domingo, 6 de junio de 2010

LA HIJA DEL CAPITAN. Parte 8



Hasta la entrada anterior era el capitulo IV "El Duelo", pero ya a partir de ahora pasa a ser el capítulo V "El Amor", donde pondremos fin a la historia que venimos contando sobre esta novela interesantisima de Pushkin.
La intención es mostrar todo lo que envuelve a un duelo, que es mucho más interesante que el combate en sí.

Al recobrar el sentido no pude, durante algún tiempo, recordar lo sucedido. Estaba tendido en una cama, en una habitación desconocida, y sentía una gran debilidad. A mi lado se hallaba Savélich vela en mano, y alguien deshacía cuidadosamente el vendaje que ceñía mi pecho y mi hombro. Poco a poco se me aclararon las ideas y me acordé del duelo y comprendí que estaba herido. En aquel instante rechinó la puerta y una voz como un susurro, que al oírla me hizo estremecer, inquirió:

- ¿Qué? ¿Cómo sigue?

- Igual – respondió Savélich dando un suspiro -; lleva cinco días sin recobrar el conocimiento.

Quise darme una vuelta en la cama, pero no pude.

- ¿Dónde estoy? ¿Quién hay aquí? – pregunté, haciendo un esfuerzo.

María Ivánovna se acercó al lecho e inclinándose hacia mí, dijo:

- ¿Cómo se siente?

- Doy gracias a Dios – contesté con voz débil - ; ¿Es usted, María Ivánovna? Dígame… - no pude seguir, y callé.

Savélich, aliviado, volvió a suspirar. La alegría se reflejaba en su rostro.

- ¡Ha vuelto en sí! ¡Ha vuelto en sí! – repetía -. ¡Gracias a ti, Señor de los cielos! ¡Ay, Piotr Andréyevich, qué susto me has dado! ¿Te sientes bien? ¡Se dice pronto, cinco días!...

María Ivánovna interrumpió sus exclamaciones diciendo:

- No le hables mucho, Savélich; todavía está muy débil.

Y, saliendo despacito, cerró con cuidado la puerta.

Mis pensamientos comenzaron a agitarse. Resultaba, pues, que estaba en la casa del comandante y que me cuidaba María Ivánovna. Quise hacerle a Savélich algunas preguntas, pero el viejo meneó rápidamente la cabeza y se tapó los oídos. Cerré despechado los ojos y pronto reanudé el sueño.

Cuando desperté llamé a Savélich y, en lugar suyo, vi ante mí a María Ivánovna, que me saludaba con su voz angelical. Imposible describir la dulce emoción que me embargó en ese instante. Cogí su mano, la estreché contra mí y, enternecido, la cubrí de lágrimas. Masha no la retiró…, y, de repente, aplicó los labios a mi mejilla y sentí un beso ardiente y puro. Una oleada de fuego recorrió mi cuerpo.

- ¡Amor mío! ¡María adorada! – exclamé -. ¡Se mi esposa! ¡Hazme feliz!

- Cálmese, por amor de Dios; todavía corre peligro…, puede abrírsele la herida. Cuídese, aunque sólo sea por mí.

Dicho esto se retiró, dejándome extasiado.

La dicha me hizo revivir. ¡Será mía! ¡Me ama! Este pensamiento llenaba todo mi ser.

5 comentarios:

AKASHA BOWMAN. dijo...

Me apena que esté llegando a su fin este interesante relato...

¡Qué grato para nuestro caballero verse de pronto correspondido por su amada! ¿O serán aún los delirios de las fiebres...?

Saludos caballero

Dubois dijo...

Gracias Akasha, ya ha llegado a su fin, lo que sigue es ya parte de la novela. Empezaré en breve con otra historia.
Un saludo Mme

Madame Minuet dijo...

Monsieur, la cosa se ha puesto romantica. Y es que no podia faltar esa parte, claro está, para completar el romanticismo del duelo.

Feliz tarde, monsieur

Bisous

Lady Darcy dijo...

Hermoso capítulo, mi vena romántica necesitaba una escena como la que ha narrado, el calor del beso de la mujer amada, seguro será suficiente para sanarle.
saludos Monsieur.

Te amo, espíritu mío dijo...

Me fascina.