miércoles, 19 de mayo de 2010

LA HIJA DEL CAPITAN. Parte 6


No hubo duelo, pero la historia no termina acá. Además, todo duelo, mas que el combate en sí, tiene el mayor atractivo en los entretelones del asunto, como está ocurriendo aquí.



Iván Kusmich no sabía que decir. María Ivánovna estaba increíblemente pálida. Poco a poco fue calmándose la tempestad; la mujer del comandante se apaciguó y, finalmente, nos obligó a darnos un abrazo.

Palashka nos devolvió las espadas y salimos de la casa aparentemente reconciliados. Iván Ignátich nos acompañó.

- ¿No le da vergüenza – le dije irritado – habernos denunciado al comandante después de prometernos que no lo haría?

- Le juro por Dios que no he dicho nada a Iván Kusmich – contestó -. Fue Vasilia Yegórovna quien me lo sonsacó; ella fue quien dispuso todo, sin que el comandante se enterase… Pero, en fin, ya ha terminado todo.

Dicho esto se volvió a su casa. Shvabrin y yo nos quedamos solos.

- Lo nuestro no puede acabar así – le dije.

- Naturalmente – contestó -. Tendrá que responder con su sangre de su insolencia; pero como probablemente seguirán vigilándonos, tendremos que fingir durante algunos días. ¡Hasta la vista!

Y nos separamos como si nada hubiese pasado.

Cuando volví a casa del comandante me senté, como de costumbre, al lado de María Ivánovna. Iván Kusmich no estaba y Vasilia Yegórovna andaba ocupada en los quehaceres de la casa. Empezamos a hablar a media voz, y, con ternura, María me confesó la inquietud que le había causado mi disputa con Shvabrin.

- Pensé que me moría – dijo – cuando nos comunicaron que pensaban ustedes batirse a espada. ¡Qué extraños son los hombres! Por una palabra, que probablemente olvidarán pasados unos días, están dispuestos a matarse, sacrificando no sólo su vida, sino desgraciadamente también la felicidad de aquellos que… Pero estoy segura de que el que provocó la disputa no fue usted. Probablemente el culpable es Aléxei.

- ¿Y por qué cree usted eso, María Ivánovna?

- Pues… porque es muy burlón. No le tengo ninguna simpatía a ese Aléxei Ivánich. Me desagrada muchísimo; y, mire que cosa tan rara: por nada del mundo desearía serle tan desagradable como él lo es para mí. Estaría muy preocupada.

- ¿Y que cree usted, María Ivánovna? ¿Le gusta usted a Shvabrin, o no?

María Ivánovna tartamudeó, y dijo al tiempo que se ruborizaba:

- Me parece…, bueno…, creo que le gusto.

-¿Por qué lo cree?

- Porque me pidió la mano.

- ¡La mano! ¿La pidió en matrimonio? ¿Cuándo?

- El año pasado, unos dos meses antes de que usted llegase.

- ¿Y usted no accedió?

- Ya lo ve usted. No cabe duda de que Aléxei Ivánich es hombre inteligente, de buena familia y que tiene fortuna; pero solo pensar que después de la boda tendría que besarlo delante de todos… ¡Por nada del mundo! ¡Antes prefiero morir!

5 comentarios:

AKASHA B. dijo...

que entrañable resulta María, y al mismo tiempo qué ingenua... "tener que besarlo delante de todos..." jeje
Por supuesto que los duelos resultaban estrafalarios para las damas de aquella época, que no entendían cómo el honor mancillado podía estar por encima de cualquier otro interés, incluso la propia vida... en fin, ahí radicaba su "encanto".
Cordiales saludos

Ada dijo...

También me parece interesante tu blog, me gusta el tema, lo leeré (en cuanto tenga algo de tiempo), muchas gracias por la visita y espero que no te cueste mucho entenderme ;-)
Un saludo!

Ada dijo...

Ya lo leí, muy buena la historia! Qué romántico era todo entonces... a la mínima ofensa se lanzaban un guante y ya había duelo de honor!!

Lady Darcy dijo...

Buen día monsieur,
El ansiado duelo se está haciendo esperar, me parece bien, así le dá más emoción al asunto ;)

saludos.

Dubois dijo...

Pero llegará!!! Paciencia que ya llega!!