domingo, 31 de enero de 2010

LA CELEBRACIÓN DEL DUELO. EL DUELO COMO RITUAL: PROCEDIMIENTO y ETIQUETA


Como pundonor de la filosofía de una clase dominante, el duelo se convino en un ritual; componía el credo conés de «toujours la politesse»; los caballeros duelistas debían estar dispuestos a luchar, pero con decoro y dignidad; tener en cuenta la opinión pública, además de los buenos modales. Los preliminares del duelo, su desarrollo y conclusión debían forzosamente revestir la apariencia de «honorabilidad».

Cabriñana señala que el duelo no podía coexistir con ninguna circunstancia legal el que acude a los tribunales con una denuncia sobre una ofensa, ya no puede pedir reparación por las armas.

Por lo general, cuando un caballero se sentía ofendido por las acciones o palabras de otro, disponía de un breve plazo de tiempo para encontrar y enviar a sus padrinos al ofensor. Los códigos de honor eran muy minuciosos al abordar el importante papel de los Padrinos como conciliadores, y sobre las facultades de que gozaban para exigir y conceder explicaciones, excusas o reparación por las armas. Acabó siendo una frase hecha el decir que un hombre «se ponía en manos de su padrino» o «confiaba su honor a su padrino», pues confiaba ciegamente en las decisiones de sus representantes. El ofensor disponía de un breve lapso de tiempo para encontrar padrinos que le representaran. Desde el momento en que los padrinos aceptaban su cometido, los adversarios no podían comunicarse entre sí más que por conducto de los mismos, y debían abstenerse de toda nueva provocación. Los padrinos habían de buscar inicialmente una solución pacífica, solicitando al ofensor que proporcionara excusas y explicaciones, que se retractara de su ofensa mediante un reconocimiento público que reparara el honor dañado.

Si no se lograba una respuesta satisfactoria que salvara el honor, tanto del ofensor como del ofendido, y llegados al terreno del desafío, los padrinos se daban un plazo de pocas horas para regular y ultimar los términos del lance. Era preciso levantar Acta del encuentro, en la que debían consignarse: la obra elegida como código de honor para regular las condiciones; un resumen de las circunstancias por las que se acudía al terreno de las armas; designación de ofensor y ofendido; día, hora y sitio señalados para el lance; director del combate; elección del terreno, distancias, sorteo de puestos; elección o sorteo de las pistolas, carga y precauciones a adoptar para no alterar las condiciones de fuerza y precisión de las armas; traje, reconocimiento y posición en guardia de los oponentes; tipo de duelo, lapso de tiempo concedido para hacer fuego, número de disparos, duración de los asaltos y término del combate; médicos y facultades que se les conceden para suspender o terminar el lance según la gravedad de las heridas; disposiciones a adoptar en caso de graves accidentes.

Día, hora y lugar debían guardarse en secreto; como encuentro privado y por su ilegalidad, era necesario evitar la interferencia de las autoridades policiales. Hacerse esperar en el terreno era considerado corno descortesía hacia los padrinos y el adversario; pasado el cuarto de hora desde el instante señalado para el lance, podían retirase los que esperaban y levantar acta del suceso para rehusar un nuevo encuentro y dejar constancia de la indelicadeza o de la cobardía del no compareciente.

Una vez decididos, los combates se llevaban a cabo enseguida; el honor mancillado exigía una pronta limpieza; si la espera se prolongaba, podía haber indicios de que una o ambas partes dudaban. Por su carácter de privacidad e ilegalidad, los duelos solían realizarse al amanecer, sin el peligro de testigos accidentales; se buscaban los lugares recónditos, que se convertían en terrenos frecuentados para los lances.

Cabriñana indica que los duelos a pistola habían de concertarse a la voz de mando o a la señal. También se admitían, aunque fueran infrecuentes por la excesiva gravedad de las cláusulas, los duelos apuntando; a pie firme, con disparos sucesivos; a pie firme disparando a voluntad; marchando, y con marcha interrumpida. Se sorteaba quién debía disparar primero, y el tiempo que debía mediar entre la señal y el disparo; una variante consistía en que los combatientes se pusieran espalda contra espalda, se apartaran el uno del otro caminando, y a una señal se dieran la vuelta y dispararan, en cuyo caso no era probable que pudieran apuntar con tranquilidad y firmeza.

Las distancias legales aceptadas por la mayoría de los autores eran: para los duelos a la señal, de 20 a 28 metros; para los duelos a pie firme con disparos sucesivos, de 12 a 28 metros, y para los duelos marchando, de 28 a 32 metros.

La elección de pistolas debía hacerse de común acuerdo y debían ser revisadas por los padrinos. Por lo general, no debían pertenecer a ninguno de los duelistas, muchas eran compradas para la ocasión, a fin de evitar ventajas en la destreza inherente a manejar un arma conocida. Las pistolas podían ser de cañón liso o rayado, a cargar por la boca o la recámara, y habían de ser cargadas con la misma clase de munición. Se consideraban más humanitarias las de cañón liso; las de ánima rayada acentuaban la fuerza y precisión del disparo. Una vez elegidas, se precintaba la caja hasta la celebración del encuentro. Se consignaba el número de disparos realizar, computándose también los que hicieran al aire, tenidos por peligrosos, pues podían hacer blanco en alguno de los padrinos o en algún postillón de los carruajes utilizados. Como los tiradores eran a menudo inexpertos o estaban sometidos a una enorme tensión, podían errar el tiro fácilmente. Si se buscaba obtener satisfacción, y no venganza, fallar no era tan importante, pero había de existir un elemento de riesgo para que el duelo fuera tomado en serio; disparar al aire podía ser un gesto generoso, pero podía interpretarse como la admisión de una equivocación.

La duración del duelo era decisión de los padrinos, que podían ser contrarios a que continuara tras el primer disparo; en los últimos tiempos un padrino podía «retirar a su hombre del terreno» cuando brotara la sangre.

El traje usual para los duelos a pistola era la levita oscura o negra, sin forros especiales ni algodonados que entorpecieran el paso de los proyectiles. Antes del duelo, los padrinos examinaban la vestimenta de los duelistas. En el momento de colocarse en sus puestos, se aconsejaba a los adversarios que se levantaran el cuello del sobretodo para ocultar el blanco de la camisa, excelente punto de mira para dirigir el disparo. Los combatientes estaban autorizados a permanecer cubiertos durante el combate.

Colocados los duelistas en sus puestos, el juez de campo, dirigiéndose a ellos, podía pronunciar palabras similares a éstas: Señores: ustedes conocen perfectamente las condiciones pactadas a las que han dado su aprobación, y espero que no han de faltar a ellas.

Les entregaré las pistolas y, en cuanto yo se lo ordene, se colocarán en la guardia convenida. Preguntaré por la palabra ¿Listos? Si están ustedes dispuestos y, una vez que ambos me hayan contestado afirmativamente diciéndome ¡Ya!, daré tres palmadas acompañadas de las palabras, Una, Dos, ¡Fuego! No varíen ustedes las pistolas de su posición hasta que se dé la primera palmada y disparen simultáneamente en cuanto oigan la voz de ¡Fuego!

Si uno de los adversarios disparaba antes de lo convenido era considerado un hombre sin fe, y si mataba, se le juzgaba un asesino, descalificándosele para volver a intervenir como adversario o padrino en ningún lance de honor. Si ninguno de los combatientes resultaba herido, el duelo podía continuar, volviendo a cargar las armas, o bien se daba por terminado, según el número de disparos acordados.

Los duelos a pistola podían llegar a concertarse en condiciones sumamente graves. Por ejemplo, el cambio de cuatro balas a quince pasos de distancia disponiendo de un minuto para apuntar era tremendamente arriesgado. Los adversarios debían hacer gala de buen temple o autocontrol para conservar una apariencia tranquila antes del combate, especialmente en las frías horas del amanecer; con las pistolas, los hombres sufrían la tensión nerviosa de estar separados y a solas. El combatiente no sólo tenía que arriesgar su vida, debía hacerlo con serenidad, con aire de ser tan indiferente al peligro como un oficial en la batalla; esta impasibilidad formaba parte de la puesta en escena, de los modales de la clase superior; la «indiferencia» era el sello de la buena educación.

Los duelos no solían realizarse sin la cercanía de algún médico; eran frecuentes las heridas graves, roturas de vasos, venas o arterias, con pérdida de sangre, que podían ocasionar fatales consecuencias. Podía convenirse que los médicos no fueran espectadores, para evitar que se vieran involucrados en cuestiones legales posteriores. Los padrinos no podían solicitar la presencia de un sacerdote, dado que todas las iglesias condenaban el duelo con firmeza.

Al término del combate, adversarios y padrinos debían despedirse con un ademán de cortesía. Del lance se redactaba un acta que reflejara con exactitud todo lo sucedido. Se consideraba reprochable el mantener viva una enemistad. Un hombre que hubiera dado satisfacción no debía responder de su error una vez más, del mismo modo que no podía ser llevado a juicio de nuevo con los mismos cargos. El combate y el riesgo compartido podían producir una especie de catarsis de celos o enemistades. Se conocieron gestos de perdón a las puertas de la muerte, tras ser abatido algún contendiente por una bala. Si el hombre que tenía la razón de su parte resultaba muerto o herido, había hecho un sacrificio por la virtud; si el que caía era el ofensor, había expiado su falta. El sello definitivo de la elegancia era el derecho de los caballeros de matarse unos a otros.

1 comentario:

Diana de Méridor dijo...

Monsieur, hay algo para usted en mi blog. Espero que resulte de su agrado.

Feliz domingo

Bisous