martes, 1 de septiembre de 2009

EL GUANTE DE Mme DU LACROIXE


La reunión en el salón principal de la mansión de la condesa Chevreuse se desarrollaba con gran pomposidad por parte de los invitados, quienes se encontraban a la altura de su anfitriona.

Por grupos, - en algunos casos de damas, en otros, de caballeros y en otros, mixtos -, hombres y mujeres hablaban, reían y se comunicaban las novedades de los últimos días en París, en toda Francia y en Europa.

Junto a un amplio ventanal que de día ofrecía una bellísima vista de un majestuoso jardín, el caballero Bernard Montgomery mantenía una entretenida conversación con dos caballeros y una dama. Uno de los caballeros había regresado recientemente de Inglaterra y comentaba los sucesos acaecidos en ese reino el mes anterior, cuando los campesinos del sur de Dervy, liderados por un grupo de nobles, se habían revelado contra un impuesto que el rey había dictaminado para solventar su flota militar.

A escasos dos metros de allí, junto a un arreglo floral, Mme. Du Lacroixe y Mme Moulleron también tenían una interesante conversación, aunque en este caso versaban sobre las virtudes de los caballeros presentes en el lugar. Todos sabían que Mme. Du Lacroixe y M. Montgomery eran amantes, incluso solían mostrarse en público, pero en reuniones de esta naturaleza solían presentarse por separado y hasta se permitían cada uno tener contactos con otras personas sin por eso llevarse algún reproche.

Recientemente llegado de Lorena, un joven caballero conversaba con dos jóvenes y elegantes damas. El objetivo de este caballero, llamado M. d’Alaux, al dialogar con estas bellas damas, no era otro que causar los celos de su amante, Mme Bouquez, quien se encontraba presente en otra parte del salón y con quien había discutido fuertemente el día anterior, negándose esta última a recibirlo durante la tarde de ese día, como habían acordado.

Pero volvamos nuestra atención a Mme Du Lacroixe y Mme Moulleron. Mme Du Lacroixe, de 23 años, era una de las damas más bellas en esas reuniones y había sido causa de una decena de desafíos entre varios caballeros, aunque en al menos cuatro de ellos, uno de los duelistas había sido M. Montgomery, su actual amante. Era esta una forma de ganar prestigio una mujer: cuantos caballeros estaban dispuestos a desenvainar su espada por ella. Lo que prácticamente nadie sabía de esta dama era su gran afición a los duelos, algo que era mas fuerte que ella y que le provocaba una gran excitación. Las circunstancias se fueron dando de tal forma que pronto se le cruzó una idea por su mente, tal vez con el afán de divertirse, o simplemente por el morbo que le causaba: provocar un duelo a su voluntad.

Montgomery seguía tan afanado en su conversación, sin prestarle atención a ella que se propuso hacerle desenvainar su estoque por ella esa misma noche. Sabiendo que M. d’Alaux era un gran espadachín, esperó a que este se acerque un poco más hacia donde ella se encontraba y con ademán de que hacía un poco de calor esa noche, le dijo a Mme. Moullerón que se quitaría uno de sus largos guantes para no sufrir tanto la temperatura. Permaneció por espacio de un cuarto de hora jugando con su guante, como acariciándolo desde su extremo hasta los dedos.

Casi sin pensarlo la situación se puso totalmente a su favor, ya que Montgomery quedó mirando en dirección de ella, pero siguiendo su charla con los dos caballeros y la dama, y d’Alaux se acercó conversando con una dama casi hasta donde ella se encontraba. Mme. Du Lacroixe se encontró en medio de los dos caballeros, quienes seguían en su mundo, pero sin dudarlo, dejó deslizar su guante por entre los pliegos de su vestido de noche. El resultado no pude ser mejor: ambos se precipitaron para recogerlo y entregarlo a la dama, y ambos lo hicieron al mismo tiempo, levantándose lentamente, asiendo el largo guante cada uno por un extremo y estoqueándose en silencio con sus miradas, hasta que Mme. Du Lacroixe lo recogió.

- Son muy corteses, caballeros, gracias por preocuparse de esta forma por mi – dijo al tomar nuevamente el guante entre sus manos y alejarse con Mme. Moulleron, observando de reojo la actitud de ambos.

La situación fue tensa y no hubo un desafío ahí mismo debido al gran respeto que sentían por la condesa Chevreuse, la anfitriona, enemiga acérrima de los duelos.

Una mirada hacia la puerta del jardín por parte de Montgomery fue muy bien interpretada por d’Alaux, y ambos con gran cautela dejaron pasar un tiempo prudencial, como si nada hubiere ocurrido, para que nadie esté pendiente y se olviden del incidente. Eso fue lo que ocurrió, a excepción de Mme. Du Lacroixe, quien mantenía vigilados los movimientos de ambos caballeros.

En un momento, Montgomery, pasando desapercibido, abrió la puerta del jardín y se alejó por el corredor lateral. Mme. Du Lacroixe vio como unos minutos mas tarde hizo lo propio d’Alaux. Sabía que no habría duelo ahí mismo, pero si un desafío, con lo que llamó a su criada Catalina.

- Con sigilo cuéntame que hablan los dos caballeros que están en el jardín – le dijo a la joven muchacha – pero ve por aquella puerta lateral y recuerda, que no te vean.

La joven criada se aproximó lo más que pudo para oír la breve conversación.

- Dejarme en ridículo frente a Mme. Du Lacroixe es intolerable – dijo Montgomery

- Depende de cómo lo vea usted, desde mi punto de vista, quien quedó en ridículo he sido yo – replicó d’Alaux.

- Sólo dígame a que hora y en qué lugar, esto no hay otra manera de resolverlo – con vehemencia expresó Montgomery.

- Al amanecer, en la puerta lateral del monasterio de las clarisas, si le parece cómodo – propuso d’Alaux.

- Me parece bien, pero encuentro difícil encontrar padrinos a estas horas – comentó Montgomery.

- Usted es un caballero de prestigio, no tengo problema en que nos batamos sin ellos.

- Es usted un caballero muy cortes, será un honor batirme, mas tratándose de Mme. Du Lacroixe.

La criada regresó junto a Mme. Du Lacroixe y le dijo:

- Señora, esos caballeros se batirán por usted.

Y sin omitir ni puntos ni comas, le relató palabra por palabra el diálogo entre ambos, con lo cual Mme. Du Lacroixe supo a que hora y en que lugar se batirían y le dijo a su criada.

- Catalina, prepara ropa para ir a la puerta lateral del convento de las clarisas bien temprano.

Terminada la reunión, Mme. Du Lacroixe se retiró a sus aposentos y esperó la segura llegada de su amante. Cuando éste llegó, ella fingió no saber nada de lo que había ocurrido luego de haber tomado su guante, con lo que puso cara de gran sorpresa cuando Montgomery le dijo que en pocas horas se batiría en duelo por ella. Mme. Du Lacroixe abrió grandes los ojos y no pudo evitar sentir un cosquilleo en todo el cuero, y comenzó a interrogar el por qué de ese asunto, y volvió a fingir estar consternada y sentirse culpable. Abrazó a su amante con fuerza y comenzó a besarlo.

- Voy a compensar el sacrificio que hacéis por mi – le dijo mientras comenzaba a desvestirlo.

Hicieron apasionadamente el amor y cuando llegó la hora, Montgomery comenzó a vestirse.

- Es hora de partir – le dijo – deséame suerte.

- Tomad esto como amuleto de la suerte, ya que fue lo que os ha puesto en este trance – le dijo Mme. Du Lacroixe, atando el largo guante de la discordia en su brazo derecho.

Él se despidió con un beso apasionado y se alejó por la estrecha calle que daba a un lateral de la catedral.

Aun no amanecía, sólo se notaba algo de claridad en el cielo, pero al alejarse cien metros la mujer ya no notaba con nitidez la figura de su amante alejándose, con lo que ella también salió a la calle, pero llegando al lugar del encuentro por otro camino. Llegó a tiempo para ver la llegada de d’Alaux, quien de inmediato se aproximó a Montgomery para saludarlo estrechando su mano con cortesía. Acto seguido, se alejaron unos metros hacia un corredor para dejar allí sus capas y luego se internaron en un jardín, donde había espacio suficiente para moverse. Todo era observado por las dos mujeres detrás de unos arbustos contra una columna, aunque no podían distinguir que cosas se decían.

Ambos tenían camisas blancas y pantalones oscuros, además de botas y guantes, empuñaron sus espadas, se saludaron nuevamente y se pusieron en posición de guardia. Se observaban a los ojos fijamente pero apenas si se movían, hasta que de a poco comenzaron unos esbozos de ataques. Así trascurrieron dos o tres minutos, observándose, analizando por donde atacar y poco a poco comenzaron a embestirse, cuidando muy bien sus defensas y buscando un blanco vulnerable de su enemigo. Luego de una serie de ataques y contra ataques se oyó un grito y ambos dieron unos pasos hacia atrás. La espada de d’Alaux había tocado el muslo de su rival y de ahí el grito. Mme. Du Lacroixe vio a su amante cojear un poco y revisar su herida, mientras d’Alaux lo esperaba, y al ver que no era nada grave se volvió a poner en guardia, atacando de inmediato, como si quisiera vengar esa herida propiciándole una a su rival. La lucha se volvió más vigorosa, con mas cantidad de ataques y menos cautela en la defensa y en breve se oyó otro grito, esta vez de d’Alaux. Montgomery lo había herido en el hombro. Como la herida no era grave, reanudaron la lucha con mas ímpetu que antes y en los minutos que siguieron ambos se tocaron con sus estoque en varias ocasiones, haciendo que sus blancas camisas comiencen a estar marcadas con varias manchas rojizas.

Ambos duelistas comenzaron a mostrarse cansados. La fiesta de la noche anterior, y la noche con sus respectivas amantes habían hecho que ambos lleguen al combate sin haber dormido ni un minuto siquiera, pero aun así continuaron luchando, cada vez con menos reflejos, y en una embestida que se hicieron mutuamente volvió a sentirse un grito mas fuerte que los anteriores y d’Alaux cayó de rodillas, arrojando a un lado su espada, con lo que indicaba que se rendía.

Montgomery lo había herido en el vientre y parecía que podía ser grave la herida, por lo que dejó su espada en el suelo y fue a auxiliar a su rival, a quien ayudó a recostarse en la hierba. Examinó el tajo y vio que no era una herida profunda, pero si dolorosa y emanaba mucha sangre, de manera que tomó su pañuelo y presionó sobre la herida para al menos disminuir la hemorragia.

- Muchos caballeros se baten en este lugar, por lo que las monjas están acostumbradas a atender estas heridas – le dijo Montgomery a su rival. – Lo llevaré hasta la puerta y golpearé para que lo atiendan, yo me iré antes que me vean, ya que si nos ven a los dos, nos denunciarán ante las autoridades por duelistas, en cambio así, usted podrá decir que fue atacado por forajidos.

- ¡Muchas gracias!, pero… ¿creerán que fui atacado?- inquirió d’Alaux.

- No, de inmediato sabrán que fue un duelo, pero al no saber quien lo hirió, no podrán hacer nada y deberán creerle – le contestó Montgomery.

Como a Montgomery también le pesaban sus heridas, le costó trabajo ayudar a ponerse de pie a su rival y acompañarlo hasta la puerta, donde lo recostó con mucho cuidado, para luego ir a buscar su capa y taparlo, ya que el frío se hacía notar. Golpeó luego la puerta, se despidió de d’Alaux y se retiró con prisa, recogiendo primero su capa y envolviéndose en ella, para que los transeúntes no vieran su camisa manchada en sangre con lo que se delataría.

- En adelante espero tenerlo como amigo – le dijo d’Alaux antes de que parta su contrincante de esa aventura.

- Considérelo así – le respondió Montgomery. – Ha sido un honor cruzar mi espada con la suya.

Y se fue.

Las mujeres se habían ido unos momentos antes, ya que Mme. Du Lacroixe sabía perfectamente que Montgomery iría a verla después del duelo, con lo que se apresuraron a llegar antes que él. Apenas había terminado de ponerse su ropa de cama y fingir haber estado durmiendo, - o al menos acostada pero sin poder dormir preocupada por la suerte que su amante podría correr – cuando Montgomery llegó, cansado, herido, pero feliz.

- Mme., su guante me ha salvado, hacía tiempo que no tenía un rival tan hábil, el duelo fue duro, como podrá ver el estado en el que llego, pero he triunfado.

- Que alivio para mi corazón, no pude pegar un ojo pensando en su suerte, pero ¿Cómo está M. d’Alaux? ¿está herido?

- Si, pero lo dejé a cuidado de las monjas clarisas, frente al convento de ellas fue nuestro duelo, no está grave por suerte.

- ¡Pero mire usted como esta! Quítese la ropa, así puedo curar esas heridas.

Tuvo Mme. Du Lacroixe un deseo grande de volver a hacer el amor con ese hombre, todas esas heridas habían sido por su causa, pero el cansancio pudo más y Montgomery cayó en un profundo sueño.

Durante la mañana, Mme. Du Lacroixe había enviado a Catalina a averiguar por el estado de d’Alaux, y supo que se reponía favorablemente, con lo que decidió enviarle un pequeño billetito que decía lo siguiente: "Supe que sus heridas fueron por mi culpa y me enorgullezco de ello, desearía que me venga a visitar. Mme. d. L.."

sábado, 8 de agosto de 2009

UN CHOQUE DE CARROZA COMO EXCUSA


Gracias a Diana de Meridor podemos disfrutar de este curioso duelo. Es bueno recordar que los duelos estaban prohibidos por lo que se solía recurrir con frecuencia a los "encuentros", esto es, una lucha producto de un encuentro casual por un motivo del momento, lo cual no estaba penado de la misma forma que un duelo, el cual tenía un grado de premeditación.

Para evitar el castigo de la ley, se solía pasar una "duelo" como si hubiera sido un "encuentro", aunque el enfrentamiento estaba pautado de antemano, como ocurre en esta historia.

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René du Bec-Crépin, marqués de Vardes, ingenioso cortesano, era aún muy joven por la época de su duelo con Claude de Saint-Simon. Éste, en cambio, ya contaba 39. El motivo de la riña fue una discusión por la concesión de ciertos beneficios eclesiásticos. En enero de 1647 ambos acordaron batirse un mediodía en la Puerta de Saint-Honoré, en el extremo occidental de la Rue de Saint-Honoré, cerca del convento de las Hijas de la Concepción. Era un lugar muy solitario por entonces. Para que no pareciera un duelo premeditado, pues estaban prohibidos, idearon el modo de que todo pareciera surgido de un incidente fortuito. El carruaje de Vardes le cortaría el paso al de Saint-Simon, los cocheros reñirían por ver cuál tenía preferencia, y sus amos, haciendo suya la causa, echarían pie a tierra, cada uno con su segundo, y se batirían allí mismo de inmediato.

Por la mañana Saint-Simon había estado en el Palais-Royal, cumplimentando a la reina. Luego fingió que salía en compañía del mariscal de Gramont, al que acompañaría a hacer algunas visitas en el Marais. Cuando bajaban juntos por las escaleras, Saint-Simon disimuló pretextando haber olvidado algo arriba, se excusó, subió, y luego volvió a bajar cuando Gramont ya se había ido. Se encontró entonces con La Roque Saint-Chamarant, un hombre de su confianza y que comandaba su regimiento de caballería. Era él quien le habría de servir de segundo en el duelo. Así pues, ambos entraron en el carruaje y se dirigieron a la Puerta de Saint-Honoré.

Vardes, que esperaba en una esquina de la calle, vio aproximarse a la carroza y se procedió del modo acordado. Hubo latigazos de uno y otro cochero, las cabezas de sus amos se asomaron por la ventanilla; salen del coche furiosos y se baten espada en mano. La fortuna favoreció a Saint-Simon: Vardes cayó herido en un brazo y fue desarmado. Como se confesó vencido, su rival fue lo bastante generoso para renunciar a causarle cualquier otra herida que proclamara su victoria. Juntos fueron a separar a sus segundos.

La carroza de Saint-Simon era la que se encontraba más próxima, de modo que se decidió trasladar en ella a Vardes hasta su domicilio. Sus rivales montaron con él, se separaron después civilizadamente y el vencedor se dirigió a su casa.

Madame de Châtillon se alojaba entonces en una de las últimas mansiones de la calle, cerca de la Puerta de Saint-Honoré. Al ruido que hicieron cocheros y carruajes se asomó a la ventana, y así pudo presenciar todo el combate. Por tanto, la historia no tardó en conocerse, y los duelistas debieron rendir cuentas ante la reina. Saint-Simon ensayó bien las respuestas que debía dar, por lo que se libró de todo castigo, mientras que Vardes, considerado el agresor, fue conducido a la Bastilla. De todos modos sólo permaneció allí por espacio de diez o doce días.

jueves, 9 de julio de 2009

EL GOLPE DE JARNAC


Esta vez no va una novela, pero si la historia de un golpe famoso.

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Golpe de Jarnac en francés moderno denota un golpe violento, imprevisto y decisivo, considerado erróneamente como un golpe artero o desleal.
La expresión en idioma francés, debe su origen a la estocada con la que Guy de Chabot, futuro barón de Jarnac venció en un duelo el 10 de julio de 1547 a François de Vivonne, señor de la Chataigneraie.
E
n su acepción primigenia, es una estocada infligida a la parte trasera de la rodilla o del muslo. Poco después, se convirtió en sinónimo de golpe hábil. Pero a partir del diccionario de Trévoux (fines del siglo XVIII), adquiere un sentido peyorativo que aún hoy en día conserva. Fue Émile Littré quien restableció la acepción de origen, en el sentido de un golpe decisivo, hábil, pero leal.
El duelo
Guy Chabot, oriundo de Saint-Gelais, y futuro séptimo barón de Jarnac a la muerte de su padre, se había casado en marzo de 1540 con Louise de Pisseleu, hermana de la futura duquesa de Etampes, Anne de Pisseleu, quien además era amante del rey Francisco I de Francia. El delfín - el futuro Enrique II de Francia-, había hecho correr el rumor, muy probablemente instigado por su amante Diana de Poitiers, que Guy Chabot le debía a su cuñada toda suerte de favores.
La Duquesa de Etampes, ultrajada, exigió a su real amante justicia. El culpable, el delfín, temía la cólera de su padre y le encargó a su amigo François de Vivonne, señor de La Châtaigneraie que dijera que era él el autor de los rumores, y que no había hecho sino supuestamente repetir lo que Guy Chabot le habría dicho.
Por su parte, Chabot no pudo sino pedir al rey permiso para lavar su honor, pero Francisco I rehusó concederle en vida el derecho al duelo. El rey era consciente de que no se trataba sino de "disputas entre mujeres celosas".
A la muerte de Francisco I, Enrique II ascendió al trono. Guy Chabot renovó su pedido, que esta vez fue recibido favorablemente. Pero la reputación de buen tirador de François de Vivonne era tal que, entretanto, Guy Chabot tomó clases con un espadachín italiano quien le enseñó un mandoble desconocido hasta entonces. Este maestro de armas también había previsto explotar una debilidad del rival de Guy Chabot: una vieja herida en la rodilla. Le recomendó que eligiera un arma pesada, la espada a dos manos, para cansarlo y volver sus desplazamientos más lentos.
El duelo tuvo lugar el 10 de julio de 1547, frente al castillo de Saint-Germain-en-Laye. Al principio, el combate favorecía a François de Vivonne, hasta que Guy Chabot le asestó la estocada que ahora lleva su nombre. El golpe se hundió en el jarrete de su adversario. El golpe fue declarado por los árbitros "de buena ley", y ante la sorpresa general, Guy Chabot fue declarado vencedor.
Una crónica que ha llegado hasta nuestros días y que se conserva en la Biblioteca Nacional de Francia en París, relata que François de Vivonne, quien esperaba ganar fácilmente el duelo, había previsto dar un banquete la noche misma del duelo. Pero fue tan humillado por esta derrota, que se arrancó las vendas de su herida, y murió durante la noche. Un tumulto se produjo con una represión despiadada.
Reconstitución histórica
El 30 de junio de 2007, figurantes y actores recrearon la historia del castillo de Saint-Germain-en-Laye, y uno de los cuadros dedicados al rey Enrique II de Francia consistió en la reconstitución del famoso duelo.

sábado, 13 de junio de 2009

TERCER DUELO ENTRE FERAUD Y D'HUBERT


Este es el tercer duelo que se da entre los tenientes Feraud y D'Hubert, en el libro de Joseph Conrad, El Duelo. Luego de una campaña militar, ambos militares se encuentran y vuelven a desafiarse, en el duelo más cruento entre ambos, con final inconcluso.

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No obtuvo su promoción hasta una semana después de Austerlitz. Durante algún tiempo, la caballería ligera del gran ejército estuvo ocupa­dísima en interesantes labores.; Apenas disminuyó la atención de las tareas profesionales, el capitán Feraud se preocupó de organizar un encuentro sin pérdida de tiempo.

"Conozco bien a mi pájaro —observaba som­bríamente—. Si no ando muy vivo, se las arre­glará para que lo asciendan por sobre una docena de compañeros más meritorios que él. Tiene un verdadero talento para esta clase de maniobras." Este duelo se llevó a cabo en Silesia. Y si no terminó con una derrota, fue por lo menos pro­seguido hasta el total agotamiento de ambos con­trincantes. El arma era el sable de caballería, y la pericia, la, ciencia, el vigor y la determinación de ambos adversarios provocaron la admiración de los testigos. Este encuentro se convirtió en el tópico de mayor interés en ambas orillas del Da­nubio y su rumor alcanzó hasta las guarniciones de Gratz y Laybach. Siete veces cruzaron los sa­bles. Ambos tenían heridas de las que manaba sangre en abundancia. Ambos rehusaron inte­rrumpir el combate, rechazando toda insistencia, manifestando un mortal rencor. Por parte del capitán D'Hubert, esta impresión era causada por su deseo racional de terminar de una vez por todas con el asunto; por parte del capitán Fe­raud, por una tremenda exaltación de sus instin­tos belicosos y el formidable estímulo de la vanidad herida. Finalmente, desgreñados, con las camisas hechas jirones, ensangrentados y manteniéndose difícilmente en pie, fueron separados a la fuerza por sus atónitos y horrorizados padrinos. Más tarde, asediados por sus compañeros ansiosos de conocer los detalles, estos caballeros declararon que no habrían podido permitir que continuaran indefinidamente en esa carnicería. Cuando se les preguntó que si esta vez los adversarios conside­raban saldada su diferencia, expresaron su convencimiento de que era ésta de tal naturaleza, que sólo podría liquidarse con la vida de una de las partes. La sensacional noticia se extendió de un cuerpo de ejército a otro, penetrando hasta los más pequeños destacamentos de tropas acanto­nados entre el Rin y el Save. En los cafés vieneses se estimaba, por datos fidedignos, que los adver­sarios estarían en condiciones de enfrentarse nuevamente en el campo del honor, al cabo de tres semanas. Se esperaba algo realmente extra­ordinario en materia de duelos.

Estas esperanzas fueron frustradas por las exigencias del servicio, que separaron a los dos capitanes. Las autoridades oficiales no se habían dado por enteradas de su desafío. Era ésta una cuestión de honor que ya pertenecía al ejército y no se le podía comentar ligeramente. Pero la historia del duelo, o más bien la afición duelís­tica de nuestros héroes, debe haberse interpuesto en el progreso de sus respectivas carreras, pues aun eran capitanes cuando volvieron a reunirse durante la guerra con Prusia. Destacados hacia el Norte después de Jena, junto con el ejército dirigido por el mariscal Bernadotte, príncipe de Ponte Corvo, entraron juntos en Lülbeck.

lunes, 1 de junio de 2009

LOS DUELOS EN LA FRANCIAS DEL SIGLO XVII




Nuevamente gracias al aporte de Diana de Méridor.

Fragmento de la obra Descartes, de Richard Watson:


“El duelo era un juego peligroso. Los reyes y generales lo detestaban porque así perdían a muchos de sus mejores hombres. En Francia, Luis XIII proscribió los duelos definitivamente en 1627, después de que el gran espadachín François de Montmorency, conde de Bouteville, y su primo Rosmaduc, conde de Chapelles, desobedecieron su orden inicial. El 21 de junio de 1627, en París, lucharon contra el marqués de Beauvon y el marqués de Bussy, tres contra tres …, al mediodía en la Place Royale, hoy llamada Place des Vosges. Rosmaduc mató a su oponente.


“¡Un duelo a mediodía! ¡Y con la presencia de todos los cortesanos! Debía de ser emocionante: los combatientes vestidos a la última moda con sus capas, botas y sombreros emplumados, mofándose e insultándose mientras hacían gala de su noble orgullo francés. Y qué manera de desafiar al rey, que a fin de cuentas era sólo otro noble más. Y no tan buen espadachín, llegado el caso.


“En fin, uno no ejecuta a nobles de tan rancia estirpe, pero Luis XIII mandó ajusticiar a Bouteville y Rosmaduc, a pesar de las súplicas de toda la nobleza. Aunque, eso sí, permitió que las familias se llevaran los cuerpos para sepultarlos. Beauvon escapó y recibió el indulto dos años después. Pero las ejecuciones demostraron que Luis XIII se había propuesto abolir esta costumbre tradicional. El rey tenía buenos motivos, en definitiva. Estaba perdiendo demasiados hombres capaces. Cientos de sus mejores lugartenientes morían en duelos todos los años. Bouteville tenía 28 años cuando se le condenó a la pena de muerte. Se inició en los duelos a los 15 años, y había participado en 22. Billy el Niño no superaba a Bouteville, ni en su sangre fría de duelista ni en su gran notoriedad.”


Notas sobre la Place des Vosges
:

Desde su conclusión, en 1612, la Place Royal se convirtió en el centro de la vida elegante, desfiles y fiestas. El nombre actual de Place des Vosges se le otorgó en 1800 en honor del primer departamento que pagó sus impuestos.


Está compuesta por 36 pabellones que han conservado su disposición original con soportales y dos pisos, en los que alternan el ladrillo rojo y la piedra blanca, rematados por un tejado de pizarra de fuerte pendiente y buhardillas, patio trasero y jardines ocultos. En resumen, un conjunto comparable a las grandes "plazas mayores" de las ciudades castellanas.


El pabellón del Rey, responde simétricamente al pabellón de la Reina, con decoración muy sobria.


En el centro de la plaza, un simpático jardín público permite aprovechar, en los días de buen tiempo, los rayos del sol... A menos que se prefiera la sombra de los soportales donde de vez en cuando un concierto clásico improvisado atrae a los curiosos, mientras que los escaparates de las galerías de arte o de antigüedades, encantan, chocan o sorprenden a los transeúntes... Algunos de ellos buscan las sombras del pasado que poblaban esta plaza: Madame de Sévigné nació en el nº 1 bis, Théophile Gautier y Alphonse Daudet vivieron en el nº 8, Marion Delorme en el nº 11, Bossuet en el nº 17, Richelieu en el nº 21 ( los dos duelistas pagaron con su vida la insolencia de enfrentarse bajo sus ventanas cuando el cardenal acababa de prohibir los duelos). Y además, Victor Hugo.

En los soportales cercanos están documentados varios duelos de mosqueteros.

Duelo de los Mignons en el mercado de caballos (Actual Place des Vosges)

El 27 de abril de 1578, en el mercado de caballos, actual Plaza de Vosges, tuvo lugar el llamado Duelo de los Mignons, que enfrentó a tres favoritos del rey Enrique III con tres del duque de Guisa. Por parte del rey eran Jacques de Caylus, Louis de Maugiron y Jean d’Arcès. Representando a los Guisa participaron Charles de Balzac, Ribérac y Georges de Schomberg.

Maugiron y Schomberg resultaron muertos en el enfrentamiento. Ribérac murió al mediodía siguiente a consecuencia de las heridas. D’Arcès fue herido en la cabeza y hubo de permanecer en el hospital durante seis semanas. En cuanto a Caylus, recibió nada menos que 19 heridas y falleció tras 33 horas de agonía. Sólo Balzac se libró con sólo un rasguño en el brazo.

Esta absurda pérdida de vidas humanas impresionó fuertemente la imaginación de las gentes. Jean Passerat escribió una elegía sobre el tema, Plaintes de Cléophon. En el tratado político El Teatro de Francia, de 1580 el duelo era recordado como “el día de los cerdos”. Montaigne describió el episodio como “una imagen de cobardía”, y Brantôme lo relacionaba con la deplorable expansión de los modales italianos y gascones en la corte de Enrique III.

El incidente empeoró considerablemente las ya malas relaciones entre el rey y el duque de Guisa.

lunes, 11 de mayo de 2009

ACTA DEL DUELO ENTRE EL INFANTE DON ENRIQUE Y EL DUQUE DE MONTPENSIER


Gracias al aporte de Diana de Meridor, tenemos aquí el acta de un duelo fatal que se celebró en España.


Acta del duelo entre el infante don Enrique y el duque de Montpensier

En Madrid a 12 de marzo de 1870, siendo las ocho de la tarde, reunidos los que suscriben en la casa morada del Excmo. Sr. Teniente General don Ferando Fernández de Córdova, acordaron levantar acta de todo lo ocurrido en el lance de honor concertado en la noche de ayer y llevado a término en la mañana de hoy en la forma siguiente.


Siendo las diez del día, se presentaron en el exportazgo de las ventas de Alcorcón, el Sr. Infante D. Enrique de Borbón y el Sr. Duque de Montpensier, acompañados de los infraescritos y los doctores D. José Sumsi y Luis Leira.


Acto continuo, se dirigieron todos los referidos a la Escuela de Tiro en la dehesa de los Carabancheles y, obtenida la licencia del Sr. Comandante jefe de aquel puesto militar para probar unas pistolas, se eligió un lugar próximo al blanco de los tiros de cañón.

Medida entre el Sr. General Córdova y D. Federico Rubio con un metro la distancia de nueve en cumplimiento del acuerdo número primero, pareció a ambos que resultaba corta en el campo y propusieron alterar en este punto lo pactado, alargando un metro más la distancia; cuya proposición fue aceptada sin discusión y con el mayor gusto por todos los demás testigos; en cuya virtud se midió y rayó, a uno y otro extremo, la distancia de diez metros, fijándola además con dos piquetes.


Acto seguido, se procedió a echar suerte para que ésta designara quién debía disparar primero, resultando corresponder al Sr. Infante D. Enrique.


De igual manera se procedió para elegir el punto en que se habían de colocar los combatientes y correspondió la elección al Sr. Infante D. Enrique.


Entregadas a dicho señor y al Sr. Duque de Montpensier sus armas respectivas, se dio la voz de “atención” y perteneciendo al Sr. D. Enrique disparar primero, hizo fuego sin resultado y respondió con su disparo el Sr. Duque, con igual suceso.


Cargadas nuevamente las pistolas, conferenciaron los infraescritos sobre la condición establecida número 2 que disponía acortar en un metro la distancia si el primer disparo no daba resultado, y sin discusión se acordó unánimemente que no se diese cumplimiento al artículo y no se disminuyese la distancia de los diez metros.


Disparó por segunda vez el señor Infante, sin que ocurriera novedad.


Hizo su disparo el señor duque y la bala, dando entre la caja y la llave de la pistola de su adversario, se partió en dos: media quedó incrustada entre los muelles y la otra mitad, chocando en la levita por encima de la clavícula derecha, rompió el paño sin penetrar en el chaleco. Reconocido el señor infante por los facultativos y preguntado con la debida solicitud por los testigos de una y otra parte si sentía molestia en algún punto o alguna dificultad que le estorbase, contestó negativamente repetidas veces; y examinado, no obstante, con la atención oportuna, no resultó que estuviese herido ni contuso.

En este momento, el señor general Alaminos se acercó al señor Rubio preguntándole si aquel accidente no sería bastante a dejar en lugar honroso a las partes, sin ser necesario que continuase el duelo; contestado afirmativamente por el señor Rubio, pasaron a proponer esta opinión a sus demás compañeros y, después de discutida con el mejor ánimo por parte de todos, se convino unánimemente en que la condición establecida en el número 6 prescribía que el combate no había de terminar hasta resultar herida y que, de haberla por pequeña que fuese, podría aprovecharse benignamente dicha circunstancia; pero que no existiendo ni tampoco contusión y declarando el infante con insistencia que no había recibido ningún daño ni sentido molestia que le dificultase el manejo de su arma, dada la publicidad del caso, el carácter de las personas, el hecho de haberse alterado benignamente las dos condiciones más duras del combate, y lo ocasionados que son estos sucesos a ser objeto de prolongadas interpretaciones que dejan peor parado el decoro de los combatientes, aun habiendo sufrido todos los peligros del duelo, se acordó por unanimidad que continuase.

Hizo su tercer disparo el infante don Enrique, sin resultado.

Disparó en su turno el señor duque y cayó en tierra el infante don Enrique.

Reconocido por los doctores Sumsi, Leira y Rubio, resultó tener una herida penetrante en la región temporal derecha; las arterias temporales estaban rotas; la masa cerebral, perforada; la vida de relación y de sensibilidad, abolida; la respiración, estertorosa.


Acompañado por testigos de una y otra parte hasta que vino una camilla que, recogiéndolo, llevó el cuerpo del señor infante al próximo campamento, se convocaron los infraescritos para la sesión presente y acordaron levantar este acta, en cumplimiento de la ley y de los usos y costumbres de los lances de honor, disponiendo, además, se escriban en el número necesario para entregar, una a los herederos del infante don Enrique de Borbón, otra al duque de Montpensier, una a cada testigo y otra para que el señor Teniente General Don Fernando Fernández de Córdova se encargue de depositarla, en tiempo oportuno, el alguno de los establecimientos públicos encargados de la custodia de papeles. Firman: Federico Rubio. Juan de Alaminos y de Vivar. Fernando Fernández de Córdova. Emigdio Santamaría. Andrés Ortiz y Arana. Felipe de Solís y Campuzano.


12 de marzo de 1870


Para los motivos del duelo y otros detalles, ver bajo el epigrafe “duques de Montpensier” en:

http://www.lagubiayeltas.us/Personajes/D.htm

lunes, 13 de abril de 2009

SEGUNDO DUELO ENTRE D'HUBERT Y FERAUD

Este fragmento pertenece a la obra de Joseph Conrad, “El Duelo”, llevado al cine por Ridley Scott en el film “Los Duelistas”. Los protagonistas son dos oficiales de caballería del ejercito de Napoleón, los tenientes D’Hubert y Fraud. La historia surge a partir de un entredicho entre ambos oficiales (no lo diré para quienes quieran leer el libro) que genera un primer duelo entre ambos. La necedad de ambos los lleva a batirse en numerosas oportunidades, mientras la historia se sigue desarrollando en Europa, y el fragmento aquí trascripto es el segundo encuentro entre ellos (el primero formal, con padrinos, desafío previo, lugar del encuentro, etc.). El encuentro es breve, próximamente transcribiré otro de los duelos, mas prolongado y más violento.

En la película de Scott este es el segundo duelo:

http://www.youtube.com/watch?v=SCuuH6sKNbw&feature=related


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Pero la investigación no se llevó a cabo. En cambio, el ejército salió a campaña. Puesto en libertad sin mayores observaciones, el teniente D'Hubert volvió a hacerse cargo de sus tareas militares, mientras el teniente Feraud, con su brazo recién libre del cabestrillo y sin haber sido interrogado, cabalgó a la cabeza de su escuadrón para terminar su convalecencia en el humo de los campos de batalla y al aire fresco de los vivaques nocturnos. Este vigorizante tratamiento le sentó tan bien que, al primer rumor de la firma de un armisticio, giraron inmediatamente sus pensa­mientos en torno a su contienda privada.
Esta vez tendría qué ser un duelo ajustado a todas las reglas. Envió dos amigos a presen­tarse ante el teniente D'Hubert, que se encontra­ba con su regimiento a escasas millas de distan­cia. Estos amigos no hicieron preguntas a su apadrinado. "Me debe una ese bello oficialito", había dicho Feraud, sombríamente; y ellos se marcharon muy contentos a cumplir con su mi­sión. El teniente D'Hubert no tuvo dificultad en encontrar dos amigos igualmente discretos y leales.
—Hay un individuo a quien tengo que dar una lección —había declarado él escuetamente, y ellos se consideraran satisfechos con esta expli­cación.
Bajo estos pretextos se convino un duelo a espada, debiendo llevarse a cabo, al alba, en un campo apropiado. A la tercera arremetida, el te­niente D'Hubert se encontró tendido sobre la hierba húmeda de rocío, con una herida en el costado. A su izquierda se extendía un paisaje de prados y bosques, iluminado por un sol apacible. Un cirujano no, el flautista, esta vez, sino otro ­se inclinaba sobre él y palpaba la herida.
—Una buena estocada. Pero no será grave. El teniente D'Hubert escuchó estas palabras con placer. Sentado en la hierba húmeda y sos­teniéndole la cabeza sobre las rodillas, uno de sus padrinos dijo:
—Los azares de la guerra, mon pauvre vieux. ¿Qué le parece? ¿No cree conveniente hacer las paces como un hombre sensato? Sea razonable.
—No sabe usted lo que pide —murmuró el teniente D'Hubert, con voz débil—. Sin embargo, si él...
Al otro extremo del prado los padrinos del teniente Feraud le insistían para que fuera a es­trechar la mano de su adversario.
—Ya se ha pagado usted como lo deseaba..., que diable! Es lo único que le queda por hacer. Ese D'Hubert es un tipo decente.
—Conozco bien la decencia de estos favoritos de los generales -murmuró el teniente Feraud, con los dientes apretados, y la sombría expresión de su rostro desalentó toda insistencia a concer­tar la reconciliación. Saludándose desde cierta distancia, los padrinos condujeron a los duelistas fuera del campo. El teniente D'Hubert, muy esti­mado entre sus compañeros por su gran valor unido a un carácter franco y siempre parejo, fue muy visitado aquella tarde. Se observó que el te­niente Feraud no frecuentó, como era costumbre, los lugares donde sus amigos pudieran darle sus felicitaciones. No le habrían faltado, pues él tam­bién era querido por la exuberancia de su natu­raleza meridional y la sencillez de su carácter. En todos los sitios donde los oficiales tenían costum­bre de reunirse al final del día, el duelo de aque­lla mañana fue comentado bajo diversos aspectos. Aunque el teniente D'Hubert resultó herido esta vez, su juego de esgrima fue notable. Nadie podía negar que fuera muy arriesgado y científico. Llegó a decirse que había sido herido sólo porque de­seaba manifiestamente hacer gracia a su adver­sario. Pero muchos opinaban que el vigor y el empuje de los ataques del teniente Feraud eran irresistibles.
Los méritos de ambos oficiales como esgri­mistas eran francamente discutidos, pero su ac­titud reciproca después del duelo fue comentada apenas y con la mayor prudencia. Eran irrecon­ciliables, lo que resultaba por demás lamentable. Pero al fin y al cabo, ellos sabían mejor que na­die la forma en que debían cuidar de su honor. No era una cuestión en la que debieran entrometerse demasiado sus compañeros. En cuanto al origen de la querella, la impresión general era que se remontaba a los tiempos en que ambos estaban de guarnición en Estrasburgo. Al oír esto, el cirujano flautista sacudió la cabeza. El creía posi­tivamente que databa de más larga fecha.
—Pero, por supuesto, usted debe saberlo todo —exclamaron varias voces, ávidas de curiosidad—. ¿Qué fue lo que sucedió?
Lentamente el doctor apartó la vista de su copa.
—Aunque lo supiera todo, no podéis esperar que os lo diga cuando los dos protagonistas del incidente prefieren guardar su secreto.
Se levantó y se marchó, dejando tras sí una honda sensación de misterio. No podía quedarse allí más rato, pues ya se acercaba la hora mágica de su musical sola.
—Es evidente que tiene los labios sellados —observó solemnemente un oficial muy joven cuando se hubo marchado el médico.

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Como vemos, el asunto era por demás serio, y aunque el lector sepa como surgió la historia, no ocurría lo mismo para los compañeros de armas de estos oficiales.
Ojala guste el tema y lo comentemos.
Saludos