sábado, 27 de febrero de 2010

EN MADRID



No era la hora más apropiada para ir de paseo. Al fondo de la calle Mayor se intuía un rayo de amanecer a través de la ventana del carruaje que la cruzaba. Las piedras aún no habían entrado en calor y el sonido de los cascos de los caballos rebotaba contra las paredes de las casas.
El caballero que viajaba en su interior, aún a pesar de su aire distinguido, se había abandonado en una postura impropia de su linaje.
D. Alvaro Sarmiento no se había acostado aquella noche; había ido al corral de la Cruz y encontrándose allí con sus trasnochadores compañeros, decidieron ir a cenar al bodegón de Maese Pedro en la calle del Lobo. Buen vino había allí...
Entre brindis y risotadas habían dado buena cuenta de comida y bebida. Habían llegado, ya, al momento de los cánticos cuando hizo su entrada en el local D. Carlos de Montemayor.
La apariencia del hombre, en el umbral del portalón, destacaba por encima de todo lo demás, más por tanto trajerio que portaba, que por su enclenque constitución.
Después de algunos minutos observando el gentío, dándose tiempo para acostumbrarse a la oscuridad y habiendo encontrado a quién buscaba, se dirigió a D. Alvaro Sarmiento.
- En pos de vos andaba toda la noche, señor.
- Bienvenido D. Carlos, días hace que os aguardo! Tiempo habréis tenido de amistar hasta con mi sombra...
- Con vuestra sombra y con el escaso honor que tenéis...! Bravo ejemplo de lo que es vuestra familia... los Sarmiento... advenedizos de poca monta que, sabe Dios por qué medios, han conseguido instalarse en la villa y gozar de ciertos privilegios de los que habéis abusado...
D. Carlos había conseguido que el bullicio y los gritos se convirtiesen en murmullos y las miradas de los allí presentes coincidiesen, todas, en la misma mesa.
D. Alvaro con un simple gesto paralizó la intención de sus compañeros de desenvainar la espada...
- No se molesten señores, déjenme a mi, que los Sarmiento tenemos privilegios también para defendernos de tan honorable caballero. Decíais, señor?
- Decía que vuestra familia y vos no sois dignos de respirar el aire que respiramos los demás y si no me he hecho oir lo suficientemente alto, mandaré escribir un bando.
- Muy pomposo os noto. Juraría que tanta palabrería pretende algo.
- Más fácil me lo servís! Invoco la poca hombría que os queda para que acudáis de madrugada a la Huerta de Juan Fernández para batirnos en duelo. Tiempo os doy para que disfrutéis por última vez del aire que respiráis!
Sin dar opción a nada más, D. Carlos, dio media vuelta encaminándose hacia la salida.
Cuando había traspasado la puerta, se oyó desde el interior:
- Los Sarmiento seremos advenedizos, pero gente culta y el tener por afición leer no nos ha dejado tiempo para aprender a manejar la espada. Moriré D. Carlos, pero vos también y en el Infierno os espero para saldar cuentas!
Dicho esto, D. Alvaro sacó unas monedas y las dejo caer encima de un barril.
- Maese Pedro... una ronda para todos los presentes y les ruego brinden por D. Carlos de Montemayor su hermosa esposa y demás!
Sin dar tiempo a réplica abandonó la bodega, subió al carruaje que le esperaba a la puerta y ordenó al criado que lo pasease por la ciudad hasta el amanecer.
D. Alvaro Sarmiento se incorporó en el asiento de terciopelo y se asomó a una de las ventanillas. Su mirada era de despedida; calle del Sacramento, del Codo, del Príncipe... Estaba seguro de que no volvería a pasar por allí. Si sentía algo de nostalgia era porque intuía un futuro brillante para aquel puñado de casas que era Madrid y él se lo perdería.
También se perdería poder despedirse de la esposa de Carlos de Montemayor, aunque se llevaba con él agradables recuerdos de las noches en las que había sustituido al ocupado marido absorto en sus deberes reales.
Porque esa era la verdadera razón de que le hubiese retado. No había tenido la valentía de proclamarlo en alto pero, en una noche de prisas, había olvidado su anillo, con sus iniciales, en la alcoba de la dama y a la que había despertado su esposo con un fuerte manotazo del revés dejándole marcada en la cara las letras y escudo de la prueba del deshonor.
La Sra. de Montemayor había conseguido enviarle una misiva por un criado avisándole de tal circunstancia para que pusiese tierra de por medio, pero él había decidido no ir a ninguna parte, demasiados vicios tenía para olvidarlos.
Suponiendo, y con buen criterio, que el marido ofendido le retaría, (como así fue), a un duelo de espada, comenzó a tramar su venganza. Todo estaba sucediendo según lo previsto.
Entre cavilaciones, pero sin dudar, vio como se acercaban al paraje. Aún no había llegado nadie.
Bajó del carruaje y respiró hondo. La madrugada era fría. De su boca salió un halo de humo y ordenó al criado que regresara.
- Cuando den doce campanadas en la iglesia de San Nicolás pasa por aquí. Te ruego discreción, ahora y cuando vuelvas. ¡Confío en ti!
Lo dijo con tal autoridad que el criado no oso rechistar.
Al cabo de un tiempo llegó otro carruaje del que se bajó D. Carlos de Montemayor. Viendo que su oponente estaba solo, hizo lo propio con su carruaje y éste abandono el lugar.
Los dos caballeros se iban aproximando. Cuando estaban a cinco pasos, sin mediar palabra, D. Carlos metió mano a la espada y él le imito.
El sonido de las espadas era desigual como lo eran las caras de los dos rivales; en la de D. Carlos se reflejaba la ira y los deseos de venganza, en la de D. Alvaro, ausencia...
Como estaba previsto, de una estocada certera y casi provocada, D. Alvaro cayó al suelo malherido. Con medio rostro tocando tierra y encogido por el dolor tan agudo que sentía en el pecho, veía la silueta de su verdugo dibujada en el cielo y dándose cuenta de las escasas fuerzas que le restaban dijo:
- Moriréis como un rey, jajajajaja...
- No es mala muerte para mi, pero vos, vais a morir ahora como un villano que es lo que merecéis.
Y desapareció entre la maleza.
D. Alvaro Sarmiento sin ánimo para responder y esperando el momento de perder la consciencia recordó cómo, dándose una vuelta por el mentidero del Alcázar, se había enterado de que Carlos de Montemayor, tenía una amante en palacio de la que estaba encaprichado (esos eran sus deberes reales hasta altas horas). Cómo había, él, recorrido todas las casas de mancebía, desde la afamada La Solera hasta las de mala muerte, las de la Plaza del Alamillo o las de la calle Primavera y estar seguro de haber contraído aquella enfermedad contagiosa sin cura (sífilis decían que se llamaba). Y cómo, si sus cálculos no fallaban, se la había dejado en prenda a la citada amante palaciega como correo de excepción para D. Carlos y así pudiese acudir, dentro de un tiempo, no demasiado lejano, a su cita en el Infierno.

domingo, 31 de enero de 2010

LA CELEBRACIÓN DEL DUELO. EL DUELO COMO RITUAL: PROCEDIMIENTO y ETIQUETA


Como pundonor de la filosofía de una clase dominante, el duelo se convino en un ritual; componía el credo conés de «toujours la politesse»; los caballeros duelistas debían estar dispuestos a luchar, pero con decoro y dignidad; tener en cuenta la opinión pública, además de los buenos modales. Los preliminares del duelo, su desarrollo y conclusión debían forzosamente revestir la apariencia de «honorabilidad».

Cabriñana señala que el duelo no podía coexistir con ninguna circunstancia legal el que acude a los tribunales con una denuncia sobre una ofensa, ya no puede pedir reparación por las armas.

Por lo general, cuando un caballero se sentía ofendido por las acciones o palabras de otro, disponía de un breve plazo de tiempo para encontrar y enviar a sus padrinos al ofensor. Los códigos de honor eran muy minuciosos al abordar el importante papel de los Padrinos como conciliadores, y sobre las facultades de que gozaban para exigir y conceder explicaciones, excusas o reparación por las armas. Acabó siendo una frase hecha el decir que un hombre «se ponía en manos de su padrino» o «confiaba su honor a su padrino», pues confiaba ciegamente en las decisiones de sus representantes. El ofensor disponía de un breve lapso de tiempo para encontrar padrinos que le representaran. Desde el momento en que los padrinos aceptaban su cometido, los adversarios no podían comunicarse entre sí más que por conducto de los mismos, y debían abstenerse de toda nueva provocación. Los padrinos habían de buscar inicialmente una solución pacífica, solicitando al ofensor que proporcionara excusas y explicaciones, que se retractara de su ofensa mediante un reconocimiento público que reparara el honor dañado.

Si no se lograba una respuesta satisfactoria que salvara el honor, tanto del ofensor como del ofendido, y llegados al terreno del desafío, los padrinos se daban un plazo de pocas horas para regular y ultimar los términos del lance. Era preciso levantar Acta del encuentro, en la que debían consignarse: la obra elegida como código de honor para regular las condiciones; un resumen de las circunstancias por las que se acudía al terreno de las armas; designación de ofensor y ofendido; día, hora y sitio señalados para el lance; director del combate; elección del terreno, distancias, sorteo de puestos; elección o sorteo de las pistolas, carga y precauciones a adoptar para no alterar las condiciones de fuerza y precisión de las armas; traje, reconocimiento y posición en guardia de los oponentes; tipo de duelo, lapso de tiempo concedido para hacer fuego, número de disparos, duración de los asaltos y término del combate; médicos y facultades que se les conceden para suspender o terminar el lance según la gravedad de las heridas; disposiciones a adoptar en caso de graves accidentes.

Día, hora y lugar debían guardarse en secreto; como encuentro privado y por su ilegalidad, era necesario evitar la interferencia de las autoridades policiales. Hacerse esperar en el terreno era considerado corno descortesía hacia los padrinos y el adversario; pasado el cuarto de hora desde el instante señalado para el lance, podían retirase los que esperaban y levantar acta del suceso para rehusar un nuevo encuentro y dejar constancia de la indelicadeza o de la cobardía del no compareciente.

Una vez decididos, los combates se llevaban a cabo enseguida; el honor mancillado exigía una pronta limpieza; si la espera se prolongaba, podía haber indicios de que una o ambas partes dudaban. Por su carácter de privacidad e ilegalidad, los duelos solían realizarse al amanecer, sin el peligro de testigos accidentales; se buscaban los lugares recónditos, que se convertían en terrenos frecuentados para los lances.

Cabriñana indica que los duelos a pistola habían de concertarse a la voz de mando o a la señal. También se admitían, aunque fueran infrecuentes por la excesiva gravedad de las cláusulas, los duelos apuntando; a pie firme, con disparos sucesivos; a pie firme disparando a voluntad; marchando, y con marcha interrumpida. Se sorteaba quién debía disparar primero, y el tiempo que debía mediar entre la señal y el disparo; una variante consistía en que los combatientes se pusieran espalda contra espalda, se apartaran el uno del otro caminando, y a una señal se dieran la vuelta y dispararan, en cuyo caso no era probable que pudieran apuntar con tranquilidad y firmeza.

Las distancias legales aceptadas por la mayoría de los autores eran: para los duelos a la señal, de 20 a 28 metros; para los duelos a pie firme con disparos sucesivos, de 12 a 28 metros, y para los duelos marchando, de 28 a 32 metros.

La elección de pistolas debía hacerse de común acuerdo y debían ser revisadas por los padrinos. Por lo general, no debían pertenecer a ninguno de los duelistas, muchas eran compradas para la ocasión, a fin de evitar ventajas en la destreza inherente a manejar un arma conocida. Las pistolas podían ser de cañón liso o rayado, a cargar por la boca o la recámara, y habían de ser cargadas con la misma clase de munición. Se consideraban más humanitarias las de cañón liso; las de ánima rayada acentuaban la fuerza y precisión del disparo. Una vez elegidas, se precintaba la caja hasta la celebración del encuentro. Se consignaba el número de disparos realizar, computándose también los que hicieran al aire, tenidos por peligrosos, pues podían hacer blanco en alguno de los padrinos o en algún postillón de los carruajes utilizados. Como los tiradores eran a menudo inexpertos o estaban sometidos a una enorme tensión, podían errar el tiro fácilmente. Si se buscaba obtener satisfacción, y no venganza, fallar no era tan importante, pero había de existir un elemento de riesgo para que el duelo fuera tomado en serio; disparar al aire podía ser un gesto generoso, pero podía interpretarse como la admisión de una equivocación.

La duración del duelo era decisión de los padrinos, que podían ser contrarios a que continuara tras el primer disparo; en los últimos tiempos un padrino podía «retirar a su hombre del terreno» cuando brotara la sangre.

El traje usual para los duelos a pistola era la levita oscura o negra, sin forros especiales ni algodonados que entorpecieran el paso de los proyectiles. Antes del duelo, los padrinos examinaban la vestimenta de los duelistas. En el momento de colocarse en sus puestos, se aconsejaba a los adversarios que se levantaran el cuello del sobretodo para ocultar el blanco de la camisa, excelente punto de mira para dirigir el disparo. Los combatientes estaban autorizados a permanecer cubiertos durante el combate.

Colocados los duelistas en sus puestos, el juez de campo, dirigiéndose a ellos, podía pronunciar palabras similares a éstas: Señores: ustedes conocen perfectamente las condiciones pactadas a las que han dado su aprobación, y espero que no han de faltar a ellas.

Les entregaré las pistolas y, en cuanto yo se lo ordene, se colocarán en la guardia convenida. Preguntaré por la palabra ¿Listos? Si están ustedes dispuestos y, una vez que ambos me hayan contestado afirmativamente diciéndome ¡Ya!, daré tres palmadas acompañadas de las palabras, Una, Dos, ¡Fuego! No varíen ustedes las pistolas de su posición hasta que se dé la primera palmada y disparen simultáneamente en cuanto oigan la voz de ¡Fuego!

Si uno de los adversarios disparaba antes de lo convenido era considerado un hombre sin fe, y si mataba, se le juzgaba un asesino, descalificándosele para volver a intervenir como adversario o padrino en ningún lance de honor. Si ninguno de los combatientes resultaba herido, el duelo podía continuar, volviendo a cargar las armas, o bien se daba por terminado, según el número de disparos acordados.

Los duelos a pistola podían llegar a concertarse en condiciones sumamente graves. Por ejemplo, el cambio de cuatro balas a quince pasos de distancia disponiendo de un minuto para apuntar era tremendamente arriesgado. Los adversarios debían hacer gala de buen temple o autocontrol para conservar una apariencia tranquila antes del combate, especialmente en las frías horas del amanecer; con las pistolas, los hombres sufrían la tensión nerviosa de estar separados y a solas. El combatiente no sólo tenía que arriesgar su vida, debía hacerlo con serenidad, con aire de ser tan indiferente al peligro como un oficial en la batalla; esta impasibilidad formaba parte de la puesta en escena, de los modales de la clase superior; la «indiferencia» era el sello de la buena educación.

Los duelos no solían realizarse sin la cercanía de algún médico; eran frecuentes las heridas graves, roturas de vasos, venas o arterias, con pérdida de sangre, que podían ocasionar fatales consecuencias. Podía convenirse que los médicos no fueran espectadores, para evitar que se vieran involucrados en cuestiones legales posteriores. Los padrinos no podían solicitar la presencia de un sacerdote, dado que todas las iglesias condenaban el duelo con firmeza.

Al término del combate, adversarios y padrinos debían despedirse con un ademán de cortesía. Del lance se redactaba un acta que reflejara con exactitud todo lo sucedido. Se consideraba reprochable el mantener viva una enemistad. Un hombre que hubiera dado satisfacción no debía responder de su error una vez más, del mismo modo que no podía ser llevado a juicio de nuevo con los mismos cargos. El combate y el riesgo compartido podían producir una especie de catarsis de celos o enemistades. Se conocieron gestos de perdón a las puertas de la muerte, tras ser abatido algún contendiente por una bala. Si el hombre que tenía la razón de su parte resultaba muerto o herido, había hecho un sacrificio por la virtud; si el que caía era el ofensor, había expiado su falta. El sello definitivo de la elegancia era el derecho de los caballeros de matarse unos a otros.

domingo, 17 de enero de 2010

LA NORMATIVA SOBRE EL DUELO: LOS CODIGOS DE HONOR


El auge de los desafíos estimuló el desarrollo de la literatura sobre el duelo. En Europa se multiplicaron los Códigos de honor que pretendían guiar y reglamentar todos los aspectos concernientes a los duelos. Curiosamente, todos ellos se encontraban en la más absoluta «alegalidad»: regularizaban el ejercicio de actos perseguidos y castigados por la ley, y sin embargo, contradictoriamente, adoptaban en su redacción el uso de un articulado propio de los textos legales, sus normas se enumeran siguiendo un orden correlativo de artículos. Paradójicamente, se publicaban en ediciones que veían la luz tras ser elaboradas por las imprentas más afamadas, y no de forma clandestina.

Los estudiosos han señalado que la codificación del duelo es paralela al desarrollo de las leyes destinadas a dirigir las relaciones internacionales. Un duelo era una guerra en miniatura, una prueba de valor concentrado en unos intensos minutos de la vida de dos individuos, a veces sus últimos momentos. En sus diversas épocas, los códigos regularon las formalidades exigidas en los combates entre personas de honor; se han señalado algunos precedentes, tales como el Doctrinal de Caballeros, impreso en Burgos por el maestro Fadrique Alemán en 1483, o el Resumen de la verdadera destreza de las armas, Madrid, 1655. En el siglo que nos ocupa, entre los códigos europeos más destacados y recomendados en España, citamos las obras de Croaban, La Science du Point d'Honneur, y el importante Ensayo sobre el duelo del Conde de Chateauvillard, aparecido en 1836 y traducido al español; esta obra actualizó normas, reglamentos y protocolos e inspiró los códigos redactados en Alemania, Italia, Austria... así como los escritos españoles sobre el duelo, entre ellos los de Iñíguez, Ofensas y Desafíos, y el más afamado en nuestra Península, el titulado Lances entre caballeros, cuyo autor, don Julio Urbina y Ceballos-Escalera, marqués de Cabriñana del Monte, era considerado la máxima autoridad a la que acudir para decidir cualquier aspecto a la hora de concertar un desafío. Esta obra se convirtió en la Biblia de los lances de honor, un catecismo de caballerosidad que guió la celebración de numerosos duelos.

Dichos códigos clasificaban el tipo de ofensas que podían originar un duelo. Cabriñana define la Ofensa como toda acción u omisión que denote descortesía, burla o menosprecio hacia una persona o colectividad honrada... si se realiza con intención de perjudicar la buena opinión y fama del que se sienta ofendido. Las ofensas podían ser leves, graves y gravísimas. Leves eran las que afectan al amor propio, a la delicadeza o a la susceptibilidad del agraviado; graves o injuriosas las que atacaban al crédito, al honor de las personas honradas, y gravísimas las que se inferían llegando a «vías de hecho» contra el ultrajado; por éstas se entendía todo movimiento, todo contacto material de un cuerpo contra un individuo...una bofetada, un bastonazo, el lanzamiento de una botella o de un guante y el agarrar a un caballero por las solapas constituyen ofensas gravísimas. El que toca, pega, aunque la gravedad de la ofensa no sea proporcionada a la fuerza del golpe.

Es normal que los códigos enumeren los Privilegios del ofendido; quien recibe una ofensa grave tiene derecho a la elección de las armas y clase de duelo. En las ofensas dirigidas a una colectividad, uno de los afectados asumirá la defensa del grupo.

También se delimita quién puede batirse en duelo. El carácter personalísimo de las ofensas exige el enfrentamiento del propio ofendido; no obstante, un hijo puede sustituir a su padre sexagenario o enfermo, y un nieto a su abuelo, si éste no tiene hijo para representarle. El padre puede ocupar el puesto del hijo menor de 20 años, y el hermano el de un hermano de avanzada edad. Si el duelo implica la defensa de una mujer, el padre puede ser el adalid de la hija ofendida o insultada, el hijo convenirse en paladín de la madre, el hermano de la hermana y el marido de la mujer.

La minuciosa casuística llega a contemplar Excepciones por enfermedad o incapacidad física: los miopes deberán o no batirse según la cantidad de vista que conserven a juicio de un oculista. Los tuertos están en perfectas condiciones de batirse a sable, espada o pistola a la voz de mando y a la señal. Los sordos no pueden batirse a pistola a la voz de mando, que debe sustituirse por palmadas o señales visuales o, si su sordera es total, por toques de un instrumento musical grave o por detonaciones de armas de fuego producidas en la cercanía del sordo. Los cojos no pueden ni deben batirse con arma blanca, si bien los mancos del brazo izquierdo pueden batirse a espada o sable. La obesidad, la joroba y otras deformidades que no impidan por completo el manejo de las armas no pueden ser, para los ofensores, causa de excepción para batirse.

Muy distintas son las «Excepciones por indignidad», reveladoras de la mentalidad de la época. Son calificados de «indignos», y por tanto, descalificados para batirse: el que es público y notorio que se ha entregado a vicios sodomíticos, el que vende su propia honra, la de su esposa o su hija, el que ha sufrido condena por motivos deshonrosos, como falsificación, cohecho, prevaricación, el traidor a la patria, el asesino, perjuro, espía, fullero, el que es arrojado de un círculo de sociedad por motivos vergonzosos, el matón o baratero de oficio; el que vive a costa de la prostitución, del juego o de la usura y, en general, el que prescinde de las leyes del honor aunque se halle admitido en la buena sociedad y, por las apariencias externas, pudiera pasar por un caballero; los padrinos habrán de disipar las dudas sobre la dignidad del antagonista.

martes, 22 de diciembre de 2009

EL DUELO COMO REPARACIÓN DEL HONOR


Les presento aquí unos fragmentos de un artículo de Inmaculada Barriuso, del Museo Arqueológico, con fecha de Noviembre de 2004

El honor:..esa enigmática mezcla de conciencia y egoísmo...compatible con mucho egocentrismo y grandes vicios y ...asombrosas ilusiones...se ha convertido, en un sentido mucho más amplio de lo que normalmente se cree, en una prueba decisiva de conducta en la mente de los europeos cultivados de nuestra propia época»

Burckhardt, La civilización del Renacimiento, 1860

El concepto del duelo moderno cobra forma en la Europa de los siglos XVI y XVII. Al parecer, fue formulado y elaborado por primera vez en Italia, y rápidamente adoptado en Francia, cuyos soldados habían librado tantas campañas en suelo italiano; más tarde se extendería por toda Europa. Su nombre, duello, procede del término latino duellum -guerra- empleado en época medieval para los juicios por combate; en la Edad Moderna pasaría a designar el enfrentamiento entre dos hombres.

En su acepción hoy más conocida, el duelo se revistió de un carácter íntimamente ligado al concepto de honor. El Conde Enrique Coudenhoue, en su obra Le Minotauro de l'honneur (El Minotauro del Honor) lo definía como el combate con armas homicidas entre dos personas, celebrado delante de testigos para ofrecer o recibir una satisfacción de una injuria hecha al honor; otros autores precisaban su carácter de combate emprendido entre dos o más personas con autoridad privada y precedido de reto o desafío.

La práctica del duelo estuvo ligada a los estamentos sociales privilegiados. Condenado por las autoridades civiles y eclesiásticas, al margen de la ley, el duelo era admitido entre aristócratas, militares, políticos, periodistas..., como un medio para solventar cuestiones de honor privadas o colectivas, que las leyes, en su opinión, no podían resolver. En su concepción del mundo y de la existencia, el honor, la honra, el pundonor y la propia estima eran valores que se situaban por encima de las leyes humanas y divinas. Kieman ha señalado que si la aristocracia quería sobrevivir y conservar unos privilegios cada vez menos justificables, debía distinguirse por una conducta apropiada, que el hombre común reconociera como prueba de superioridad. El caballero pertenecía a un orden social superior que en cuestiones de honor redactaba sus propias normas.

En el siglo XIX el duelo se convirtió en un acto recurrente con el que responder a las ofensas contra el honor, tales como la insidia -palabras o acciones malintencionadas-, la calumnia, la injuria, el libelo -escrito en que se difamaba o denigraba a alguien-, o la broma mal interpretada. Llegó a ser preceptivo que quien recibiera una ofensa de tal calibre, exigiera satisfacción a la misma, y retara al ofensor en duelo, única salida honorable en estas situaciones. Enfrentarse a un lance, correr el riesgo de perder la vida por salvaguardar el honor, y afrontarlo con dignidad suponía acreditarse ante la opinión pública como persona sin miedo y sin tacha. Los escrúpulos morales, la ética, los principios religiosos no eran excusa suficiente para rehusar un desafío. El duelo era en realidad una forma extrema de coacción social sobre el individuo: rechazar un desafío equivalía a enfrentarse al estigma de la «deshonra» social.

Europa conoce en el siglo XIX el arrollador influjo del Romanticismo, con su rechazo a la moral de la época y su exaltación de la individualidad, de las pasiones exacerbadas; esta corriente emocional valorará los gestos sublimes ante la muerte; morir por la defensa de una pasión, o de una cuestión de honor era un gesto que debía revestirse de suprema dignidad. En España, conmovida en este siglo por revoluciones, guerras civiles y pronunciamientos, la muerte se hizo un suceso cotidiano. En una centuria tan convulsa y caído en descrédito el valor de la vida humana, el duelo pasó a ser el último arbitraje para cuestiones en las que el honor estuviera en entredicho. A partir de la tercera década del siglo, los lances de honor conocerán su «edad de oro».

lunes, 9 de noviembre de 2009

DUELO POR LOLA MONTES


Gracias a Diana de Méridos podemos contar con este relato magnífico y en este caso, de un hecho real.


La famosa aventurera Lola Montes había recibido severas críticas como bailarina en París. Más de una pluma se puso en su contra, entre ellas la de Teófilo Gautier. Este era crítico de uno de los principales periódicos de París, La Presse. Lola llega entonces a la conclusión de que necesita procurarse la amistad de un periodista. En las tertulias de los Hermanos Provenzales se hace la encontradiza con Dujarier, que es el jefe de la sección literaria de La Presse, y, por tanto, el jefe de Gautier. Pronto se hacen amantes y participarán en una tertulia literaria famosa en París, llamada la Tertulia de los treinta y cinco porque era norma que ninguno de sus miembros superase dicha edad.

Formaba parte también de ella un personaje, Jean de Beauvallon, que se encargaba de la crítica teatral de El Globo, otro periódico parisino. De Beauvallon era un pendenciero con la lengua muy suelta. Una noche hizo un comentario sobre Lola en términos tan soeces que Dujarier se levantó y le abofeteó. El duelo estaba servido: al día siguiente, a su llegada a la redacción, Dujarier se encuentra con dos visitantes, el vizconde de Ecquevillez y el conde de Fleurs. Eran los padrinos del ofendido, y venían a pactar las condiciones del duelo.

Dujarier designó a sus amigos Arturo Bertrand y Jean de Boigne como padrinos. Lola y sus allegados trataron de hacerle desistir, pero por mucho que le rogaron hubo de seguir adelante, pues su rival no aceptó sus disculpas.


El duelo, a pistola, se celebró a las once de la mañana de un frío 11 de marzo en el Bois de Boulogne, que aparecía nevado. Dujarier no tenía la experiencia de su rival, considerado el mejor tirador de Francia. Disparó primero, y falló. Luego le llegó el turno a De Beauvallon, quien, con mucha mejor puntería, le alcanzó en el rostro, justo encima de la nariz, causándole la muerte.

Según se pudo probar en el juicio que acabó celebrándose, De Beauvallon había pasado un par de horas antes del duelo probando su pistola, algo que estaba radicalmente prohibido por las reglas. Debido a ello, fue condenado por asesinato y enviado ocho años a prisión.

lunes, 26 de octubre de 2009

DUELO EN MONTMARTRE

Fue la cuarta una semana de duelos: Antoine de Hautemort e Ignace-Guillaume de la Rue tenían una cuenta de honor pendiente de resolver, y así lo hicieron en un lugar apartado del cementerio de Montmartre. A la voz ritual de "En garde!" que dieron los padrinos, ambos contendientes se batieron durante un breve tiempo; a poco, la sangre empezó a manchar las blusas de ambos; el combate fue igualado, pero la pérdida de sangre afectó en mayor medida a Ignace-Guillaume de la Rue quien cayó inconsciente. Antoine de Hautemort dio inmediatamente por saldado el asunto e incluso ayudó a trasladar al desmayado Ignace-Guillaume de la Rue a recibir los cuidados de un físico.
Pero había más animación en Montmartre ese día: en el otro extremo del cementerio, sentado bajo un árbol, Villiers Daugé de Chevreuse esperaba a sus rivales. El primero en presentarse fue Cristophe Cassave, quien llegó acompañado de uno de los padrinos (Martin du Heyn) además de Charles de Condillac y Joseph de Le Bestier. Esperaron durante un cuarto de hora al otro padrino y, en vista de que no llegaba, se decidió empezar con el duelo oficiando el Coronel de segundo padrino. Monsieur Cassave opuso algún reparo puesto que, según habían decidido la semana anterior mediante su amistoso desafío en la Semana de Esgrima, el que consiguiese más puntos de los dos sería el primero en enfrentarse con Villiers Daugé de Chevreuse, pero al ver que el sol ya asomaba casi totalmente por el horizonte decidió aceptar ser el primero en batirse.
El duelo acabó con un golpe de Villiers, que vio que su oponente se acercaba para entrar en segunda y respondió con un tajo certero que dejó a Cassave con una herida que le impidió continuar.
Mientras luchaban hizo acto de presencia Jean-Luc d'Armand, a toda prisa y musitando una increíble serie de excusas que iban desde un carro que rompió una rueda en la calle por la que él estaba yendo en ese momento, pasando por una mujer cargada de niños que se arrojó (con niños y todo) sobre el caballero gritando "¡Por fin te he encontrado! ¡Nuestros hijos tienen hambre! ¡Vuelve a nuestro hogar!" y cosas así hasta que la dama admitió que se había confundido de caballero, y llegando a la constante irrupción, durante todo el camino, de un lunático que insistía en explicarle al pobre Jean-Luc la forma de construir una máquina para navegar por debajo del mar. Al acabar el primer duelo, Villiers aceptó las excusas con una mueca y un "bah, sumaremos el asuntillo del retraso a la deuda de honor que tenemos pendiente" y el duelo comenzó. No duró mucho, sin embargo, porque una enérgica patada del ágil Villiers tuvo un efecto inesperado hasta para quien la había dado: Jean-Luc d'Armand trastabilló hacia atrás y cayó al suelo, golpeándose la cabeza y quedando inconsciente. Sus padrinos lo retiraron rápidamente y lo llevaron a que fuese debidamente atendido.
Más trágico fue el final del duelo del mismo Villiers con Charles de Condillac. Éste manifestó antes de empezar que el duelo sería a muerte y que no pensaba rendirse ni aceptar rendición, a lo que Villiers, embutido en su negro traje, no respondió, sumido aparentemente en su propia y sombría concentración. Cuando los padrinos dieron la voz de "En Garde!", el ágil Villiers, sin dar apenas muestra de fatiga por los dos duelos que acababa de sostener y vencer, empezó con un asalto a tajo que fue respondido por otro tajo de su contrario. Después de un intercambio de tajos, el maltrecho Condillac, que resistía bravamente a pesar de las heridas sufridas, tuvo la desgracia de cruzarse en un ataque a corta distancia que le supuso encontrarse con un palmo de acero en el abdomen. Cayó muerto Charles de Condillac y Villiers Daugé de Chevreuse, pálido tanto por la pérdida de sangre como por haber matado inesperadamente a su enemigo, tuvo que ser recogido por los dos saltimbanquis que le hacían de padrinos, y apoyado en ellos emprendió el camino de los primeros auxilios. La imagen de los tres hombres alejándose se recortó colina abajo en la mañana, y quedó grabada en la memoria de todos los que asistieron al duelo, más incluso que la del rostro horrorizado de Condillac al ver a la muerte de frente.

jueves, 24 de septiembre de 2009

ARAMIS SE DESCOMPONE (anécdota graciosa)

En el libro de Sandras, que utilizó Dumas en su inspiración para escribir Los Tres Mosqueteros, aparece este gracioso duelo, en el que D'Artagnan llevó a Aramis como padrino.


La reina me recibió magníficamente. Me preguntó si había visto al rey, su esposo y a los príncipes, sus hijos; luego me interrogó sobre lo que pensaba de ese país. Aunque estuviesen con ella dos o tres hidalgos ingleses y cinco o seis inglesas, cuya belleza merecía más consideración de mi parte, contesté sin la menor vacilación, que Inglaterra me parecía el más hermoso país del mundo, pero abitado por gente tan malvada, que siempre preferiría cualquier otra morada, aunque fuera entre los osos; que en efecto, debía ser un pueblo de gente más feroz que esos animales, para atreverse a hacer la guerra a su rey y pedirle que alejase a una princesa tan llena de encantos, que sólo podría hacer sus delicias.

No sé si mi discurso fue de su agrado, pero con seguridad no lo fue de uno de los ingleses que estaba presente. Éste se llamaba Cox, y al día siguiente me envió a otro inglés, con la misión de decirme que tenía deseos de verme espada en mano detrás de los Chartreux.[1] Le pedí una hora de tiempo para buscar a algún amigo que me sirviera de segundo. Cuando salía en busca del mismo, me encontré con otro inglés, el que me entregó una nota, que contenía mensaje muy diferente. He aquí lo que decía ese billete:

"Estaba junto a la reina cuando dijisteis cosas tan descomedidas sobre mi país. Después de mucho cavilar sobre la mejor manera de vengarme, no he encontrado mejor manera de lograrlo, que rogaros vengáis a verme. El portador os dirá dónde encontrarme. Veremos allí si es cierto que preferiríais mejor vivir entre los osos que con personas de mi nación."

Jamás hombre alguno quedó más sorprendido que yo. En verdad, entendía perfectamente cuanto quería significar ese billete, pero como eran varias las inglesas que estaban presentes cuando profiriera el discurso que ésta me reprochaba, no atinaba a discernir a cuál de ellas debía esa invitación. Sin embargo, como todas me habían parecido hermosas, de cualquier modo caería parado. El inglés, a mi requerimiento respondió que podría verla en el mismo hotel donde estaba alojada la reina de Inglaterra, y que no tenía más que preguntar por Milady.

De muy buena gana me hubiera dispensado del duelo con el inglés, para poder atender este otro asunto que tanto comenzaba interesarme; pero como por desgracia, no podía hacerlo sin mengua para mi reputación, me encaminé hacia el Hotel de los Mosqueteros, dispuesto a llevar conmigo al primero de los tres hermanos que encontrara. Solamente hallé a Aramis, que había tomado una medicina. Athos y Porthos habían salido temprano, sin decide dónde habían ido. Esto no dejó de contrariarme, pues la falta de tiempo me apremiaba. Adivinando lo que pretendía de sus hermanos, Aramis, tomando sus ropas me dijo, que por un remedio de más o de menos en el cuerpo, no me dejaría en situación desairada y que supliría su ausencia.

Sin embargo, sabiendo lo perjudicial que resultaría para su salud si llegaba a tomar frío, yo no quería permitir que se expusiera a ese peligro. No hizo el menor caso de mi objeción y nos encaminamos hacia el lugar donde nos había citado el inglés, quien aún no había llegado, como tampoco su amigo, haciéndose esperar más de media hora. Por fin aparecieron a lo largo de los muros del Luxemburgo, que están fuera de la ciudad.

Yendo hacia ellos, Aramis sintió algunos cólicos. Hubiera deseado detenerse unos instantes, si ello hubiera sido posible sin desmedro de su honor, pero temía que interpretasen mal una necesidad, cuya causa no conocían. Le dije que obedecía a escrúpulos excesivos y muy inoportunos, ya que su valor era conocido en demasía, y que además yo podía certificar en qué estado le había encontrado, cuando a pesar de todo había insistido en prestarme su ayuda.

Cuando nos encontramos, nos revisamos mutuamente para evitar toda superchería. En efecto, unos falsos valientes hacía poco que, habiéndose provisto de cotas de malla, impunemente se habían abalanzado sobre sus desprevenidos adversarios, logrando una artera ventaja. Nada encontramos que no fuera correcto. Sin embargo, el que debía batirse con Aramis, tanteando minuciosamente a Aramis, cuyos cólicos lo apremiaban al extremo de hacerle cambiar de color, le observó el rostro con irónica curiosidad. Vano como casi todos los de su país, sospechó que lo que tenía Aramis era miedo. No dudó más de lo que sus ojos le sugerían, cuando se expandió un olor bastante desagradable, que le obligó a taparse la nariz. Dijo a Aramis que temblaba demasiado pronto y que si por el hecho de tantearlo solamente con la mano, se ponía en la forma que se veía y olía, qué le ocurriría cuando lo tantease con la punta de la espada.

Aramis, apremiado cada vez más por su malestar, resolvió dar alivio a sus desdichadas entrañas. El inglés que tenía buen olfato, retrocedió velozmente con el temor de quedar envenenado, pero inmediatamente se vio obligado a abandonar toda precaución debida a esa causa: Aramis se le fue encima espada en mano dispuesto a no darle tregua, por lo que el inglés sólo pensó en defenderse, pero lo hacía tan mal, y retrocediendo tan rápidamente que Aramis tenía dificultad para alcanzado. A modo de desquite, Aramis le preguntó entonces, cuál de los dos era el que más temor tenía. Diciendo esto, lo apremió de cerca ya, y le suministró una buena estocada.

En lo que se refería a su camarada, cumplía mejor su deber para conmigo. Ya le había aplicado dos estocadas, una en un brazo y otra en un muslo y habiendo logrado desarmarle mediante un pase ligado, le coloqué la punta de mi espada sobre el abdomen y le obligue a pedir cuartel. El otro rindió su espada a Aramis, presentándole sus excusas por cualquier expresión descomedida que hubiera tenido. Aramis lo excusó de buen grado. Ambos ingleses se retiraron sin reclamar sus armas, que de buena gana les hubiéramos devuelto; Aramis penetró en la primera casa que encontró al llegar al arrabal Saint-Jacques, donde hizo encender un buen fuego a fin de cambiar de ropa interior, después que hube adquirido una camisa y un calzoncillo en la primer lencería que encontré.

Lo conduje a su alojamiento, dejándole de inmediato para encaminarme al hotel de la reina de Inglaterra y tratar de ver a Milady.


[1] Los Chartreux estaban detrás del Luxemburgo, es decir fuera de París en esa época, próximo a la actual clínica Tarnier. Sitio elegido por muchos caballeros para batirse a duelo.