable expansión de los modales italianos y gascones en la corte de Enrique III.

El incidente empeoró considerablemente las ya malas relaciones entre el rey y el duque de Guisa.

lunes, 11 de mayo de 2009

ACTA DEL DUELO ENTRE EL INFANTE DON ENRIQUE Y EL DUQUE DE MONTPENSIER


Gracias al aporte de Diana de Meridor, tenemos aquí el acta de un duelo fatal que se celebró en España.


Acta del duelo entre el infante don Enrique y el duque de Montpensier

En Madrid a 12 de marzo de 1870, siendo las ocho de la tarde, reunidos los que suscriben en la casa morada del Excmo. Sr. Teniente General don Ferando Fernández de Córdova, acordaron levantar acta de todo lo ocurrido en el lance de honor concertado en la noche de ayer y llevado a término en la mañana de hoy en la forma siguiente.


Siendo las diez del día, se presentaron en el exportazgo de las ventas de Alcorcón, el Sr. Infante D. Enrique de Borbón y el Sr. Duque de Montpensier, acompañados de los infraescritos y los doctores D. José Sumsi y Luis Leira.


Acto continuo, se dirigieron todos los referidos a la Escuela de Tiro en la dehesa de los Carabancheles y, obtenida la licencia del Sr. Comandante jefe de aquel puesto militar para probar unas pistolas, se eligió un lugar próximo al blanco de los tiros de cañón.

Medida entre el Sr. General Córdova y D. Federico Rubio con un metro la distancia de nueve en cumplimiento del acuerdo número primero, pareció a ambos que resultaba corta en el campo y propusieron alterar en este punto lo pactado, alargando un metro más la distancia; cuya proposición fue aceptada sin discusión y con el mayor gusto por todos los demás testigos; en cuya virtud se midió y rayó, a uno y otro extremo, la distancia de diez metros, fijándola además con dos piquetes.


Acto seguido, se procedió a echar suerte para que ésta designara quién debía disparar primero, resultando corresponder al Sr. Infante D. Enrique.


De igual manera se procedió para elegir el punto en que se habían de colocar los combatientes y correspondió la elección al Sr. Infante D. Enrique.


Entregadas a dicho señor y al Sr. Duque de Montpensier sus armas respectivas, se dio la voz de “atención” y perteneciendo al Sr. D. Enrique disparar primero, hizo fuego sin resultado y respondió con su disparo el Sr. Duque, con igual suceso.


Cargadas nuevamente las pistolas, conferenciaron los infraescritos sobre la condición establecida número 2 que disponía acortar en un metro la distancia si el primer disparo no daba resultado, y sin discusión se acordó unánimemente que no se diese cumplimiento al artículo y no se disminuyese la distancia de los diez metros.


Disparó por segunda vez el señor Infante, sin que ocurriera novedad.


Hizo su disparo el señor duque y la bala, dando entre la caja y la llave de la pistola de su adversario, se partió en dos: media quedó incrustada entre los muelles y la otra mitad, chocando en la levita por encima de la clavícula derecha, rompió el paño sin penetrar en el chaleco. Reconocido el señor infante por los facultativos y preguntado con la debida solicitud por los testigos de una y otra parte si sentía molestia en algún punto o alguna dificultad que le estorbase, contestó negativamente repetidas veces; y examinado, no obstante, con la atención oportuna, no resultó que estuviese herido ni contuso.

En este momento, el señor general Alaminos se acercó al señor Rubio preguntándole si aquel accidente no sería bastante a dejar en lugar honroso a las partes, sin ser necesario que continuase el duelo; contestado afirmativamente por el señor Rubio, pasaron a proponer esta opinión a sus demás compañeros y, después de discutida con el mejor ánimo por parte de todos, se convino unánimemente en que la condición establecida en el número 6 prescribía que el combate no había de terminar hasta resultar herida y que, de haberla por pequeña que fuese, podría aprovecharse benignamente dicha circunstancia; pero que no existiendo ni tampoco contusión y declarando el infante con insistencia que no había recibido ningún daño ni sentido molestia que le dificultase el manejo de su arma, dada la publicidad del caso, el carácter de las personas, el hecho de haberse alterado benignamente las dos condiciones más duras del combate, y lo ocasionados que son estos sucesos a ser objeto de prolongadas interpretaciones que dejan peor parado el decoro de los combatientes, aun habiendo sufrido todos los peligros del duelo, se acordó por unanimidad que continuase.

Hizo su tercer disparo el infante don Enrique, sin resultado.

Disparó en su turno el señor duque y cayó en tierra el infante don Enrique.

Reconocido por los doctores Sumsi, Leira y Rubio, resultó tener una herida penetrante en la región temporal derecha; las arterias temporales estaban rotas; la masa cerebral, perforada; la vida de relación y de sensibilidad, abolida; la respiración, estertorosa.


Acompañado por testigos de una y otra parte hasta que vino una camilla que, recogiéndolo, llevó el cuerpo del señor infante al próximo campamento, se convocaron los infraescritos para la sesión presente y acordaron levantar este acta, en cumplimiento de la ley y de los usos y costumbres de los lances de honor, disponiendo, además, se escriban en el número necesario para entregar, una a los herederos del infante don Enrique de Borbón, otra al duque de Montpensier, una a cada testigo y otra para que el señor Teniente General Don Fernando Fernández de Córdova se encargue de depositarla, en tiempo oportuno, el alguno de los establecimientos públicos encargados de la custodia de papeles. Firman: Federico Rubio. Juan de Alaminos y de Vivar. Fernando Fernández de Córdova. Emigdio Santamaría. Andrés Ortiz y Arana. Felipe de Solís y Campuzano.


12 de marzo de 1870


Para los motivos del duelo y otros detalles, ver bajo el epigrafe “duques de Montpensier” en:

http://www.lagubiayeltas.us/Personajes/D.htm

lunes, 13 de abril de 2009

SEGUNDO DUELO ENTRE D'HUBERT Y FERAUD

Este fragmento pertenece a la obra de Joseph Conrad, “El Duelo”, llevado al cine por Ridley Scott en el film “Los Duelistas”. Los protagonistas son dos oficiales de caballería del ejercito de Napoleón, los tenientes D’Hubert y Fraud. La historia surge a partir de un entredicho entre ambos oficiales (no lo diré para quienes quieran leer el libro) que genera un primer duelo entre ambos. La necedad de ambos los lleva a batirse en numerosas oportunidades, mientras la historia se sigue desarrollando en Europa, y el fragmento aquí trascripto es el segundo encuentro entre ellos (el primero formal, con padrinos, desafío previo, lugar del encuentro, etc.). El encuentro es breve, próximamente transcribiré otro de los duelos, mas prolongado y más violento.

En la película de Scott este es el segundo duelo:

http://www.youtube.com/watch?v=SCuuH6sKNbw&feature=related


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Pero la investigación no se llevó a cabo. En cambio, el ejército salió a campaña. Puesto en libertad sin mayores observaciones, el teniente D'Hubert volvió a hacerse cargo de sus tareas militares, mientras el teniente Feraud, con su brazo recién libre del cabestrillo y sin haber sido interrogado, cabalgó a la cabeza de su escuadrón para terminar su convalecencia en el humo de los campos de batalla y al aire fresco de los vivaques nocturnos. Este vigorizante tratamiento le sentó tan bien que, al primer rumor de la firma de un armisticio, giraron inmediatamente sus pensa­mientos en torno a su contienda privada.
Esta vez tendría qué ser un duelo ajustado a todas las reglas. Envió dos amigos a presen­tarse ante el teniente D'Hubert, que se encontra­ba con su regimiento a escasas millas de distan­cia. Estos amigos no hicieron preguntas a su apadrinado. "Me debe una ese bello oficialito", había dicho Feraud, sombríamente; y ellos se marcharon muy contentos a cumplir con su mi­sión. El teniente D'Hubert no tuvo dificultad en encontrar dos amigos igualmente discretos y leales.
—Hay un individuo a quien tengo que dar una lección —había declarado él escuetamente, y ellos se consideraran satisfechos con esta expli­cación.
Bajo estos pretextos se convino un duelo a espada, debiendo llevarse a cabo, al alba, en un campo apropiado. A la tercera arremetida, el te­niente D'Hubert se encontró tendido sobre la hierba húmeda de rocío, con una herida en el costado. A su izquierda se extendía un paisaje de prados y bosques, iluminado por un sol apacible. Un cirujano no, el flautista, esta vez, sino otro ­se inclinaba sobre él y palpaba la herida.
—Una buena estocada. Pero no será grave. El teniente D'Hubert escuchó estas palabras con placer. Sentado en la hierba húmeda y sos­teniéndole la cabeza sobre las rodillas, uno de sus padrinos dijo:
—Los azares de la guerra, mon pauvre vieux. ¿Qué le parece? ¿No cree conveniente hacer las paces como un hombre sensato? Sea razonable.
—No sabe usted lo que pide —murmuró el teniente D'Hubert, con voz débil—. Sin embargo, si él...
Al otro extremo del prado los padrinos del teniente Feraud le insistían para que fuera a es­trechar la mano de su adversario.
—Ya se ha pagado usted como lo deseaba..., que diable! Es lo único que le queda por hacer. Ese D'Hubert es un tipo decente.
—Conozco bien la decencia de estos favoritos de los generales -murmuró el teniente Feraud, con los dientes apretados, y la sombría expresión de su rostro desalentó toda insistencia a concer­tar la reconciliación. Saludándose desde cierta distancia, los padrinos condujeron a los duelistas fuera del campo. El teniente D'Hubert, muy esti­mado entre sus compañeros por su gran valor unido a un carácter franco y siempre parejo, fue muy visitado aquella tarde. Se observó que el te­niente Feraud no frecuentó, como era costumbre, los lugares donde sus amigos pudieran darle sus felicitaciones. No le habrían faltado, pues él tam­bién era querido por la exuberancia de su natu­raleza meridional y la sencillez de su carácter. En todos los sitios donde los oficiales tenían costum­bre de reunirse al final del día, el duelo de aque­lla mañana fue comentado bajo diversos aspectos. Aunque el teniente D'Hubert resultó herido esta vez, su juego de esgrima fue notable. Nadie podía negar que fuera muy arriesgado y científico. Llegó a decirse que había sido herido sólo porque de­seaba manifiestamente hacer gracia a su adver­sario. Pero muchos opinaban que el vigor y el empuje de los ataques del teniente Feraud eran irresistibles.
Los méritos de ambos oficiales como esgri­mistas eran francamente discutidos, pero su ac­titud reciproca después del duelo fue comentada apenas y con la mayor prudencia. Eran irrecon­ciliables, lo que resultaba por demás lamentable. Pero al fin y al cabo, ellos sabían mejor que na­die la forma en que debían cuidar de su honor. No era una cuestión en la que debieran entrometerse demasiado sus compañeros. En cuanto al origen de la querella, la impresión general era que se remontaba a los tiempos en que ambos estaban de guarnición en Estrasburgo. Al oír esto, el cirujano flautista sacudió la cabeza. El creía posi­tivamente que databa de más larga fecha.
—Pero, por supuesto, usted debe saberlo todo —exclamaron varias voces, ávidas de curiosidad—. ¿Qué fue lo que sucedió?
Lentamente el doctor apartó la vista de su copa.
—Aunque lo supiera todo, no podéis esperar que os lo diga cuando los dos protagonistas del incidente prefieren guardar su secreto.
Se levantó y se marchó, dejando tras sí una honda sensación de misterio. No podía quedarse allí más rato, pues ya se acercaba la hora mágica de su musical sola.
—Es evidente que tiene los labios sellados —observó solemnemente un oficial muy joven cuando se hubo marchado el médico.

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Como vemos, el asunto era por demás serio, y aunque el lector sepa como surgió la historia, no ocurría lo mismo para los compañeros de armas de estos oficiales.
Ojala guste el tema y lo comentemos.
Saludos

jueves, 2 de abril de 2009

LOS DUELOS EN FRANCIA


El siguiente texto es extraído de http://www.esgrima-futuro.com/ y me parece interesante para aprender un poco mas.

A finales del siglo XV- principios del XIV en Francia prevalece la esgrima en forma de duelos, o sea los duelos a fin de defender el honor. Los duelos invadieron a toda Europa, pero fueron más difundidos en Francia. Se conoce un hecho histórico: en 1526 el emperador del Santo imperio romano, Carlos V, dijo que el rey francés Francisco I fue un deshonroso. Para poner en su lugar al insultador el rey lo desafió al duelo. A pesar de que el asunto no tuvo consecuencias, el prestigio de los duelos en Francia había subido desmesuradamente. Precisamente durante el reinado de Francisco I había más duelos que nunca, lo que confirman los registros de Paris, demostrando en el transcurso de varios años que cada segundo duelo terminaba con la muerte de los dos duelistas.
Vladislav Petrov en su obra “El duelo ruso” presenta los siguientes datos: el número total de los duelos en Francia en algunos años alcanzaba 20 mil. Había que poner fin a ello y empezaron a prohibir los duelos. Según los registros el último duelo en Francia tuvo lugar el 10 de julio de 1547 en presencia del rey Henri II. Pero en la realidad esta fecha dio el inicio a los duelos clandestinos. El morir por causa del duelo se respetaba y se valoraba mucho. El pueblo creó la imagen del héroe-duelista valiente, bailando la danza de muerte y muriéndose con el arma en las manos y con la cabeza erguida. En sus novelas Alexander Dumas describe los duelos innumerables entre los mosqueteros del rey y los oficiales de la guardia del cardinal Richelieu, aunque en la época del último estaban prohibidos los duelos. Entre los años 1608 y 1723 fueron aprobados al menos 8 decretos reales prohibiendo los duelos, pero no tenían ningún resultado. En 1837 habían adoptado una medida más severa: se libró el decreto que consideraba al duelo como el intento del homicidio y, consecuentemente, como el crimen punible. Esta medida debería intimidar a los duelistas. Sin embargo, la tradición fue tan respetable que a menudo las sentencias de jueces eran absolutorias

sábado, 14 de marzo de 2009

VIDEOS DE LA PELICULA "LOS DUELISTAS" de Ridley Scott

Aquí les presento unos enlaces con esenas de la película LOS DUELISTAS, de Ridley Scott, filmada en 1977 y cuyos protagonistas son Keith Carradine y Hervey Keitel.
Es una pelicula excelente, espero comentarios, porque las escenas están muy bien logradas

http://www.youtube.com/watch?v=g8nGgvepXCk

http://www.youtube.com/watch?v=SCuuH6sKNbw&feature=related

http://www.youtube.com/watch?v=3VVHSounmrE&feature=related

jueves, 26 de febrero de 2009

LA CONDESA DIANA Y EL DUELO ENTRE SU AMANTE COMINGIES CON MERGY, SU SUCESOR

Según la encuesta, los duelos por una mujer son los que mas gustan. Este pertenece a la misma novela que el relato anterior.

Este enlace, de una escuela de esgrima de España, recreado en la realidad, me hace pensar como debe haber sido este duelo, en este caso fatal, que enfrentó a dos caballeros por el amor de una condesa.

http://www.youtube.com/watch?v=LIsH2Q6ql7E&feature=PlayList&p=0F53E5002D2FE727&index=0

Mergy es un caballero hugonote, quien llega a París y se encuentra con su hermano, convertido al catolicismo, todo esto en medio de la guerra entre católicos y protestantes.En París conoce a Diana, condesa de Turgis. Tanto Mergy como Diana simpatizan a primera vista, pero la condesa tiene en Comminges un amante muy celoso, el cual ya había dado muerte a dos de sus rivales, además de tener fama de excelente duelista.Cierto día, Diana aprovecha y deja caer un guante delante de Mergy para que éste lo levante, pero los nervios le juegan una mala pasada, y hacen que el joven quede quieto sin moverse, situación que aprovechó Comminges para levantar él mismo el guante, empujando a Mergy, provocación más que suficiente para un desafío.Mergy reta a Comminges y se citan en el Pré-aux-Clercs, lugar de París donde con frecuencia se batían a duelo.

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Al llegar a la ribera opuesta advirtieron otra barca que conducía a Comminges y al vizconde de Beville.-¡Hola! -exclamó este último-. ¿Eres tú o tu hermano a quien va a matar Comminges?Y al decir estas palabras abrazó a Jorge, riendo.El capitán y Comminges se saludaron con gravedad.-Caballero -dijo el capitán a Comminges en cuanto pudo desembarazarse de Beville-, creo que es mi deber realizar todavía un esfuerzo, a fin de impedir las consecuencias de una contienda que no está fundada en motivos que atenten realmente al honor. Estoy seguro que Beville unirá sus esfuerzos a los míos.Beville hizo un gesto negativo.-Mi hermano es muy joven -añadió Jorge- y carece de experiencia en la esgrima; por consecuencia, se halla más obligado que otro a mostrarse susceptible. Vos, caballero, tenéis una reputación bien ganada, y vuestro honor en nada desmerecería si reconocierais delante de nosotros que, por una equivocación...Comminges le interrumpió con una carcajada...-¡Es gracioso, querido capitán! ¿Creéis que soy un hombre que abandona al amanecer el lecho, en donde yace con su amada, y atraviesa el Sena para dar excusas a este mozalbete?-Olvidáis, caballero, que se trata de mi hermano, y le despreciáis...-Aunque fuera vuestro padre, ¿qué me importa? Me preocupa muy poco vuestra familia.-Pues, con vuestro permiso, recojo el guante dirigido a mi familia, y, como soy el hermano mayor, seré el primero en batirme con vos, si no os oponéis.-Perdonad, capitán. Estoy obligado, con arreglo a las leyes del duelo, a dar prioridad en el desafío al caballero que me ha provocado. Vuestro hermano tiene un derecho imprescriptible, como dicen en el Palacio de Justicia. Cuando concluya con él estaré a vuestras órdenes.-Es perfectamente justo -exclamó Beville-, y no permitiré que sea de otra manera.Mergy, sorprendido de lo largo del coloquio, se acercó a pasos lentos y llegó en el preciso instante en que su hermano colmaba de injurias a Comminges, llegando a llamarle cobarde, a lo que respondió fríamente:-Después de vuestro hermano me ocuparé de vos.Bernardo agarró a Jorge por el brazo.-¿Es así como me ayudas? -le dijo-. ¿Pretendes que delegue en ti el puesto que me corresponde?... Caballero -dijo, volviéndose hacia Comminges-, estoy a vuestras órdenes. Podemos empezar cuando gustéis.-En seguida -respondió el espadachín.-¡Admirable contestación! -dijo Beville, estrechando la mano de Mergy-. Si no tenemos el sentimiento de enterrarte en este campo, irás muy lejos, muchacho.Comminges se quitó el justillo y desabrochó las cintas de sus zapatos para demostrar que tenía el propósito de no retroceder ni un paso. Era una moda al uso de los duelistas profesionales. Mergy y Beville le imitaron; sólo el capitán permaneció sin quitarse ni la capa.-¿Qué haces, querido Jorge? ¿No sabes que tienes que batirte conmigo? -dijo Beville-. Ni tú ni yo somos de esos que, cruzados de brazos, dejan a sus amigos que combatan. Nosotros practicamos la costumbre de Andalucía[1].El capitán se encogió de hombros.-¿Pero supones que estoy de broma? Te juro por mi vida que tenemos que batirnos. ¡Que me lleve el diablo si no lo consigo!-Eres loco o tonto -dijo Jorge con frialdad.-¡Pardiez! Me darás cuenta de esas palabras, si no quieres obligarme a...Y llevó la mano a la espada, todavía en la vaina, en actitud airada y agresiva.-¿Lo quieres? -dijo el capitán-. Sea...Comminges, con una elegancia especial, desenvainó rápido la espada y arrojó a veinte pasos de distancia la vaina y el tahalí; Beville quiso imitarle; pero su arma se resistía a salir al llegar a la mitad de la hoja, lo que juzgó como una desventura y un presagio. Los dos hermanos desenvainaron también las espadas, aunque menos aparatosamente; también arrojaron las vainas que habrían podido estorbarles. Cada uno se colocó delante de su adversario con la espada desnuda en la mano derecha y la daga en la izquierda. Los cuatro hierros se cruzaron al mismo tiempo.Jorge, por cierta maniobra de esgrima que los maestros italianos llamaban entonces liscio di spada a cavare alla vita[2], y que consiste simultáneamente en oponer la fuerza a la habilidad, dominó a su adversario, el cual tuvo que soltar su espada, encontrándose en el pecho con la punta de la de su enemigo.Pero Jorge de Mergy bajó el arma.-Tienes menos fuerza que yo -dijo-; cesemos el combate... No esperes a que me encolerice.Beville se había puesto pálido al ver la espada del capitán que le rozaba el pecho. Algo confuso le tendió la mano, y los dos, después de arrojar sus armas a tierra, se volvieron impacientes para contemplar el combate de los importantes actores de esta escena.Mergy conservaba su sangre fría, dando muestras de bravura. Era ducho en la esgrima y tenía una fuerza corporal superior a la de Comminges, que, además, parecía resentido de las fatigas de la noche anterior. Durante algún tiempo se concretó tan sólo nuestro héroe a parar con una prudencia extrema, que olvidaba únicamente al avanzar Comminges; Bernardo, con gran vista, presentaba siempre a su enemigo la punta de su espada, y mientras se cubría el pecho con la daga. Esta resistencia inesperada irritó a Comminges. Se le vio palidecer; pero en un hombre valiente la palidez no indica sino un exceso de ira... Con gran furor y pericia redobló sus ataques... En uno nuevo batió con suma destreza la espada de Mergy, y se lanzó a fondo sobre su enemigo, el cual necesariamente hubiera perecido sin una circunstancia imprevista, casi milagrosa. La punta del acero tropezó con el pulido amuleto, y el arma resbaló, tomando una dirección oblicua, y, en vez de entrar en los pulmones, no atravesó más que la piel, y siguiendo una dirección paralela a la quinta costilla, fue a salir a pocos centímetros de la primera herida. Y antes de que Comminges pudiese poner de nuevo su espada en guardia, Mergy le hirió en la cabeza con la daga tan violentamente, que perdió el equilibrio y cayó a tierra. Comminges vino al suelo simultáneamente y los dos padrinos les creyeron muertos.Bernardo se levantó en seguida, y su primer impulso fue recoger su espada, que se le había escapado en la caída... Comminges no se movía... Beville acudió en su socorro y le encontró con el rostro todo cubierto de sangre. Al atajarla vio que la daga había penetrado en un ojo y que su amigo murió instantáneamente, pues que el hierro le debió llegar hasta el cerebro.Mergy contempló el cadáver, un poco turbado.-Estás herido, Bernardo -dijo el capitán, yendo a su socorro.-¿Herido?Y advirtió entonces por primera vez que su camisa estaba ensangrentada.-No es nada -dijo el capitán-. La estocada ha resbalado.Y restañó la sangre con un pañuelo, pidiendo también el de Beville para acabar la cura. Beville dejó caer en la hierba el cuerpo del espadachín y entregó su pañuelo en el acto, así como el de Comminges, recogido del justillo.-¡Pardiez, amigo! ¡Vaya un golpe! ¡Por mi vida! ¿Qué van a hacer los «refinados» de París si de provincias empiezan a venir muchos jóvenes de vuestra fortaleza? Decidme: ¿Cuántos duelos habéis tenido ya?-Éste es el primero -respondió Mergy-. Pero, en nombre de Dios, id a socorrer a vuestro amigo.-Tal como le habéis dejado, no tiene necesidad de socorros; la daga ha entrado hasta el cerebro, y el golpe ha sido tan bueno y con tal fuerza descargado, que... Mirad su ceja y su mejilla; la cazoleta de la daga ha quedado marcada como un sello en la cera.Mergy sintió un gran temblor en todos sus miembros, y gruesas lágrimas empezaron a correr por sus mejillas.Beville recogió la daga y empezó a observar con gran atención la sangre que llenaba las estrías.-He aquí un instrumento -dijo- a quien el hermano menor de Comminges deberá algo importante. Esta hermosa daga le hace heredero de una soberbia fortuna.-Vámonos... ¡Llevadme de aquí! -dijo Mergy con voz emocionada, agarrándose al brazo de Jorge.-No te aflijas tanto -contestó, mientras le ayudaba a ponerse de nuevo el justillo-. Después de todo, el hombre que ha muerto no era digno de que se le llore.-¡Pobre Comminges! -exclamó Mergy-. ¡Y decir que te ha matado un hombre que se bate por vez primera, a ti que contabas cerca de cien desafíos! ¡Pobre Comminges!Tal fue el fin de su oración fúnebre.Al echar una última mirada sobre su amigo, Beville advirtió el reloj del difunto, suspendido sobre el cuello, según la moda de entonces.-¡Pardiez! -exclamó-. Ya no tienes necesidad de saber la hora.Y recogiendo el reloj se lo metió en el bolsillo mientras hacía observar que el hermano de Comminges iba a ser suficientemente rico y que él quería conservar un recuerdo de su amigo.Y como viera alejarse a los dos hermanos, exclamó mientras se ponía el justillo con mucha prisa:-¡Aguardadme! ¡Eh, caballero de Mergy! ¡Que os olvidáis de vuestra daga! Al menos, no dejarla perder.Y limpiando la hoja con la camisa del muerto, corrió a reunirse con el joven duelista.-Consolaos, querido -le dijo cuando entraban en la lancha-. No pongáis esa cara afligida. Creedme. En vez de esas lamentaciones, id hoy mismo a casa de vuestra amada y dedicaros a una tarea que, dentro de nueve meses, proporcione a la república un ciudadano, que será compensación ante vuestra conciencia del que acabáis de matar. De todas maneras, el mundo poco habrá perdido con lo que habéis hecho... Vamos, barquero, rema como si fueses a ganar por ello una buena propina... Mirad esos hombres con alabardas que avanzan hacia nosotros... Son los alguaciles que regresan de la torre de Nesle, y no nos conviene encontrarnos con ellos.
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Que sea de su agrado y espero comentarios.[1] Este supuesto de Mérimée me parece arbitrario, pues los desafíos en España fueron individuales hasta el siglo XIX, en que empezó la costumbre del duelo con testigos pasivos.-N. del T.[2] Batir el hierro, y directo al cuerpo. Tal es la frase con que se designa en la actualidad el golpe por los maestros españoles.-N. del T.



domingo, 8 de febrero de 2009

VANDREUIL SE BATE CON RHEINCY


Como vemos en la encuesta, ganan los duelos por causa de una mujer, como en este caso, de la novela Crónica el Reinado de Carlos I.

Dos hermanos, Bernardo y Jorge de Mergy, protestante el primero, y católico el segundo, en el contexto de la guerra civil en Francia, se encuentran después de mucho tiempo. Junto con un grupo de amigos de Jorge, concurren a una taberna donde de pronto surge una disputa entre dos del grupo. La causa es una mujer, y ahí se da la escena que sigue:
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La conversación se hizo cada vez más bulliciosa y Mergy se aprovechó del tumulto para hablar con su hermano, sin prestar atención a lo que pasaba a su alrededor. Pero al segundo plato les sacó de su aparte el rumor de una violenta disputa que acababa de estallar entre dos comensales.-¡Eso es falso! -gritaba el caballero de Rheincy.-¿Falso? -dijo Vandreuil.Y su rostro, que era de natural pálido, se puso como el de un cadáver.-Es la más virtuosa, la más santa de las mujeres -prosiguió el caballero.Vandreuil sonrió con amargura, encogiéndose de hombros. Todas las miradas estaban fijas en los autores de esta escena, y cada uno parecía querer esperar, en una neutralidad silenciosa, el resultado de la disputa.-¿De qué se trata, caballeros? ¿A qué viene ese alboroto? -preguntó el capitán, deseoso, según su costumbre, de oponerse a cualquier atentado contra la buena armonía.-Nuestro amigo Rheincy -respondió tranquilamente Beville- pretende que la señora de Sillery, de la cual se halla enamorado, es muy virtuosa, mientras que el barón afirma que es una cualquiera.Una carcajada general, que estalló al oír tales palabras, aumentó el furor de Rheincy, que miraba con los ojos inflamados de rabia a Vandreuil y Beville.-Puedo mostrar una carta -dijo el barón.-Te desafío a que lo hagas -gritó el caballero.-¡Bien! -dijo Vandreuil, con tono burlón y desdeñoso-. Voy a leer una de sus cartas a estos caballeros. Quizá conozcan su letra tan bien como yo, pues no tengo la pretensión de creerme el único hombre agraciado por sus billetitos y sus encantos. He aquí una carta que hoy mismo me ha enviado ella.Y empezó a escudriñar en sus bolsillos a la rebusca del billete.-¡Mientes! ¡Mientes!La mesa era muy ancha para que la mano del barón pudiera alcanzar a su contrario, que se hallaba enfrente de él.-¡Te haré pagar muy caro ese insulto! -gritó.Y, acompañando la acción a la palabra, le arrojó una botella a la cabeza. Rheincy pudo eludir el golpe, y, derribando la silla en su precipitación, corrió a descolgar su espada de la pared.Todos se levantaron; unos, para intervenir en la quimera, y la mayor parte, por la precaución de no estar muy cerca.-¡Deteneos! ¿Estáis locos? -exclamó Jorge, colocándose delante del barón, por tenerle más próximo-. ¿Se van a batir dos buenos amigos por una despreciable mujerzuela?-Una botella arrojada a la cabeza equivale a un bofetón -decía fríamente Beville-. ¡Vamos, caballeros! ¡A desenvainar las tizonas!-¡Hacer plaza! ¡Hacer plaza! ¡Y a pelear con limpieza! -gritaron casi todos los jóvenes.-¡Hala, Juanito!... Cierra la puerta -dijo indolentemente el hostelero, acostumbrado a presenciar escenas semejantes-. Si los arcabuceros del rey pasasen en este momento, interrumpirían a esos caballeros, y perjudicarían mi casa.-¿Pero vais a batiros en un comedor de hostería como si fuerais soldados borrachos? -prosiguió Jorge, deseoso de ganar tiempo-. Esperad al menos a mañana.-¿Hasta mañana?... Pues bien, sea -dijo Rheincy.E hizo ademán de envainar la espada.-¿Hay miedo, caballerito? -contestó Vandreuil.Rápido Rheincy, separando a cuantos obstruían su ataque, se lanzó sobre su enemigo. Los dos se acometieron con grande ímpetu; pero Vandreuil había tenido tiempo de arrollarse una servilleta al brazo izquierdo y se valía de ella, con mucha habilidad, para evitar los golpes de filo, mientras que Rheincy, el cual había olvidado tal precaución, se encontraba en situación desigual, y fue ligeramente herido en los primeros asaltos. Sin embargo, no dejaba de pelear con gran valentía. Llamó a sus lacayos y les pidió que le trajesen su daga; pero Beville los detuvo, manifestando que como Vandreuil carecía de ese arma, su adversario no podía, pues, usarla noblemente. Algunos amigos de Rheincy protestaron contra ello; cambiáronse palabras fuertes, y es seguro que el duelo habría concluido con un combate general si Vandrauil no se desembarazase a escape de su adversario, hiriéndole en el pecho con una estocada hábil y peligrosa. En el acto colocó un pie sobre la espada de Rheincy, para impedirle que la recogiera, y levantó la suya, con objeto de dar el golpe de gracia mortal, pues las costumbres de los desafíos permitían en aquel entonces atrocidad tan cobarde.-¡Herir a un enemigo desarmado! -exclamó Jorge.Y arrancó la espada al barón.La herida del caballero no era mortal; pero ya iba perdiendo mucha sangre. Se fue atajándola, lo mejor que se pudo, con las servilletas, mientras que el herido, con una risa forzada, decía entre dientes que el asunto no había terminado.