lunes, 1 de noviembre de 2010

CRONICA DEL REINADO DE CARLOS IX. Parte 8



Regresando de tener la computadora rota por mas de tres semanas!!! Aquí continuamos con la cacería y una charla interesante entre la condesa Diana y nuestro héroe Mergy.


La condesa detuvo su caballo, que quería imitar al compañero, y poniéndose al paso, cabalgó largo rato en silencio; levantaba la cabeza de cuando en cuando para mirar a Mergy, como si desease hablarle; luego bajó los ojos, como avergonzada de no encontrar una frase para entrar en materia.

Mergy se creyó obligado a comenzar.

-Os estoy muy agradecido, señora, de la preferencia de que me hacéis objeto.

-Bernardo... ¿Sabe usted tirar a las armas?

-Sí, señora -respondió un poco asombrado de la pregunta.

-Pero... ¿Bien?... ¿Bien?

-Bastante bien para un caballero; pero, sin duda, muy mal para un maestro de armas.

-Pero en el país en que vivimos los caballeros son más expertos en las armas que los propios maestros.

-En efecto, he oído decir que muchos de ellos pierden en las salas de armas un tiempo que podrían emplear mejor en otra parte.

-¿Mejor?

-Sí, sin duda. ¿No es preferible conversar con las damas -dijo sonriendo- que no derretirse en sudor haciendo esgrima?

-Decidme: ¿os habéis batido muchas veces?

-Jamás... ¿Pero por qué estas preguntas?

-Sabed, para vuestro gobierno, que no se debe nunca interrogar a una dama por qué hace alguna cosa; al menos tal es la costumbre de los caballeros bien educados.

-Me conformo a ella -dijo Mergy sonriendo ligeramente e inclinándose sobre el cuello del caballo.

-Sepamos... ¿Qué haréis mañana?

-¿Mañana?

-Sí; no os hagáis el asombrado.

-Señora...

-Respondedme; lo sé todo -exclamó extendiendo la mano hacia él con un gesto de reina. La punta de su dedo tocó una manga de Mergy y le hizo estremecerse.

-Haré lo que mejor pueda -dijo al fin.

-Me gusta vuestra respuesta; no es ni de cobarde ni de fanfarrón...

-¿Pero sabéis que vuestro primer duelo va a ser con un espadachín de gran fama?

-¡Qué queréis! Me encontraré algo cohibido, como me hallo en este momento -añadió sonriendo-; yo no había tratado nunca más que con aldeanas, y el primer día de mi entrada en la corte me encuentro conversando con la más bella dama de la corte de Francia.

-Hablad con seriedad. Comminges es la mejor espada de París, población donde viven los mejores esgrimidores. Y, además, Comminges es el rey de los «refinados».

-Se dice.

-¿Y no estáis inquieto?

-Repito que haré lo que pueda. No se debe nunca desesperar con una espada en la mano, y, sobre todo, contando con la ayuda de Dios.

-¡La ayuda de Dios! -interrumpió ella con aire de desprecio-; ¿no sois hugonote, señor de Mergy?

-Sí, señora -respondió con su seriedad de costumbre, cuando le hablaban de la religión.

-Corréis más riesgo que el otro.

-¿Por qué?

-Exponer la vida no es nada; pero vos exponéis más que vuestra vida... vuestra alma.

-Razonáis, señora, con las ideas de vuestra religión; las mías son más seguras.

-No juguéis con estas cosas. ¡Os puede esperar toda una eternidad de sufrimientos!

-De todas formas sería lo mismo, pues si muriese mañana católico, moriría en pecado mortal.

-La diferencia es muy grande -dijo ella algo molesta de que le opusieran un argumento razonable y fundado en su propia creencia-. Nuestros doctores lo explican.

-¡Oh!, sin duda. Ellos lo explican todo. Como se toman la libertad de alterar a su gusto el Evangelio... Por ejemplo...

-Dejad esto. No se puede hablar un momento con un hugonote sin oír una cita de las Santas Escrituras.

-Es que nosotros las conocemos y vuestros sacerdotes apenas si las han leído... Pero cambiemos de conversación. ¿Creéis que hayan cazado ya al ciervo?

-¡Sí que estáis convencido de vuestra religión!

-Volvemos a comenzar, señora.

-¿Pero la creéis buena?

-Creo que es la mejor, o, mejor dicho, la única buena... Si no fuera así cambiaría...

-Vuestro hermano se ha convertido...

-Tenía poderosas razones para hacerse católico, y yo tengo las mías para continuar protestante.

-¡Qué obstinados y sordos estáis todos para oír la voz de la razón! -exclamó colérica.

-Me parece que mañana va a llover -dijo Mergy mirando al cielo.

-Caballero de Mergy, la amistad que yo tengo con vuestro hermano y el peligro a que estáis expuesto me inspiran hacia vos una gran simpatía.

Bernardo se inclinó respetuosamente.

-Los heréticos ¿no tenéis fe en las reliquias?

Mergy sonrió.

-¿Y creéis mancharos si las tocáis? -continuó ella-. Os molesta usarlas, mientras que a nosotros los católicos romanos tanto nos satisfacen.

-Ese uso nos parece, por lo menos, inútil.

-Escuchad. Uno de mis primos colocó en cierta ocasión un escapulario en el cuello de un perro de caza; después le disparó un tiro con un arcabuz cargado de perdigones.

-¿Y murió el perro?

-No le alcanzó ni un solo plomo.

-Admirable. Me gustaría tener una reliquia parecida.

-¿De veras?... ¿Y la llevaríais?

-Sin duda; ya que vuestra religión defiende hasta a los perros, acaso pueda convenirme... Pero... un instante. ¿Un hereje valdrá tanto como un perro..., un perro de un católico, se entiende?

Sin atenderle, la de Turgis desabrochó ligeramente su corpiño y sacó de su seno una pequeña caja de oro muy lisa, atada por una cinta negra.

-Tened -dijo ella-. Me habéis prometido llevarla. Ya me la devolveréis.

-Si puedo, ciertamente.

-Pero escuchad... Tened mucho cuidado... No cometáis ningún sacrilegio.

-Acepto la reliquia por venir de vos.

Y colocó la reliquia alrededor de su cuello.

-Un católico hubiera besado la mano que le otorga este santo talismán.

Mergy cogió su mano e intentó llevarla a los labios.

-No, no; es demasiado tarde.

-Pensadlo bien; mirad que acaso no pueda gozar nunca de semejante fortuna.

-¡Quitadme el guante! -dijo ella tendiéndole la mano.

Y al quitárselo creyó sentir Bernardo que la condesa le oprimía dulcemente, e imprimió un beso de fuego sobre aquella mano blanca y bella.

-Caballero -dijo la condesa con voz emocionada-, ¿seréis siempre contumaz? ¿No habrá algún medio para sacaros de vuestro error?... ¿Os convertiríais gracias a mí?

-No lo sé. Rogadme con constancia y con energía... Lo que puedo aseguraros es que no habrá otra mujer capaz de conseguir mi conversión.

-Decídmelo francamente: si una mujer..., una... cualquiera que sea; una mujer se decidiera...

La condesa se detuvo.

-¿Se decidiera?

-Sí..., al amor, por ejemplo. Sed franco y hablad seriamente.

-¿Seriamente?

E intentó de nuevo estrechar su mano.

-Sí, si tuvierais un grande amor por una mujer de religión diferente a la vuestra... Este amor ¿no sería capaz de haceros cambiar de ideas?... Dios se vale de toda clase de medios.

-¿Queréis que os conteste con franqueza y seriedad?

-Lo exijo.

Mergy bajó la cabeza y dudó al responder. Procuraba encontrar una respuesta evasiva. La señora de Turgis se insinuaba de una manera que él no podía rechazar. Pero, de otra parte, como no llevaba en París sino unas cuantas horas, su conciencia de provinciano se sentía terriblemente puntillosa.

-¡Ya escucho el grito de la victoria! -exclamó de repente la condesa, sin aguardar la difícil contestación. Y dio un fustazo al caballo, que partió rápidamente... Mergy la siguió, pero sin obtener de ella ni una mirada ni una palabra.

En pocos minutos se unieron a los cazadores, muy emocionados en aquel momento por los incidentes de la caza.

El ciervo, en su huida, se había arrojado a un estanque, y era dificultoso ir en su busca. Muchos caballeros echaron pie a tierra, y armados de pértigas le obligaron a proseguir la carrera. Pero la frialdad del agua había acabado de extenuar las fuerzas del animal. Salió del estanque, tiritando, con la lengua fuera, y siguió corriendo, pero en curvas irregulares. Los perros, por el contrario, parecían redoblar su ardor... A una poca distancia del estanque el ciervo comprendió por instinto que le era imposible huir, e hizo un esfuerzo desesperado. Se apoyó contra un viejo y fuerte roble, y con gran bravura hizo frente a los perros. Los primeros que le atacaron los lanzó al aire con el bandullo colgante. Un caballo y su caballero fueron violentamente volteados... Hombres, caballos y perros, adaptando una actitud prudente, formaron un gran círculo alrededor del ciervo, pero sin osar valerse de sus armas amenazantes.

El rey puso pie en tierra con mucha agilidad, y con el cuchillo de caza en la mano se colocó astutamente detrás del roble, y, rápido, asestó un golpe en el corvejón del ciervo.

El animal lanzó una especie de silbido angustioso y cayó en seguida. Al instante veinte perros se precipitaron sobre él, y agarrándole por la garganta, el hocico y la lengua, le obligaron a permanecer inmóvil. Unas gruesas lágrimas corrían de sus ojos.

-¡Que se aproximen las damas! -exclamó el rey.

Las señoras se aproximaron, pues ya casi todas se habían apeado.

-Toma, parpaillot -gritó el rey, y clavó el cuchillo en el costado del ciervo, revolviendo la hoja para agrandar la herida. La sangre corría con abundancia y cubrió la cara, las manos y el traje de Carlos IX.

Parpaillot era un vocablo despectivo con el cual solían designar con frecuencia los católicos a los calvinistas. La palabra y la forma en que fue empleada disgustó a muchos, mientras que otros la recibieron con aplausos.

-El rey tiene el aspecto de un matarife -dijo bastante alto y con una expresión de disgusto Teligny, el yerno del almirante.

Algunas almas caritativas, de esas que no faltan nunca en las cortes, comunicaron la frase al monarca, que no la olvidó nunca.

Después de haber gozado del espectáculo agradable de ver a los perros devorando las entrañas del ciervo, la corte emprendió el camino de París. Durante el trayecto, Mergy refirió a su hermano el insulto que había recibido y su provocación a desafío. Como ya todo consejo era inútil al capitán, se contentó con prometerle su compañía en el combate.

sábado, 23 de octubre de 2010

COMPUTADORA ROTA

Hola a todos!!! Mi prolongada ausencia se debe a que mi compu está rota. Espero volver pronto!

viernes, 17 de septiembre de 2010

CRONICA DEL REINADO DE CARLOS IX. Parte 7



Dejamos ahora el capítulo IX para ingresar al X, llamado "La cacería". Recordamos que en el capítulo anterior, la condesa de Turgis dejó caer su guante para que lo recoja Mergy, pero este fue empujado por Commingies, el amante de la condesa, motivo por el cual se desafiaron a un duelo.
Al día siguiente tenía lugar una cacería con toda la corte y allí se verá este trío en una especie de "guerra de nervios". ¡Pobres hombres!


Un gran número de señoras y caballeros, vestidos con gran lujo y montados en soberbios caballos, ambulaban aquí y allá por el patio del castillo. Las trompas de caza, los ladridos de los perros y las tumultuosas y galantes palabras de los caballeros formaban una algarabía deliciosa para las orejas de un cazador, pero muy desagradable para otro oído humano.

Mergy siguió maquinalmente a Jorge por el patio, y sin saber cómo se encontró al lado de la bella condesa, cubierta ya con un velo y montada en un hermoso caballo andaluz, piafante de impaciencia y que mascaba el bocado, anheloso de libertad. Sobre este animal, que hubiese preocupado al más experto jinete, estaba la condesa sentada en su silla de cuero con tanta tranquilidad como en los sillones de sus cámaras.

El capitán se presentó con el pretexto de encinchar mejor el caballo andaluz.

-¡Aquí está mi hermano! -dijo a la amazona a media voz, pero lo bastante alto para que lo entendiese Mergy-. Tratad con dulzura al pobre muchacho, ya que le tenéis algo loco desde cierto día en que os vio salir del Louvre.

-He olvidado su nombre -respondió ella con brusquedad-. ¿Cómo se llama?

-Bernardo... Fijaos, señora, en que lleva la banda del mismo color que vuestras cintas.

-¿Sabe montar a caballo?

-Vos juzgaréis.

Saludó cortésmente y fue a buscar a una dama de la reina a la cual cortejaba hacía algún tiempo. Medio inclinado en el arzón de su silla, con la mano en la brida del caballo que conducía a su cortejo, pronto olvidó a su hermano y a su bella y altiva compañera.

-¿Conocíais a Comminges, señor de Mergy? -preguntó la condesa de Turgis.

-¿Yo, señora?..., muy poco -respondió balbuceando Bernardo.

-Pero hace un momento le hablabais.

-Era la primera vez.

-Creo adivinar lo que le habéis dicho.

Y a través del velo sus ojos parecían leer hasta el fondo del alma de Mergy.

Una dama se acercó a la condesa e interrumpió la conversación, lo que satisfizo a Bernardo, que estaba horriblemente azorado. Pero continuó sin separarse de la de Turgis, sin saber por qué, o acaso esperando así causar alguna molestia a Comminges, que le observaba de lejos.

La cabalgada había salido ya del castillo. Los ojeadores lanzaron un ciervo que, rápido, penetró en el bosque; todos los cazadores le siguieron, y Mergy pudo observar, no sin cierto asombro, la pericia de la de Turgis en el manejo del caballo y la intrepidez con que franqueaba cuantos obstáculos se oponían a su paso. Bernardo, debido a la bondad de su cabalgadura, conseguía no separarse de Diana; pero el conde de Comminges, tan bien montado como él, no se apartó tampoco, y a pesar de la rapidez de un galope impetuoso, a pesar del entusiasmo que ponía en la persecución, el otro hablaba constantemente con la amazona, mientras que el pobre Mergy tenía que envidiar a su rival en silencio la gracia, la suficiencia, y sobre todo, el talento de decir cosas agradables, que, a juzgar por el placer con que las oía la condesa, debían de ser muy divertidas... Los dos jóvenes, animados de una noble emulación, se dedicaron a saltar las más altas empalizadas y los fosos de enorme profundidad y longitud, expuestos veinte veces a sufrir heridas peligrosas.

La condesa, de repente, se separó del grueso de la cacería y entró en una calle del bosque, la cual hacía ángulo con otra en la que cazaba el rey con su comitiva.

-¿Qué hacéis? -exclamó Comminges-. ¡Habéis extraviado el camino! ¿No escucháis al otro lado el sonido de los cuernos y el ladrido de los perros?

-Pues bien: tomad el otro camino, ¿qué os detiene?

Comminges no respondió nada y la siguió. Mergy hizo lo propio, y cuando se internaron algunos cientos de pasos por la senda, detuvo la condesa su caballo, imitándole Comminges a su derecha y Mergy a su izquierda.

-Lleváis un buen caballo de batalla, señor de Mergy -dijo Comminges-. No se le ve ni una gota de sudor.

-Es un berebere que le regaló un español a mi hermano. Mirad la cicatriz de una estocada que recibió en Montcontour.

-¿Habéis hecho la guerra? -preguntó la condesa.

-No, señora.

-¿No habéis recibido nunca un arcabuzazo?

-No, señora.

-¿Ni una estocada?

-Jamás.

Mergy creyó advertir que ella sonreía. Comminges se atusó el bigote con aire desenvuelto.

-Nada sienta mejor a un caballero joven que una herida -dijo-. ¿No es cierto, condesa?

-Sí; pero tiene que estar bien ganada.

-¿Qué entendéis por bien ganada?

-Una herida es gloriosa si se gana en el campo de batalla; pero en un duelo no es lo mismo; no conozco nada más despreciable.

-Me figuro que el señor de Mergy ha hablado con vos antes de montar a caballo.

-No -dijo secamente la condesa.

Mergy aproximó su caballo cerca del de Comminges.

-Caballero -le dijo en tono bajo-, en cuanto nos hayamos divertido un rato con la caza nos podremos apartar a algún soto escondido, y espero que os probaré que no he hecho nada para evitar el duelo.

Comminges le miró con aire mezcla de alegría y de piedad.

-No puedo adoptar semejante proposición. No somos unos miserables para batirnos sin padrinos. Y nuestros amigos que deben de acudir a la fiesta no nos perdonarían haberles olvidado.

-Como queráis, caballero -dijo Mergy.

Y se volvió junto a la condesa, cuyo caballo se había adelantado algunos pasos al suyo. La señora de Turgis cabalgaba con la cabeza inclinada sobre el pecho y parecía por completo entregarse a sus pensamientos.

Silenciosos los tres, llegaron hasta una encrucijada en que terminaba la senda.

-¿No escucháis el ruido de la trompa? -preguntó Comminges.

-Me parece que viene de aquel soto a nuestra izquierda -contestó Mergy.

-Sí, es el ruido del cuerno. Estoy seguro de ello, y hasta apostaría a que es un cuerno de Bolonia. ¡Dios me valga! Ese cuerno no lo ha construido mi amigo Pompignan. No podéis figuraros, caballero de Mergy, la gran diferencia que existe entre un cuerno de Bolonia y los que fabrican los miserables artesanos de París.

-Éste se escucha de muy lejos.

-¡Y qué pureza de sonido! Los perros, al oírle, se olvidan que han corrido diez leguas. A decir verdad, no se construyen buenas trompas más que en Italia y en Flandes. ¿Y qué pensáis de mi cuello a la valona? Es muy decoroso para un traje de caza; tengo cuellos y gorgueras a la confusión para ir a los bailes; pero este cuello tan sencillo ¿creéis que me lo podrían bordar en París? Imposible. Me los traen de Breda. Si os gustan, haré que os los traigan también por conducto de un amigo que tengo en Flandes... Pero... -y se interrumpió riendo-. ¡Qué distraído soy!... No me acordaba...

La condesa detuvo su caballo.

-Comminges, la caza espera. Y a juzgar por el cuerno, el ciervo está ya acorralado.

-Tenéis razón, señora.

-¿No queréis asistir al momento del triunfo?

-Sin duda; de otra manera, perderíamos nuestra buena reputación de cazadores y jinetes.

-Pues bien: es necesario darse prisa.

-Sí; nuestros caballos están inquietos. ¡Vamos! ¡Dadnos la señal!

-Estoy fatigada y me quedo aquí. El señor de Mergy me hará compañía. Partid vos.

-Pero...

-Lo voy a decir dos veces... Picad espuelas.

Comminges permaneció inmóvil. La sangre le subió al rostro y miró a la condesa y a Mergy con mirada furiosa.

-La señora de Turgis tiene necesidad de que haya un desafío -dijo Comminges con amarga sonrisa.

La condesa extendió la mano hacia el soto de donde venía el ruido del cuerno e hizo con los dedos un signo muy significativo. Pero Comminges no parecía dispuesto a dejar el campo libre a su rival.

-Va a ser necesario que me explique claramente con vos -dijo furiosa-. ¡Dejadme, caballero Comminges; vuestra presencia me importuna! ¿Me comprendéis ahora?

-Perfectamente, señora -respondió furioso. Y añadió más bajo:-Y en cuanto a ese barbilindo..., no tendrá mucho tiempo para divertiros. ¡Adiós, caballero de Mergy; hasta pronto!

Estas últimas palabras las pronunció con un énfasis particular; y después, picando espuelas, partió al galope.

viernes, 10 de septiembre de 2010

CRONICA DEL REINADO DE CARLOS IX. Parte 6


¡Pobres hombres!!! No poder escapar a esas aventuras que hoy a nosotros nos atraen tanto! Aquí continúa el capítulo IX titulado "El Guante", falta poco para ver a nuestro Mergy batirse por una dama a quien acaba de conocer, pero de la que ya está enamorado.

Vandreuil hubiera continuado todavía con tan excelentes consejos de no haberse oído un gran rumor, que era anuncio de que el rey había montado a caballo... La puerta de la habitación de la reina se abrió, y sus majestades, en traje de cacería, se dirigieron hacia la escalinata.

El capitán Jorge, que acababa de dejar a su dama, se dirigió a su hermano, y, golpeándole cariñosamente en la espalda, le dijo en tono alegre:

-¡Granuja! ¡Estás de enhorabuena! ¡Miren el barbilindo!... No haces más que mostrarte en la corte, y ya las damas se han vuelto locas. Durante un cuarto de hora la condesa no me ha hablado más que de ti. ¡Vamos! ¡Ahora un poco de valor! Durante la cacería, procura galopar siempre al lado de ella, y pórtate con mucha galantería... ¿Pero qué diablos te pasa?... Cualquiera supondría que estás enfermo... ¿Qué cara larga es ésa?... ¡Anda, hombre, alégrate!

-No tengo muchas ganas de ir a la cacería, y quisiera...

-Si no vais de caza -dijo en tono bajo Vandreuil- Comminges creerá que tenéis miedo de encontrarlo.

-¡Vamos! -dijo Mergy, pasándose la mano por su frente ardorosa...

Creyó que era preferible esperar al fin de la cacería para confiar a su hermano la aventura.

-¡Qué vergüenza! -pensaba-. ¡Si la señora de Turgis llega a creer que tengo miedo! ¡Si supone que la idea de un próximo desafío me impide gozar de la cacería!

domingo, 15 de agosto de 2010

CRONICA DEL REINADO DE CARLOS IX. Parte 5


Aquí podemos observar como se hacía un desafío en forma discreta, y continuar como si nada hubiera pasado.


Comminges, con el sombrero en la mano, se inclinó con una cortesía impertinente, y con voz melosa, dijo:

-¿Deseabais hablarme, caballero?

La ira le hizo sentir a Mergy la sangre en el rostro, y respondió en el acto con una voz más dura de lo que esperaba.

-Os habéis conducido conmigo de manera impertinente y deseo de vos una satisfacción.

Vandreuil hizo un signo de aprobación. Comminges se irguió, y colocando la mano en la cadera, postura de rigor en esos casos, dijo con mucha gravedad:

-Como sois el que demanda, caballero, me corresponde a mí la elección de armas.

-Elegid las que prefiráis.

Comminges pareció reflexionar un momento.

-El sable con punta y dos filos es buen arma; pero sus heridas nos pueden desfigurar, y a nuestra edad -añadió, sonriendo- no gusta a las amadas vernos una gran cicatriz en medio del rostro. La espada no hace más que un pequeño agujero, pero es suficiente -y sonreía al decir estas palabras-. Escojo, pues, la espada y la daga.

-¡Muy bien -dijo Mergy.

Y dio un paso para marcharse.

-Un instante -exclamó Vandreuil-; os olvidáis de convenir el sitio.

-En el Pré-aux-Clercs se bate toda la corte. ¡Pero si este caballero prefiere otro sitio!...

-En el Pré-aux-Clercs, sea.

-En cuanto a la hora... Yo mañana no me levantaré hasta las ocho, por ciertas razones. No duermo en casa esta noche y no podré ir al Pré hasta las nueve.

-A las nueve, pues.

Al volver los ojos Mergy se encontró con la condesa de Turgis, que venía de dejar al capitán entregado en una conversación con otra dama. A la vista de la bella, culpable de la cuestión, nuestro héroe procuró adoptar una actitud de gravedad y fingida indiferencia.

-Desde hace algún tiempo está de moda batirse con calzas rojas -dijo Vandreuil-; si no las tenéis, yo os las podré proporcionar. La sangre se confunde con la ropa y resulta más apropiado.

-Me parece una puerilidad -dijo Comminges.

Mergy sonrió de mala gana.

-Bien, amigos -añadió el barón-; ya no falta más que convenir cuáles han de ser los padrinos[1].

-Como este caballero es nuevo en la corte, le será difícil encontrar un segundo padrino; pero, por condescendencia, me contentaré con uno solamente.

Mergy, con algún esfuerzo, insinuó una sonrisa.

-No se puede ser más cortés -dijo el barón-. Es muy agradable tener una cuestión con un caballero tan correcto y tan acomodaticio como monsieur de Comminges.

-Como tendréis necesidad de una espada del mismo tamaño que la mía, os recomiendo la tienda de Laurent, en la calle de la Ferronière: es el mejor armero de la ciudad. Decidle que vais de mi parte, y os servirá bien.

Al decir estas palabras se despidió con un ademán elegante y se volvió al grupo de jóvenes que había abandonado.

-Os felicito, Bernardo -dijo Vandreuil-; habéis lanzado muy bien vuestro reto. ¡Decidle tales palabras a Comminges! No está habituado a que le hablen de esa manera. Se le considera el más grande de los esgrimidores, después de haber matado al gran Canillac; porque Saint-Michel, a quien mató hará dos meses, no constituía un gran honor. Saint-Michel no era de los más hábiles, mientras que Canillac había ya matado a cinco o seis caballeros, sin sufrir ni un rasguño. Había aprendido en Nápoles con Borelli, y se decía que Lausac, sintiéndose morir, le enseñó un golpe secreto, con el cual lograba sus triunfos; pero, a decir verdad, como Canillac había saqueado la iglesia de Auxerre y arrojado a tierra las hostias sagradas, es natural que fuese castigado.

Mergy, aunque estos detalles no le divertían, se creyó obligado a continuar la conversación, temeroso de que Vandreuil sospechase algo ofensivo para su bravura.

-Felizmente -dijo- no he saqueado ninguna iglesia ni he tenido en mis manos una hostia consagrada; tengo, pues, un menor peligro que correr.

-Necesito haceros una advertencia. Cuando crucéis el hierro con Comminges, tened cuidado con una de sus fintas, que le costó la vida al capitán Tomaso. Gritó Comminges que la punta de su espada estaba rota. Tomaso elevó entonces su arma por encima de la cabeza, aguardando el ataque; pero la espada de su adversario, que conservaba la guardia, penetró en el pecho de Tomaso, el cual estaba completamente desprevenido... Pero os vais a batir con espadas largas, y no es tan peligroso el golpe[2].

-Me defenderé lo mejor que pueda.

-¡Ah! Escuchad todavía... Elegid una daga cuya empuñadura sea sólida; son muy útiles para las paradas. ¿Veis esta cicatriz en mi mano izquierda? Me la ocasionó el haber salido un día de casa sin daga. Tallard y yo nos desafiamos, y, falto de una defensa importante, llegué a creer que perdía la mano.

-¿Y fue herido el contrario? -preguntó Mergy, adoptando un aire de distracción.

-Gracias a un voto que hice a San Mauricio, mi Patrón, pude matarlo... Cuidad de envolveros bien con alguna tela... Eso no puede perjudicar. No es tan fácil la muerte con esa envoltura... Deberíais también colocar vuestra espada sobre el altar durante la misa...; pero me olvido que sois protestante... Todavía otra advertencia... No hagáis un puntillo de honra de no romper...; por el contrario, dejarle marchar... Está falto de aliento y se ahoga... Procurad cansarle, y cuando encontréis ocasión oportuna, tiraros a fondo, con una buena estocada en el pecho, y os habréis desembarazado de vuestro enemigo.


[1] En aquel tiempo los padrinos no eran simples espectadores, pues se batían también entre ellos.

[2] El duelo concertado entre Comminges y Mergy era a un arma que en francés se llama rapiére. La traducción exacta es espetón; pero he preferido llamarle espada larga, ya que el otro vocablo está en desuso.-N. del T.

jueves, 29 de julio de 2010

CRONICA DEL REINADO DE CARLOS IX. Parte 4



Nos salteamos algunas paginas y nos metemos ahora en el capítulo IX, titulado "El guante", donde nuestro héroe Mergy, debutará espada en manto con el rival amante de la dama que acaba de conocer.

La corte estaba en el castillo de Madrid. La reina madre, rodeada de sus damas, esperaba en su cámara que el rey viniese a desayunar con ella, antes de montar a caballo. El rey, seguido de los príncipes, atravesó lentamente una galería donde aguardaban cuantos debían acompañarle a la cacería. Oía con distracción las flores de los cortesanos y contestaba con brusquedad. Al pasar delante de los dos hermanos, el capitán hincó la rodilla y presentó al nuevo teniente. Mergy se inclinó con gran respeto y dio gracias a su majestad por el honor que acababa de recibir sin merecerlo.

-¡Ah! ¿Sois vos el caballero de quien me ha hablado mi señor, el almirante? ¿El hermano del capitán Jorge?

-Sí, señor.

-¿Sois católico o hugonote?

-Señor, soy protestante.

-No lo he preguntado más que por curiosidad, pues me importa un ardite la religión que tengan los que me sirven bien...

El rey, después de pronunciar estas palabras memorables, entró en busca de la reina.

Un enjambre de mujeres pululaba por la galería, pareciendo enviadas para que perdiesen la paciencia los caballeros. No quiero hablar sino de una sola de las beldades de una corte fértil en bellezas; me refiero a la condesa de Turgis, que desempeña un gran papel en nuestra historia. Se había puesto un traje de amazona, a la vez ligero y galante, y no llevaba el odioso velo. Su tez de una blancura deslumbradora, pero uniformemente pálida, hacía resaltar sus cabellos negro azabache; las cejas arqueadas, que por la extremidad se tocaban ligeramente, comunicaban a su fisonomía un aire de dureza, o más bien de orgullo, sin quitar ninguna gracia al conjunto de los rasgos. En sus grandes ojos azules no se observaba sino una expresión de fiereza peligrosa, y en una conversación animada se veía pronto que sus pupilas se engrandecían y dilataban como las de un gato; sus miradas quemaban como el fuego, y era muy difícil, hasta para un habituado hombre de mundo, sostener algún tiempo la acción mágica de sus ojos.

-¡La condesa de Turgis! ¡Qué bonita está hoy! -murmuraron los cortesanos, procurando acercarse para verla mejor.

Mergy, que se encontraba a su paso, quedó tan encantado de aquella belleza, que permaneció inmóvil, y no se le ocurrió volver a la fila para dejar camino hasta que tocaron su justillo las enormes mangas de seda de la condesa.

Notó ella esta emoción, acaso con placer, y se dignó fijar un instante sus bellos ojos sobre los de Mergy, que bajó los suyos rápidamente, mientras sus mejillas se cubrían de púrpura. La condesa sonrió, y al pasar dejó caer uno de sus guantes al lado de nuestro héroe, que, inmóvil, azorado, no pensó en recogerlo. Pronto un hombre joven y rubio -no podía ser otro que Comminges-, que se encontraba detrás de Mergy, le empujó con rudeza para adelantársele, y asiendo el guante, y después de besarlo con respeto, lo entregó a la de Turgis. Ésta, sin dar las gracias, se volvió a Mergy, a quien contempló un instante con expresión de desprecio; luego llamó a su lado al capitán Jorge.

-¡Capitán! -dijo en voz alta-. ¿Quién es ese pazguato? Seguramente que será hugonote, a juzgar por su cortesía.

Una carcajada general acabó de desconcertar al desgraciado Mergy.

-Es mi hermano, señora -respondió Jorge un poco más bajo-. No lleva en París más que tres días; pero os juro por mi honor que no es tan torpe como lo era Lannoy antes de que os encargaseis de educarlo.

La condesa pareció molestada.

-Capitán, ésa es una fea galantería. No habléis mal de los muertos. Venid. Dadme la mano. Os tengo que hablar de una dama que no está muy contenta de vos.

Jorge tomó respetuosamente su mano y la condujo hacia un alejado rincón de una ventana, y al marchar lanzó ella otra mirada sobre Mergy.

Deslumbrado todavía por la aparición de la condesa, a la que tenía miedo de ver, por lo cual continuaba con los ojos fijos en el suelo. Mergy sintió que le golpeaban cariñosamente en la espalda. Al volverse se encontró con el barón de Vandreuil, que, agarrándole de la mano, le separó de los cortesanos para poder hablar sin ser interrumpido.

-Mi querido amigo -dijo-, no conocéis todavía nuestras costumbres, y quizá ignoréis cómo debéis de conduciros.

Mergy le miró con aire de asombro.

-Vuestro hermano está ocupado y no puede aconsejaros; si lo permitís, le reemplazaré yo.

-No sé, caballero; no sé...

-Habéis sido gravemente ofendido, y al ver esta actitud pasiva, creo que no pensáis en buscar los medios de venganza.

-¿Vengarme? ¿De qué? -preguntó Mergy, rojo hasta en el blanco de los ojos.

-¿No os ha tropezado Comminges hace un momento con rudeza? Toda la corte ha presenciado la ofensa y espera un acto de vuestra energía.

-Pero -dijo Mergy- en una galería donde hay tanta gente nada tiene de extraño que alguno me haya tropezado involuntariamente.

-Caballero de Mergy, no tengo el honor de ser antiguo amigo vuestro; pero lo es vuestro hermano, y él os podrá decir que yo practico, tanto como me es posible, el divino precepto de olvidar las injurias. Por lo tanto, no quisiera meteros en una contienda; pero al mismo tiempo creo que mi deber es deciros que Comminges no os ha tropezado por inadvertencia. Lo ha hecho para afrentaros, y si no os tropieza habría buscado otra ofensa. Después, al recoger el guante de la de Turgis, usurpó un derecho que no correspondía más que a vos. El guante se hallaba a vuestros pies; ergo a vos sólo correspondía recogerlo y entregarlo. Además, mirad al final de la galería y hallaréis a Comminges que os muestra con el dedo y se burla de vos.

Mergy volvió la cabeza y advirtió a Comminges rodeado de cuatro o cinco señores, a quienes contaba riendo alguna cosa que parecían oír con mucha curiosidad. Nada probaba que se tratase de Bernardo; pero ante la afirmación de su caritativo consejero, sintió nuestro héroe que se agitaba una violenta cólera en su corazón.

-Iré a buscarle después de la cacería -dijo- y le hablaré del asunto.

-¡Oh! No demoréis nunca una resolución, y tened en cuenta que ofendéis menos a Dios llamando a vuestro adversario inmediatamente después de la injuria que haciéndolo cuando ha habido tiempo de reflexionar. En un momento de arrebato -que no es más que un pecado venial- se debe provocar a un enemigo, y si se bate uno pronto no se comete un pecado muy grande. Pero olvido que estoy hablando a un protestante. Creedme, sin embargo, que os conviene llamarle en seguida.

-¿Supongo que no se negará a darme las excusas que merezco?

-En eso, querido amigo, estáis equivocado. Comminges no ha dicho nunca: «Perdón; he sido injusto.» Pero es un hombre muy galante y os dará una satisfacción.

Mergy hizo esfuerzos para dominarse y adoptar un aire de indiferencia.

-Si he sido insultado me dará la satisfacción; cualquiera que sea, yo sabré exigirla.

-Muy bien; sois un bravo. Me gusta veros tan audaz, tanto más que no ignoráis que Comminges es una de nuestras mejores espadas. ¡Pardiez! Es un hombre que sabe tener un arma en la mano. Tomó en Roma lecciones de Brambilla, y «Juan el Pequeño» no se atreve a tirar con él.

Y al hablar así, miraba con atención la pálida figura de Mergy, que, sin embargo, parecía más emocionado por la ofensa que miedoso ante sus resultas.

-Me gustaría serviros de padrino; pero además de que comulgo mañana, estoy comprometido con M. de Rheincy, y sólo contra él puedo sacar mi espada[1].

-Os lo agradezco, caballero. Si llega el caso, mi hermano será el testigo.

-El capitán conoce admirablemente esta clase de asuntos. Ahora os voy a traer a Comminges para que os expliquéis con él.

Mergy se inclinó, y volviéndose hacia la pared, pensó la forma del reto, procurando al mismo tiempo que su rostro adquiriese una expresión digna.

Se necesita una cierta gracia para provocar un duelo, y no se adquiere al igual que tantas cosas, sino por la costumbre. Era la primera cuestión personal de nuestro héroe, y, por consecuencia, tuvo un instante de emoción; pero sentía ya menos miedo a recibir una estocada que a decir algo que fuese impropio de un caballero. Cuando apenas si tenía preparada una frase dura y concisa, se presentó el barón de Vandreuil con su enemigo.


[1] Era una regla general entre los refinados no entablar ningún nuevo lance mientras no estuviese resuelto otro anterior.

miércoles, 7 de julio de 2010

CRÓNICA DEL REINADO DE CARLOS IX. Parte 3


Y bueno, iba todo lindo con los amigos, los hermanos que se reencuentran y todo eso, pero costumbres son costumbres, y cuando el honor de una dama está de por medio, en la Francia del siglo XVI era algo grave.

Mergy, que había tomado asiento al lado del barón de Vandreuil, observó que éste, al ocupar su sitio, hizo el signo de la cruz, y musitó, teniendo los ojos cerrados, esta singularísima oración:

¡Sans Deo, pax vivis, salutem defunctis, et beata viscera virginis Mariae quae porfaverunt Aeterni Patris Filium!

-¿Sabéis el latín, barón? -preguntó Mergy.

-¿Habéis escuchado mi rezo?

-Sí; pero os confesaré que no lo he comprendido.

-A decir verdad, yo no sé latín; y apenas si entiendo una palabra del sentido de esa oración; pero me la enseñó una de mis tías, teniéndola por muy milagrosa, y yo puedo asegurar que me ha hecho muy buenos servicios.

-Me parece que esos latinajos son muy católicos, y, por tanto, nosotros, los hugonotes, no podemos comprenderlos.

-¡A pagar la multa! ¡A pagar la multa! -gritaron a la vez Jorge y Beville. Mergy la pagó de buena gana, y en la mesa fueron servidas nuevas botellas, cuyo vino aumentó el excelente humor de la alegre compañía.

La conversación se hizo cada vez más bulliciosa y Mergy se aprovechó del tumulto para hablar con su hermano, sin prestar atención a lo que pasaba a su alrededor. Pero al segundo plato les sacó de su aparte el rumor de una violenta disputa que acababa de estallar entre dos comensales.

-¡Eso es falso! -gritaba el caballero de Rheincy.

-¿Falso? -dijo Vandreuil.

Y su rostro, que era de natural pálido, se puso como el de un cadáver.

-Es la más virtuosa, la más santa de las mujeres -prosiguió el caballero.

Vandreuil sonrió con amargura, encogiéndose de hombros. Todas las miradas estaban fijas en los autores de esta escena, y cada uno parecía querer esperar, en una neutralidad silenciosa, el resultado de la disputa.

-¿De qué se trata, caballeros? ¿A qué viene ese alboroto? -preguntó el capitán, deseoso, según su costumbre, de oponerse a cualquier atentado contra la buena armonía.

-Nuestro amigo Rheincy -respondió tranquilamente Beville- pretende que la señora de Sillery, de la cual se halla enamorado, es muy virtuosa, mientras que el barón afirma que es una cualquiera.

Una carcajada general, que estalló al oír tales palabras, aumentó el furor de Rheincy, que miraba con los ojos inflamados de rabia a Vandreuil y Beville.

-Puedo mostrar una carta -dijo el barón.

-Te desafío a que lo hagas -gritó el caballero.

-¡Bien! -dijo Vandreuil, con tono burlón y desdeñoso-. Voy a leer una de sus cartas a estos caballeros. Quizá conozcan su letra tan bien como yo, pues no tengo la pretensión de creerme el único hombre agraciado por sus billetitos y sus encantos. He aquí una carta que hoy mismo me ha enviado ella.

Y empezó a escudriñar en sus bolsillos a la rebusca del billete.

-¡Mientes! ¡Mientes!

La mesa era muy ancha para que la mano del barón pudiera alcanzar a su contrario, que se hallaba enfrente de él.

-¡Te haré pagar muy caro ese insulto! -gritó.

Y, acompañando la acción a la palabra, le arrojó una botella a la cabeza. Rheincy pudo eludir el golpe, y, derribando la silla en su precipitación, corrió a descolgar su espada de la pared.

Todos se levantaron; unos, para intervenir en la quimera, y la mayor parte, por la precaución de no estar muy cerca.

-¡Deteneos! ¿Estáis locos? -exclamó Jorge, colocándose delante del barón, por tenerle más próximo-. ¿Se van a batir dos buenos amigos por una despreciable mujerzuela?

-Una botella arrojada a la cabeza equivale a un bofetón -decía fríamente Beville-. ¡Vamos, caballeros! ¡A desenvainar las tizonas!

-¡Hacer plaza! ¡Hacer plaza! ¡Y a pelear con limpieza! -gritaron casi todos los jóvenes.

-¡Hala, Juanito!... Cierra la puerta -dijo indolentemente el hostelero, acostumbrado a presenciar escenas semejantes-. Si los arcabuceros del rey pasasen en este momento, interrumpirían a esos caballeros, y perjudicarían mi casa.

-¿Pero vais a batiros en un comedor de hostería como si fuerais soldados borrachos? -prosiguió Jorge, deseoso de ganar tiempo-. Esperad al menos a mañana.

-¿Hasta mañana?... Pues bien, sea -dijo Rheincy.

E hizo ademán de envainar la espada.

-¿Hay miedo, caballerito? -contestó Vandreuil.

Rápido Rheincy, separando a cuantos obstruían su ataque, se lanzó sobre su enemigo. Los dos se acometieron con grande ímpetu; pero Vandreuil había tenido tiempo de arrollarse una servilleta al brazo izquierdo y se valía de ella, con mucha habilidad, para evitar los golpes de filo, mientras que Rheincy, el cual había olvidado tal precaución, se encontraba en situación desigual, y fue ligeramente herido en los primeros asaltos. Sin embargo, no dejaba de pelear con gran valentía. Llamó a sus lacayos y les pidió que le trajesen su daga; pero Beville los detuvo, manifestando que como Vandreuil carecía de ese arma, su adversario no podía, pues, usarla noblemente. Algunos amigos de Rheincy protestaron contra ello; cambiáronse palabras fuertes, y es seguro que el duelo habría concluido con un combate general si Vandrauil no se desembarazase a escape de su adversario, hiriéndole en el pecho con una estocada hábil y peligrosa. En el acto colocó un pie sobre la espada de Rheincy, para impedirle que la recogiera, y levantó la suya, con objeto de dar el golpe de gracia mortal, pues las costumbres de los desafíos permitían en aquel entonces atrocidad tan cobarde.

-¡Herir a un enemigo desarmado! -exclamó Jorge.

Y arrancó la espada al barón.

La herida del caballero no era mortal; pero ya iba perdiendo mucha sangre. Se fue atajándola, lo mejor que se pudo, con las servilletas, mientras que el herido, con una risa forzada, decía entre dientes que el asunto no había terminado.

En seguida acudieron un fraile y un cirujano, disputándose cuál debía atender antes al paciente. El cirujano fue al fin el preferido, e hizo transportar al enfermo hasta la orilla del Sena, desde donde se le condujo en una barca hasta su casa...

Mientras que los criados se llevaban las servilletas ensangrentadas y limpiaban el pavimento, rojo de la sangre vertida, fueron colocándose nuevas botellas sobre la mesa... Vandreuil, después de limpiar cuidadosamente su espada, la envainó, hizo el signo de la cruz, y, con una imperturbable sangre fría, sacó de su bolsillo una carta, suplicó silencio y leyó la primera línea, cuyas palabras produjeron enormes carcajadas:

«Querido: Ese fastidioso caballero que me persigue...»

-Salgamos de aquí -dijo Mergy a su hermano, con una expresión de disgusto.

El capitán le siguió... La carta absorbía la atención de todos, y no fue notada la ausencia de los hermanos.